viernes, 1 de junio de 2018

J UNA CARTA DE AMOR


DESPERTÓSE ALICIA mucho más calmada y cumplió muy gustosa las obligaciones que imponían las normas. En el hospital era obligatorio bañarse o ducharse diariamente; cosa que agradecía tanto por ella misma cuanto por los demás. Como en la Unidad de Recuperación el húmero de bañeras y duchas era inferior al de los residentes, iban llamándolos por turno para cumplir esta función. Al ser avisada Alicia que le tocaba su vez, tardó unos segundos en enfundarse la bata y en meter en sus bolsillos unos puñados de sales de baño, ya que llevar el tarro a la vista se le antojó pretencioso. Al salir, se topó en el pasillo con uno de los dos tristísimos que, muy a la ligera, había atisbado la víspera. Fue patético cruzarse con él. No eran dos seres que se enfrentaban. Eran dos mundos. El de una mujer animosa, dispuesta a superar la crisis (o la melancolía, o la depresión, o como se llamara eso en términos científicos) que su atroz aventura del "domingo negro" le produjo, y un ente vencido, acosado, inmerso en las tinieblas pavorosas de la desesperación y el desconsuelo. Mientras deslizaba la suavidad del jabón sobre su piel, Alicia, muy vulnerable al sufrimiento ajeno, no pudo dejar de pensar en aquella imagen misma del dolor. Porque aquel individuo parecía haber, tocado fondo: más abajo de su desesperanza, ya no había más. No existían otros estratos más profundos. Cuando Alicia salió del baño, el hombre había conseguido alcanzar la meta más anhelada de su vida: el suicidio. Logró trepar —salvando dificultades inverosímiles— a un ventanuco situado encima de la bañera y se lanzó al vacío. Nadie habló de él durante el almuerzo en comunidad. Todos lo sabían. Ninguno lo comentó, también los manicomios tienen sus convencionalismos sociales, su no escrita normativa. ¡Era de mal gusto hablar de un "accidente" que un día u otro podía ocurrir a cualquiera de los demás! "La Duquesa de Pitiminí" —Charito Pérez en sus días apacibles— estaba muy mejorada. Su crisis remitía a ojos vistas. Nada tenía que ver aquella señora mayor y bien educada, antigua institutriz de niños y viejos, con el esperpento que días pasados organizó la tremolina en el comedor. El muchacho del "pomo de la puerta auricular telefónico" estaba más calmado, bien que su brote no había remitido del todo. Movía los labios cual si hablara, aunque sin emitir sonidos; reía o . sonreía sin ton ni son y sus ojos se ablandaban y enternecían ante un recuerdo grato a su memoria. Pero su mirar no era ya el difuso de otras veces, y contestaba cuando le ofrecían sal o le preguntaban si deseaba más arroz. Alicia entendió que aquel infierno difería del de Dante, en tener una puerta accesible a la esperanza. El tristísimo, superviviente, era en cierto modo el más mimado de los presentes. Le acercaban el pan que él no se atrevía a pedir; le servían agua cuando su vaso estaba vacío; le colmaban, en fin, de mínimas y discretas atenciones, que él agradecía con un gesto de cabeza o la sombra de una sonrisa. "Es un recuperable", pensó Alicia. ¿No era ésta la actitud del "Hortelano" muchos años atrás, según le habían contado no una sino muchas veces? Y allí estaba ese hombre, jovial, cortés con todos, intelectualmente sano y humanísimo en su conducta: tal como Alicia sabía mejor que nadie. El optimismo de este pensamiento la desconcertó al advertir su parte contraria. "Cosme está sano, sí. Pero aquí vive desde que le enclaustraron. Y aquí morirá". —Doña Alicia —dijo la antigua institutriz—, si usted prefiere, podemos tomar el café en el salón. Advirtió Alicia en la conversación de Charito Pérez que todos los síntomas de su locura de días pasados estaban presentes en su charla. No se consideraba zarina del Imperio, pero... sí alardeaba de grandes conocimientos sociales con gentes de alcurnia; no exhibía chuscamente sus pobres carnes al aplauso admirativo de los dementes, pero mantenía cierta proclividad a aludir a chismes procaces. A saber: quiénes se entendían entre sí y quiénes no en el manicomio y cuántas lesbianas había, y cuántos pederastas, y cuántas frígidas y cuántos impotentes. ¿Significaba esto que la locura consistía en la sublimación patológica o en la descoyuntación exagerada y morbosa de unas tendencias previas que ya estaban latentes en el individuo cuando era sano? A Alicia le importaba un pepino que una bordadora de laborterapia se
entendiese con uno de los cultivadores de la huerta, que el doctor Ruipérez —que, según la institutriz, era hijo ilegítimo— prolongase más de la cuenta sus sesiones de psicoterapia con una antigua maestra poseída de furor uterino. No obstante, para aquella ancianita llena de frustraciones, éstos eran temas del máximo interés. Era realmente paradójico que en unos casos —como en el de la falsa duquesa— la perturbación consistiese en la afloración al consciente de las tendencias reprimidas en el subconsciente y en otros —como en el de Ignacio Urquieta— en la terca obstinación del subconsciente a no decir al consciente su verdad. En ambos casos era un conflicto entre el yo verdadero y el falso yo. El yo verdadero, en el caso de los exaltados —como la institutriz— era el reprimido. El yo verdadero en el caso de los angustiados —como Ignacio— era el oculto. Luego eran versiones distintas de un mismo cuadro. ¿Acertó en el test al definir la locura como un conflicto entre el "yo" real y el anhelado? La dificultad para los psiquiatras estaba en saber cuál era el "real". En estos berenjenales andaba (pues era perfectamente compatible el vagar de sus meditaciones y un cortés asentimiento de cabeza a cada muestra de chismes eróticos o genealógicos de la institutriz), cuando oyóse una gran tumulto en la entrada. Más tarde supo que era su amigo, "el Aquijotado", al que echaban al "Saco", pues había sufrido un rebrote peligroso de sus delirios y era urgente aprovechar la cama que dejó vacante el suicida. El amigo de los espacios anunciaba el fin inminente del mundo, y tenía inquieta y alborotada a la grey del edificio central. Quienes no iban nunca por Recuperación eran los oligofrénicos, y Alicia juzgó que estaban clínicamente mejor atendidos los locos —siempre conflictivos— que los tontos, poco proclives a los conflictos. Recordó a sus "tres niños" con gran ternura, y las misteriosas palabras de Rómulo: "Ya sé quién eres...". En los tres días subsiguientes, Alicia no vio al autor de "la novena teoría", pues su agitación no cesaba y acabaron trasladándolo al cuarto enguatado, del que ella misma fue inquilina. Urquieta era el único de la unidad que almorzaba solo en su dormitorio y que tenía permiso para salir (y aun la orden de salir, porque el tiempo era soleado y seco, y debía aprovecharlo); con lo cual sus oportunidades de charlar con él eran pocas. Una tarde en que la vigilante andaba muy atareada observando a Antonio el sudamericano, Alicia, sin ser vista, y sin pedir permiso, se deslizó en el cuarto enguatado, en cuya cama, atado de pies y manos, yacía su amigo "el Astrólogo". Su contemplación le produjo una gran tristeza. Sergio Zapatero parecía dormir, pero su agitación era terrible. Todo él era un puro temblor. Alicia se sentó al borde de la cama y le acarició la frente procurando sosegarlo. Al cabo de un tiempo, el amante de los espacios siderales entreabrió los ojos, la contempló lleno de gratitud, rompió a llorar y pronunció estas extrañas palabras: —¡Oh, señora, yo no soy digno de que vengas a visitarme! Me habías prohibido hacer la última operación aritmética y te he desobedecido. Ya lo sé todo. Ya sé cuándo ocurrirá lo que me prohibiste averiguar. No soy merecedor de que me consueles... ¡oh, María, María, Madre de Dios vivo, estrella de mi infancia, pañuelo de los tristes, bendita entre todas las mujeres! Estremecióse Alicia al escuchar estas palabras. Se consideró cometiendo un burdo sacrilegio, pero le pareció atroz desengañarle, y no le habló. Se limitó a acariciarle la frente. Sergio Zapatero se fue calmando. Sus convulsiones cesaron. Y se quedó dormido. Quien no pudo dormir aquella noche fue Alice Gould

sábado, 19 de mayo de 2018

I EL "SACO”III

                                          ...

—Pálpeme la cabeza. ¡No tengo golpe alguno! ¡Míreme la frente; no tengo un arañazo!

—Ya lo sé, ya lo sé... ¿No le digo que estoy desolada?
—Me dijo usted antes: "Ayer cometí un grave error." ¿Cuánto tiempo entonces llevo aquí? ¿Qué
día es hoy?
—Ingresó usted el domingo al anochecer. Hoy es martes.
—¡He perdido la noción del tiempo! En fin, no hablemos más de ello. Sus palabras me han
reconfortado, porque no puedo negar que estaba bastante furiosa con usted. Pero todo está ya
olvidado. ¿Cómo es su nombre?
—Conrada.
—¿Conrada? Hay otra Conrada en esta casa, ¡pero mucho menos simpática!
—Es mi madre.
El libro de oro de lo que no debe ser dicho afloró a su memoria.
—¡Vaya! ¡He de reconocer que hoy no es mi día!
—No se apure por lo que ha dicho. Todos sabemos que mi madre hace notables esfuerzos, ¡y
todos con éxito!, para ocultar su innata bondad.
Sintió de pronto Alicia una viva simpatía por esta mujer. Su recelo se transformó en. afecto en un
abrir y cerrar de ojos. ¡Alicia era así!
—¿Me permite que la bese?
—No me lo merezco.
—¡Sí, se lo merece! —La besó ruidosamente—. ¡Usted y yo vamos a ser amiguísimas!
—Es usted muy buena, señora de Almenara. Si algún día necesita ayuda, no deje de acudir a
mí. ¿Quiere usted pasear?
—¿Pasear por dónde?
—Por el pasillo.
—¡Vamos allá! ¿Puedo hacerle algunas preguntas?
—Puede.
—¿Cuál es el verdadero nombre de la que llaman "Duquesa de..."?
—Le diré cuanto sé de ella. Se llama Charito Pérez. Es soltera. De joven fue institutriz de niños.
Y de mayor, dama de compañía de viejos.
—¿Cuál es su enfermedad?
—Psicosis maníaca. Las primaveras y los veranos son malos para ella. Su dolencia rebrota cada
año por estas fechas. Pero el resto del tiempo es normal y muy modosa. Y poco amiga de
alborotos. Su primera manifestación psicótica la tuvo muy tardíamente: a los sesenta y un años.
Y tardó cuatro en reproducirse. La segunda manifestación tardó dos. Ahora, cada vez, los brotes
son más frecuentes. Y el doctor Arellano teme que, dada su edad, acabe demenciándose
totalmente.
—¿Qué significa "psicosis maníaca"?
Conrada Segunda, o Conrada la Joven, como automáticamente la bautizó Alice Gould, respondió
preguntando:
—¿Conoce usted a don Luis Ortiz, el hombre que no para de llorar?
—Sí.
—Pues padece la misma enfermedad, sólo que al revés. Mientras él llora, ella ríe. El se cree
hundido en la miseria. Ella, poseedora de grandes tesoros. El, autor de las mayores vilezas. Ella,
de los actos más heroicos y meritorios. La psicosis maníaco depresiva es como un molde y ' su
vaciado. El vaciado es "el depresivo". El molde, el "maníaco" de grandezas.
—¡Sabe usted muchísimo! Dígame, Conrada: ¿la fobia qué es?
Faltó el tiempo para explicarlo, ya que unos nudillos golpearon la puerta; la joven acudió a abrir,
y quien entró fue Ignacio Urquieta.
Quedó literalmente plantado en el umbral. Se diría "el Hombre de Cera".
—¿Qué hace usted aquí, Alicia?
—¿No es tiempo ya, Ignacio, de que nos tuteemos? ¡He venido a visitarte!

—¡Estás sensacional! Bueno, siempre lo fuiste... quiero decir que... ¡pero hoy estás
deslumbrante!
—Es muy agradable oír esas exageraciones, ¿verdad, Conrada?
—El señor Urquieta fue siempre muy extremoso. Pero hoy es la primera vez que le escucho
hablar con razón —comentó Conrada Segunda, con cierta ironía.
Y al punto, Alicia entendió que la joven enfermera había sido galanteada por Ignacio. ¡Eso no se
le escapaba ni a su intuición de mujer ni a su olfato de detective!
—¿Puedo invitar a esta señora a mi cuarto —preguntó Ignacio a Conrada— sin que ello atente
contra las buenas costumbres de la casa ni escandalice a nuestros ilustres huéspedes?
¡Necesitamos hablar a solas!
—Como la puerta quedará de par en par, ni habrá motivo de escándalo —comentó Alicia
riendo— ni las buenas costumbres quedarán alteradas.
Conrada, por respuesta, se limitó a llevar al cuarto de Ignacio la silla volante qué había utilizado
Montserrat Castell.
—Te he medio mentido —comentó Alicia al sentarse—. No he venido aquí de visita. Me han
echado al "Saco", como a los demás. Lo que sí es cierto es que estoy aquí por tu culpa.
—¿Desde cuándo estás aquí?
—Casi tanto como tú. ¡Dos o tres horas de diferencia!
—No he podido verte, porque he estado drogado hasta hoy por la mañana.
—Lo mismo me ha ocurrido a mí. ¡Y en la habitación enguatada!
—¿En la habitación enguatada? —preguntó Ignacio, alarmado. Se llevó las manos a la frente
con ademán mitad a mitad de rabia y de impotencia.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Qué has hecho? ¡Pareces tan sensible, tan equilibrada... que cuesta creer
que puedas padecer síntomas como los que sufrimos los demás! ¡El mundo es injusto! ¡La vida
es injusta! ¡Dios es injusto! Cuéntame qué te ha pasado.
—Sufrí un desvanecimiento y...
—¡No es bastante un desvanecimiento para atarte a la cama con cien correas!
—En ello participó, ¡y no poco!, un error de la enfermera.
—¡Todos decimos que es un error de la enfermera!
—En este caso es certísimo. Pregúntaselo a ella.
—¿Cuál es tu caso, Alicia Almenara? ¿Cuál es tu caso?
—Olvidas la última conversación que tuvimos.
—¡Claro que la he olvidado! ¡Lo he olvidado todo! Sólo sé lo que ocurrió por referencias de otros.
—Me preguntaste lo mismo que ahora. Y te respondí que eres mucho más antiguo que yo en el
hospital y tienes, por tanto, la prioridad para contarme el tuyo.
—El mío lo sabes de memoria, por ser demasiado evidente. Todo el mundo lo conoce. Y tú no
habrás dejado de preguntarlo. ¡Tengo horror patológico al agua!
—¿Puedes decir esa palabra? Yo no osaba pronunciarla delante de ti.
—Puedo decir "agua" y "nieve" y "lluvia", y "mar" y "océano". Lo que no puedo es ver, ni oír, ni
tocar el agua. Cuando sé que está lloviendo me refugio entre las sábanas de la cama y me tapo,
temblando como si fuese de azogue, presa de un terror invencible, indescriptible e inexplicado.
—¿"Inexplicado" has dicho?
—Sí, puesto que no se ha averiguado la causa. Para saber que padezco ante el agua las penas
de la condenación, no preciso que me lo digan los médicos. Lo que necesito que me digan es
por qué. ¿Por qué un hombre que fue campeón infantil de natación y campeón provincial, pero
campeón, de saltos olímpicos cuando tenía dieciocho años, súbitamente, sin avisos previos, sin
antecedente alguno, al cumplir los treinta se desmayó por primera vez ante un vaso de agua, y
cayó como muerto al ducharse, y se le llenó el cuerpo de úlceras al escuchar caer el agua de un
excusado? El día que lo averigüen, y me lo digan, estaré curado. ¿Tú sabes en términos
psiquiátricos lo que es la fobia?

—Lo sé por sus efectos, ya que te vi. Y me impresionaron vivamente.
—La fobia es un pretexto que se ha inventado el organismo para ocultar un terror verdadero,
justificado, pero que la mente se empeña en ignorar. Algo me ocurrió alguna vez, algo que yo
ignoro, que mis padres no saben, que mis amigos desconocen, que está tapado por mi fobia al
agua. Esta fobia es una tapadera simulada por mi subconsciente para que yo no me entere de
que hay algo pavoroso en mi pasado. Tal vez estuve a punto de saber, de aprender o de
recordar ese "algo" pavoroso. Y de pronto mis defensas me crearon la fobia al agua para
encubrir aquello otro, misterioso, pero verdadero. He leído todos los libros; he escuchado todas
las explicaciones. Sé que mi subconsciente me oculta algo. Mas no se lo dice a los médicos ni
me lo dice a mí. ¡Y entretanto soy un ser inútil para toda profesión, para la vida familiar y para el
trato social!
—Tú eres un hombre limpio y perfectamente aseado. ¿Cómo te lavas?
—Con sifón y con alcohol.
—Pero el sifón es agua...
—Para mí no lo es. Tiene burbujitas.
—¡También las tiene el mar!
—¡No intentes buscar una lógica, Alicia, donde no la hay! Mi fobia no razona. No es razonable. Y
no está razonada.
—¿Cuántos años llevas aquí?
—¡Seis!
—¿Quién te trata?
—Ruipérez.
—¿Cómo?, ¿qué hace?, ¿qué te medica?
—¡Cuatro sesiones de psicoanálisis por semana, tumbado en el mismo diván, con la misma
penumbra, el médico sentado tras de mi, siempre a la misma hora, en la misma posición, durante
tres años!
—¿Tres años dura un psicoanálisis? —preguntó Alicia estupefacta. Y recordó su ingenuidad al
suponer que sus amables charlas con César Arellano suponían esa terapia.
—¿Para qué aburrirte más, Alicia, con esta historia? ¡El subconsciente no soltó prenda! Ni más
tarde tampoco, en las sesiones hipnóticas que se hicieron con el mismo fin: ¡repescar un
recuerdo perdido!
—No quiero ofenderte —comentó Alicia con voz débil—. A nadie le gusta que se minimice una
enfermedad propia. Pero yo desearía ardientemente tener una fobia, ¡la tuya misma!, que
borrara de mi memoria un episodio de mi vida.
—¡No sabes lo que dices, Alicia!
—La fobia es un mal útil —insistió ella— puesto que oculta con un pánico y una angustia
injustificados otra angustia y otro pánico verdaderos. Y probablemente peores.
—No, Alicia, no es así.
—¡Yo daría mi salud por olvidar algo muy concreto!
—¡La salud pertenece al presente! ¡Y los recuerdos, al pasado! ¿Cómo sacrificar el "hoy", ¡que
es aún remediable!, a un tiempo ido, que es irremediable ya! ¡No pienses ese disparate!
El rostro de Alice Gould estaba visiblemente alterado.
—No me encuentro bien. Voy a visitar a la enfermera...
Lejos de hacerlo, se guareció en su cuarto. Fue Ignacio Urquieta
quien la avisó.
—¿Qué es esto, Alicia? ¿Qué le pasa ahora? —preguntó Conrada la
Joven.
—No quiero cenar con los demás. No podría.
—No tiene más remedio que hacerlo. Lleva dos días sin probar bocado.
—Le aseguro que no puedo. Quiero acostarme. Y olvidar, olvidar,

olvidar.
—Vaya desnudándose. Yo misma le traeré la comida a la cama.
Tuvo Conrada que darle de comer llevándole los alimentos a la boca, como a los niños pequeños
o a los inapetentes patológicos. Para ocultar u olvidarse de su desasosiego, se deshacía en lamentaciones por haber pronunciado, en ocasiones remotas, frases despectivas acerca de algún médico o algún enfermo. ¡Juraba que nunca volvería a decir mal de ninguno! ¡Todos eran ángeles! Y más que nadie esta Conrada II que le llevaba pacientemente la comida a los labios, mientras el pensamiento de Alicia seguía imaginando con horror la parábola que, sin duda, trazó "el Gnomo" en el aire antes de morir. "¡Eres una vulgar asesina, Alice Gould! La trampa de fingir una enfermedad que no tienes tal vez te salve del juicio, la sentencia y la cárcel. Pero moralmente y ante tu conciencia, ¡eres una asesina!" Ante su creciente alteración, Conrada le propuso inyectarle un sedante —"más suave que el de ayer", especificó— que le permitiese dormir.

                                               ...

I EL "SACO”II


                                               ...   
—¡No!
—¡Qué abochornada me siento de estar aquí! ¡Qué vergüenza, Dios, qué vergüenza!
—No pienses más en ello...
—¡De modo que éste es "el Saco" donde echan a los predemenciados! ¡Es la antesala de "la
Casa de las Fieras"!
—No, Alicia, no es así. La mayoría de los que aquí están no padecen enfermedades crónicas,
sino crisis pasajeras. Es el caso de Ignacio Urquieta y de "la Duquesa", y del falso inapetente al
que robaron las yemas de Avila, y del soñador despierto, y de algunos más, a los que no
conoces.
Abrióse entonces la puerta. La enfermera, a quien Alicia calificó de incompetente, la informó de
que por órdenes del médico podía pasar a su nuevo dormitorio. Recorrieron los breves metros de
pasillo que unía un cuarto con otro. ¡Alineados airosamente en el suelo, por orden de tamaños,
estaban su maleta, su maletín, su saco de mano, su bolso y sus objetos de tocador!
—¡Tú lo has conseguido, Montse! ¡Estoy segura de que has sido tú! ¡Que Dios te lo pague!
—¡Yo no he sido más que la mediadora! Las órdenes partieron del director.
El corazón le dio un vuelco.
—¿Al fin ha regresado Samuel Alvar?
—¿Cómo me preguntas eso, Alicia? ¡Llevamos un buen rato hablando de él! ¿No te he dicho
que fue el director quien sugirió al "Hortelano"...? Alicia no la dejó concluir:
—¡Pensé que te referías al director suplente: a Ruipérez!
—No, hija, no. Me refería al director titular. Es uno de los médicos que te atendió esta mañana.
El otro, el más viejo, es el doctor Sobrino, jefe de esta unidad.
—¿El joven de las barbas? ¿Ese es Alvar?
—El mismo.
—¿Y él es uno de esos pocos que saben la verdad?
—Sí.
—Y ¿quién más lo sabe?
—Ruipérez y yo.
—¿Qué puedo hacer para ver inmediatamente al director?
—No pierdas el sentido de la medida, Alice Gould. ¿Olvidas que anteayer sufriste un gravísimo
accidente, capaz de desequilibrar a una persona normal? ¿Se te ha borrado de la memoria que
te desmayaste? ¿Ya no te acuerdas de que (equivocadamente o no) te han visto darte de
cabezazos contra las paredes? La norma, muy sabia por cierto de nuestro director, es que más
vale prevenir que curar. Y aquí has de pasarte unos cuantos días muy vigilada y observada.
—Escúchame, Montserrat. Ahora ya puedo decírtelo. El director es el único que sabe, desde
antes de ingresar, que yo soy una persona totalmente sana. Que ni estoy ni he estado nunca
enferma del coco. Y conoce la verdadera causa por la que vine aquí. ¡Y tú, muy pronto, también
lo sabrás!
Volvióse bruscamente hacia un gran ramo de flores que la ilusión de las maletas le había
impedido, antes de ahora, apreciar.
—¿Es él quien me las envía?
—No, querida. Soy yo.
—Eres un amor.
Entresacó Alicia una rosa del ramo y la extendió a la Castell.
—Me vas a hacer dos favores: una, darle esta rosa al "Hortelano", diciéndole que es de parte de
una admiradora suya que le aprecia mucho. Otra, preguntarle a Samuel Alvar si ha caído en la
cuenta de quién soy yo. ¡No le digas más! El ya entenderá lo que le quiero decir.
—¡Tienes ideas de bombero! Cumpliré el primer encargo. El segundo, no.
Imitó Alicia cómicamente los morritos de la vieja que no lloraba, pero que lo parecía, y besó con
gran cariño a la asistenta, psicóloga y monitora cuando ésta cayó en la cuenta (y cayó en ese

instante) de lo tarde que era y de la cantidad de cosas que aún le quedaban por hacer.
—Gracias por todo, Montse. Esta se volvió desde la puerta.
—Si se te pasa el efecto del calmante que te han dado y vuelves a encontrarte excitada,
desasosegada o nerviosa, no dejes de decírselo a la enfermera. ¡Prométemelo!
—Prometido.
En efecto, estaba excitada, como lo está un niño ante el regalo de Navidad con el que siempre
ha soñado y que le ayuda a olvidar pasadas amarguras. Deshizo con cuidado el equipaje.
Ordenó su armario
—cosa nada fácil, pues era minúsculo y no cabían en él sus efectos personales— y su
nerviosismo subió de punto al decidir cómo iba a vestirse para dar la gran campanada ante
Ignacio Urquieta. Cuando se hubo peinado, maquillado, vestido y arreglado las manos
—operaciones encadenadas de no poca duración— salió al pasillo. Este era un corredor de
dimensiones normales: no como las gigantescas galerías del edificio central. En uno de sus
extremos estaban los baños y servicios de hombres y. mujeres. En el otro, la puerta de salida
con el cerrojo echado. Supuso —y no se equivocó— que los huecos a uno y otro lado del pasillo
correspondían a los distintos dormitorios, y más tarde comprobó que los dos abiertos —cerca de
la entrada— daban a los salones o cuartos de estar. Su primera visita fue a los lavabos, pues
necesitaba imperiosamente mirarse al espejo, y en su cuarto no lo había. Quedó satisfecha de
su inspección, bien que rozó con la yema de los dedos los bordes laterales de sus ojos junto a
las sienes: "Tienes que vigilarte, Alice Gould. Estas arrugas son nuevas".
Desanduvo el camino dispuesta a hacer una entrada triunfal en el cuarto de estar. Y cumplió su
propósito. El expoliado de las yemas de Avila silbó largamente:
—¡Caray, qué señora! —añadió como culminación de su silbido.
Los otros hombres no dijeron nada, pero leyó en sus ojos la admiración. Y esto la satisfizo.
Ignacio Urquieta no estaba. El muchacho llamado Antonio, al que vio confundir el pomo de una
puerta con el auricular de un teléfono, era el único con la cabeza ida, la mirada difusa y gran
agitación en sus movimientos. Había dos tristes, infinitamente tristes, pavorosamente tristes; y
tres mujeres que leían revistas, de aspecto normal, sin taras físicas, de muy distinta edad. Alicia
tardó en reconocer a la de más años: era "la Duquesa de Pitiminí". Vestía un traje gris oscuro,
peinaba moño, llevaba la cara lavada, sin pintarrajear. De no haber sabido que se encontraba en
tal lugar, jamás la hubiera reconocido. La mujer levantó la mirada de su lectura y sonrió a Alicia.
—Buenas tardes, señora. Sentóse Alicia a su lado.
—Ignoraba que estuviese entre nosotros.
—Ayer —confesó Alicia— me sentí muy mal. Tuve un desmayo.
—Lo siento de veras —comentó la anciana—. Yo estuve muy enferma también días pasados. Es
la arteriosclerosis, ¿sabe? No sé lo que pasó. No me acuerdo de nada. Pero dicen que estuve
muy excitada.
—¡Ahora tiene usted excelente aspecto —la confortó Alicia.
—¡Ah, me encuentro mucho mejor, ya lo creo! Sólo que la medicación es muy fuerte y, a veces,
me tiemblan un poco las manos. La enfermera intervino:
—Alicia, si usted quiere, le puedo enseñar el piso. Aún no lo conoce.
—Con permiso —dijo Alicia a la falsa duquesa.
—¡Vaya, vaya! ¡No se moleste por mí!
Quedó admirada Alicia por su mejoría y salió al pasillo, donde la enfermera la esperaba.
—Era un pretexto para hablar a solas con usted —le dijo—. Ayer cometí un grave error. Estoy
desolada. Le ruego que me disculpe. Calló Alicia, y la buena mujer prosiguió:
—Sabíamos qué había sufrido usted un gran disgusto y que se desmayó a causa de ello. Al verla
tan excitada, pensé que... ¡En fin, el director y don Salvador Sobrino me han echado una buena
reprimenda!
—Pálpeme la cabeza. ¡No tengo golpe alguno! ¡Míreme la frente; no tengo un arañazo!
                                                   ...

I EL "SACO”


SE DESPERTO CON LA GARGANTE SECA y mucha sed. No se atrevió a abrir los ojos por temor a ver la habitación moverse como un camarote de barco en día de mar gruesa. Se diría que su cama descendiese lentamente, colgada de un extraño paracaídas. "¿Qué. me han hecho los médicos?", se preguntó. Quiso variar de postura, mas no pudo. Y no se esforzó más. Volvió a dormirse. Al cabo de varias horas se despertó de nuevo con la nítida sensación de que "algo le había ocurrido": "algo terrible" que no podía precisar. Abrió los párpados. "Esta no es mi casa", se dijo, mezclando incongruentemente recuerdos y sensaciones. "¿Dónde estoy?" "En mi casa el dormitorio no tiene techo, y la cama es más ancha". Empezaba a entender que la habían acostado en el cuarto de la cocinera. Pero eso carecía de sentido. Allí no había puertas que tuvieran una ventana abierta en el centro de la hoja y menos aún enrejada. Miró en torno. ¡Estaba en la cárcel! ¿Qué había hecho? ¿Por qué la encerraron? El recuerdo le vino como un vago zumbido que comienza a crecer hasta convertirse en un clamor sordo que avanza implacable, atronando el espacio, hasta estallarle dentro del cráneo. "¡He matado a un hombre!" Sus ideas, hasta entonces dispersas y flotantes, encajaron de golpe en la realidad. "¿Qué has hecho, Alice Gould?" "¿Qué has hecho?" "¡Has matado a un hombre en el manicomio!" Fue como una descarga de electroshock lo que la hizo saltar. Se vio de súbito fuera de las sábanas, apoyada en la pared y golpeándola con los puños. "¡Has matado a un hombre! ¡Has matado al "Gnomo"!" La puerta se abrió tras ella. La enfermera interpretó mal sus gestos y movimientos. Creyó que era la cabeza y no los puños con la que golpeaba la pared. Sintióse Alicia fuertemente sujetada, notó la aguja de una jeringuilla perforando su piel y no supo más de sí. La habitación en que despertó era igual a la primera, salvo las paredes, que estaban acolchadas; y la cama, que tenía adosadas grandes muñequeras, tobilleras y cinturones de cuero, que la inmovilizaban. —Desátenla —ordenó una voz. Los que hablaban eran dos médicos desconocidos para ella. Uno de ellos, muy pálido, con barba y bigote negros, y grandes gafas con montura del mismo color. Y muy joven. El otro era un hombre de más edad, de aspecto pulcro e inteligente. El primero le tomó el pulso, le miró el fondo de los ojos y apoyó su mano entre el cuello y la mejilla para comprobar —supuso Alicia— si tenía fiebre. Antes de esto le había palpado la cabeza con minuciosidad. Sin hablar una palabra, se ausentaron del cuarto. Ya fuera, oyó la voz de uno de ellos: —Dejen todo abierto y que le traigan su ropa. Puede entrar y salir si quiere. Vistióse Alicia, pero no sé aventuró a asomarse al pasillo, donde se oían voces apagadas. A una hora indefinida vino a visitarla Montserrat Castell. Entró llevando de la mano su propio asiento. Su rostro estaba serio y preocupado. Besó a Alicia y mantuvo largo tiempo la mejilla sobre su mejilla. Tomó una de sus manos y la apretó con calor. —Fue involuntario —dijo Alicia con los ojos secos y angustiados—. Ha sido un accidente. Yo no hice sino defenderme. Tú me crees, ¿verdad? Montserrat cerró la puerta y, aun así, habló en voz muy baja: —El doctor ha prohibido a los pocos, poquísimos que saben lo ocurrido, que te hablaran nunca del tema. Yo voy a hacerlo hoy por primera y última vez. Pero considero que debes saber lo que voy a contarte. Afortunadamente tuviste un testigo excepcional que lo vio todo. Ha declarado que, el que llamabas "el Gnomo", te estuvo siguiendo toda la tarde en espera de la ocasión propicia para atacarte. La oportunidad se le presentó cuando empezó a llover y todos los paseantes se retiraron. El te entretuvo diciendo que deseaba enseñarte algo (un viejo truco en él: ¡no eres la primera!) y cuando le abofeteaste, te derribó. Tu testigo acudió entonces, desde muy lejos, a defenderte. Mas no hizo falta. Te desembarazaste por ti misma de tu atacante y lo lanzaste al aire. En cuanto te viste libre de él, echaste a correr, temerosa de que volviese por ti,
hacia el edificio central. Pensó tu testigo que "el Gnomo" saldría huyendo en zigzag "como liebre
fogueada" (fueron sus palabras) porque acostumbraba a dejar atrás los vientos de ese modo
cuando le castigaban. Alarmado de no verle actuar como otras veces, se acercó a él. Estaba
muerto. Eso fue lo que declaró el testigo, y sólo ante dos médicos y yo. ¡Nadie más en el hospital
sabe lo ocurrido! ¡Puedes dar gracias a Dios, Alicia, por la suerte de que alguien lo haya
presenciado todo, y que no sea un demente o un visionario, sino un hombre lúcido y sano!
—¡Bendito sea ese hombre por haber contado la verdad tal como fue! —suspiró Alicia
visiblemente aliviada.
—No sólo es a él a quien tienes que agradecer haber salido airosa de este aprieto... sino al
director.
—¿Al director? ¿Por qué?
—El te considera sin responsabilidad por lo ocurrido, y no le pareció justo que te quedaras para
siempre con antecedentes de haber dado muerte a un hombre... ¡aunque fuese por accidente!
En consecuencia, autorizó a ese testigo a que diese otra versión ante el juzgado y él se
comprometió a remitirse a lo que dijera ese único testigo.
—¿Qué versión?
—Como el jorobado acostumbraba correr como alocado y sin ton ni son, ¡tal como le vimos el día
que se dedicaba a burlarse de los demenciados!, el testigo declaró que en una de esas carreras
tropezó y se partió la espina dorsal contra una peña. Sin que interviniese nadie en su muerte.
¿Comprendes?
—Dime, Montse, ¿quién es ese testigo?
—Cosme, "el Hortelano".
Enrojeció Alicia al oír su nombre porque era evidente que el viejo Cosme no había presenciado
nada. Fue ella misma quien le contó lo ocurrido. Convencido Cosme de que no mentía y que
todo pasó tal como lo relataba, quiso ahorrarle el disgusto de que nadie la acusara de ejercitarse
en el judo, por capricho o por locura, con los minusválidos y los deformes. Y declaró a los
médicos haber visto lo que no vio, y al juzgado... lo que no ocurrió. Se abstuvo muy bien Alicia
de llevar sus pensamientos a los labios, ni siquiera ante Montserrat Castell.
—No quiero quitar importancia a la desgracia de anteayer, Alicia. Pero con ser ésta muy grande,
hay algo que me preocupa más: tú misma.
—¡Ya sé dónde vas a parar! ¡Te aseguro, Montse, que yo no me he golpeado la cabeza!
—La enfermera dice que sí.
—La enfermera es una incompetente. Si me hubiese golpeado, ¿dónde están mis heridas?
Observó Montserrat la cabeza de Alicia.
—Pálpame. ¡Búscame un rasguño, un morado, la huella de un golpe! Montserrat lo hizo.
—¡También los médicos me estuvieron observando y no encontraron nada! Lo que hice fue
golpear la pared con los puños al recordar que yo, Alice Gould, había dado muerte a un pobre
enfermo, a un débil mental. Esto me desazonaba, me desequilibraba, ¿entiendes? Me maldije a
mí misma por haber abusado de mi condición de cinturón azul contra un ser inferior y sin reflejos.
Porque lo que yo querría es ayudar con toda mi alma a estas pobres gentes, ¡como lo haces tú!
¡Y resulta que he matado a una de ellas!
—No pienses más en eso. No te tortures más. Y ahora, ¿cómo te encuentras?
—No sé lo que me han dado. Todo lo ocurrido lo veo muy lejano. Me siento desprovista de
sensibilidad. Mi preocupación es intelectual, pero no afectiva, como cuando me desperté la
primera vez.
—Escucha, Alicia. Tengo una gran sorpresa para ti. Ardo en deseos de darte una alegría. Pero
ahora, en este sitio —y señaló las paredes enguatadas— resulta imposible.
—Dime, Montse: ¿dónde estamos ahora?
—En la Unidad de Recuperación. Y en la única celda de estas características que hay en ella.
—¿No toda es así?
                                                            ...

domingo, 13 de mayo de 2018

H EL VUELO DEL JOROBADO III

                                            ...
—¿Cree usted en Dios? —le preguntó Alice Gould con voz neutra.
El respondió enfadado:
—¿Quién, si no, ha podido crear de la nada nueve universos? ¡Yo creo en El nueve veces más
que los simples creyentes!
—Discúlpeme —dijo Alicia con voz suave—. Me están llamando.
No era verdad. Nadie la llamaba. Pero estaba inquieta y poseída de un íntimo desasosiego.
Extrajo un cigarrillo que le temblaba en los dedos. Se acercó a la enfermera para pedirle fuego.
Por decir algo, por puro afán de cortesía, por congraciarse con ella, comentó:
—Quiero felicitarla. Ha estado usted admirable con ese "nuevo". La mujer la miró duramente a
los ojos. Habló con lentitud:
—¿Y qué autoridad tiene usted —le dijo— para saber si lo he hecho
bien o no?
—Perdón —respondió Alicia humildemente—. Sólo quise decirle algo agradable.
Sintió de pronto una congoja irreprimible, y rompió a llorar. Se llevó las manos a la cara. ¡No
quería dar el espectáculo de Luis Ortiz, salpicando lágrimas a diestro y siniestro, sin pudor
alguno! Mas no pudo acallar su angustia ni evitar que su cuerpo fuese sacudido por el llanto y
por el esfuerzo mismo de evitarlo.
"¡Que Dios borre este domingo de mi memoria!", pensó. Procuró sobreponerse. La enfermera la
contemplaba como dudando si había llegado la hora de echarla al "Saco" a ella también. Alicia lo
entendió así y, por evitarlo, salió al exterior, a que le diera el aire y la lluvia le mojase la cara. Así
podría llorar a gusto y nadie notaría sus lágrimas. Apenas cruzó la puerta de cristales vio al
"Hortelano" correr hacia ella. Cosme la agarró fuertemente por los codos.
—¿Qué has hecho, mujer? ¡Has matau al jorobau!
Alicia se dobló como ropa puesta a secar que se desprende de la cuerda, arrugóse sobre sí
misma y cayó al suelo privada de sentido.
                                                   ...

H EL VUELO DEL JOROBADO II

                                                      ...
—Dígame, "Hortelano", ¿quién fue el miserable que le lanzó un día un cubo de agua a los pies?
—Aquel día, ¡fíjese usté lo que son las rarezas del mundo!, estuvo mismamente a punto de
morir; ¡y sólo por un cubo de agua!
—Pero ¿quién fue el que se lo echó?
—Uno, medio jorobeta, con la nariz así caída, y la boca de oreja a oreja, y...
—¡"El Gnomo"! ¡Yo le Hamo "el Gnomo"!
—Pos el mismu debe ser, porqui al que yo digo, no le va mal "alias" ese qui usted li ha puesto.
Acordóse Alicia de que lo dejó abandonado después del costalazo; le contó al "Hortelano" lo
ocurrido, y le rogó se acercase a mirar si no se
había roto un hueso.
—Pero ¿llegó usted mismamente a luchar con él?
—Pregúnteselo cuando le vea.
—¿Y le venció?
—Lo mismo le digo: pregúnteselo a él. Espero que el susto le sirva de
lección.
—¡Pero si él, pequeñajo comu es, y jorobaduco comu es, es fortísimo!
—Me sorprende no verle por aquí a estas horas.
—¿En qué parte de la huerta dijo usté que fue la cosa?
—Donde cultiva usted las lechugas. Muy cerca de donde hablamos. Pero no dentro de la huerta,
sino unos metros más lejos; en los pastos.
—Pos aya voy a ver. Aonde usté me dice. Y que conste que ha hecho usted mu requetebién.
Calóse Cosme la boina y salió bajo la lluvia. Se acercó Alicia a una
"bata blanca" llamada Cecilia.
—¿Se sabe algo del señor Urquieta?
—El médico de guardia le ha mandado a la unidad de recuperación.
—¿Quién es el médico de guardia, hoy domingo?
—El doctor Ruipérez.
—¿No podría hablar con él?
—Es imposible. Está reunido con la familia del señor Urquieta.
—¿Tan grave está?
—No se preocupe, señora de Almenara. Créame: el señor Urquieta
siempre sale adelante.
—Gracias, enfermera... Eso me consuela... Es el único amigo que tengo aquí. Y también me
consuela ver a una persona educada, como usted, que responde a las preguntas que se le
hacen, y sabe tratar a las personas, y...
—Parece usted un poco excitada. ¿Le ocurre algo?
Iba Alicia a responder que sí; que aquel domingo le había caído encima como una losa que
cierra un sepulcro: su propio sepulcro con ella dentro. Mas la "bata blanca" frunció la frente y
desvió de ella la mirada.
—Perdón que no la pueda atender ahora —dijo—. Ese chico "nuevo" empieza a preocuparme.
—¿Ya no soy yo "la nueva"...?
—No. Ya no.
"El nuevo" representaba poco más de veinte años. Sus rasgos eran seminormales. No era
mongólico, pues carecía de pómulos abultados si eso era "esencial" del mongolismo, cosa que
Alicia ignoraba, Tampoco tenía los ojos orientales de algunos, ni esa frente abombada que tanto
llama la atención, sobre todo en los niños nacidos con esa triste dolencia. A pesar de todo se
advertía en su rostro (que no en su cuerpo) una
anormalidad difícilmente definible, que Alicia intentaba descubrir. ¿Acaso Sus labios demasiado
gruesos y el inferior algo caído? ¿Por ventura su frente, que era algo cóncava en lugar de

convexa? ¿Tal vez sus ojos demasiado pequeños para una cara tan ancha?
El joven buscaba con gran inquietud algo por las paredes. Al fin se detuvo ante el pomo de una
puerta y lo agarró con la mano. Se agachó para acercar sus labios al pomo y comenzó a hablar,
con marcado acento sudamericano, e intercalando entre cada frase lo mismo lágrimas que
grandes risotadas.
—Papá... papá... estoy muy bien, papá... ¡ja, ja, ja! Ya he llegado. Esto es macanudo, viejo... ja,
ja, ja, y la gente es muy dije y muy buena, papá, papá... y dan muy bien de comer y las camas y
las frazadas son muy limpias, papá... y yo no quiero que llores más... Esto es muy bonito, papá...
ja, ja, ja, ja, y la gente es muy dije y muy buena... y yo no quiero que llores... Adiós, viejo. ¡Que
vengas a verme...! ¡Adiós!
Se apartó de la puerta. Y comenzó a deambular por la galería hablando solo y la mirada ida.
Ignoraba que había cientos de ojos que le contemplaban. De pronto, regresó hacia el pomo de la
puerta:
—¡Papá, papá... soy yo! Oye, viejo, quiero que le digas a la prima Manuela... que ya he llegado y
que esto es muy bonito, y que la gente es muy buena... ja, ja, ja. Y que estoy muy contento. Y
que no sea sonsa y que no gimotee por mi culpa, porque con sólo pensarlo me hace llorar a mí.
¡Papá, papá! Dile que las frazadas están muy limpias, y que se come macanudo y que los
médicos son muy buenos... Y que no quiero que llore porque yo estoy muy contento. ¡Papá,
papá!
Sería necio pensar que las gentes que le escuchaban —lo mismo sanos que enfermos— eran
inconmovibles. Salvo los perversos, los antisociales, los absolutamente idiotas o los
demenciados pacíficos (pues quienes no lo eran habitaban en "la Jaula de los Leones")
sentíanse contagiados por una simpatía comunitaria hacia "el nuevo". Rómulo, situado tras él, le
imitaba. Pero no como burla, sino como...
"¿Cómo qué? —se preguntó Alicia—. ¿Cómo qué?" Lo cierto es que Rómulo reía cuando el
muchacho reía, asegurando que estaba muy contento. Y afirmaba con ademanes que la comida
era excelente y las camas muy limpias y la gente muy buena. Y lloraba cuando el nuevo lloraba
al pedir a su padre que no quería ver triste a su prima Manuela. Y le seguía los pasos por la
"Sala de los Desamparados" imitando su gesto ido, el movimiento de sus labios, sus ademanes
de desaliento y sus contradictorias carcajadas.
—¡Rómulo! —ordenó Alicia—. ¡Ven aquí! Acercóse el chico.
—No molestes a ese señor. ¿No comprendes que está muy triste y si
te ve creerá que te burlas de él?
Acaeció entonces una cosa insólita, que dejó honda huella en el ánimo y la memoria de Alice
Gould. El pequeño Rómulo se le colgó del cuello, la besó y le dijo misteriosamente al oído:
—Yo sé quién eres...
Y acto seguido echó a correr y se perdió en el fondo de la galería.
El nuevo se acercó otra vez al pomo de la puerta.
—Papá, papá... ¡que soy yo, el Antonio!
La vigilante hizo un gesto a dos enfermeros para que la siguieran.
—Escúchame, Antonio. Anda, sé buen chico y atiéndeme bien. Pon tus ojos en mí. ¿Me ves?
Procura fijarte en mí, y escucharme... Ya sabes que todos somos muy buenos... Todos aquí
somos muy buenos... ¿Me escuchas? Todos somos muy buenos, como le has dicho a tu padre.
Y tú debes ser muy obediente también. Ahora sigue a estos amigos que van a acompañarte a tu
cuarto...
El muchacho obedeció a los enfermeros. Estos abrieron la puerta ante él, y el chico los siguió.
"¡Otro al que echan al "Saco"!", pensó Alicia.
Se oyó un largo murmullo en la sala. El amigo de las galaxias se acercó a Alice Gould con
ademanes más agitados y amanerados que nunca, de puro corteses. Estaba llorando.
—Todos los locos me conmueven. ¡Dios mío, Dios mío, protege a ese

joven!
                                                 ...

H EL VUELO DEL JOROBADO


PENETRO ACONGOJADA en la "Sala de los Desamparados".
—¿Qué ha sido de Ignacio Urquieta? —preguntó a Carolo Bocanegra, olvidando su voluntaria
mudez. El muy cretino cerró los ojos como solía.
—¡Ciego, mudo y majadero! ¡Este último es su verdadero diagnóstico! _le dijo Alicia, escupiendo
sus palabras con cólera. Se acercó a Conrada, que aquel domingo estaba de guardia
—¿Qué le ha pasado al señor Urquieta? —le preguntó. Más ésta, en lugar de responderle, la
recriminó con acritud:
—Delante de mí, no vuelvas a tratar a un compañero tuyo como lo has hecho con ese enfermo.
¿Entendido?
—¿Le he parecido descortés?
—¡Sí!
—¡Pues también lo es usted al tutearme! ¡No recuerdo habérselo autorizado!
Volvióse en redondo buscando una cara amiga, mas ¿a quién dirigirse? ¿Al loco espacial? ¿Al
ciego que daba bastonazos? Pensó en la señorita Maqueira, su compañera de mesa, y preguntó
por ella.
—Está en coma —le dijeron con tanta simplicidad como si le contaran que se había torcido un
dedo.
"¡Pobre chica!", murmuró para sí. Lo cierto es que no había tenido ocasión ni posibilidad de
hacer amistad con ella. Era bonita, joven y discreta. Pero creía firmemente que los
extraterrestres le enviaban mensajes para los terrícolas, en los que se encontraba la clave de la
salvación de la humanidad. "¡Si muere —pensó—, tendrá verdaderamente ocasión de hablar con
los extraterrestres!" ¡Oh Dios, este domingo parecía propicio para acumular desgracias!
Súbitamente vio entrar al "Hortelano" en la "Sala de los Desamparados". Acudió a él, como a una
tabla de salvación.
—Estoy angustiada, Cosme. ¿Qué le ha pasado al señor Urquieta?
—Lo de siempre.
—¿Qué es lo de siempre? ¿Qué es?
—Es muy difícil de explicar...
—¿Dónde está ahora?
—En la unidad de recuperación, que dicen. Allí lo hemos llevau.
—¿Usted ayudó a llevarlo?
—Yo soy como de la casa.
—¿Cómo se encuentra?
—Mu mal.
—¿Me habla usted en serio?
—Digo que mu mal, ahora. Pero no se preocupe por él. Pondráse güeno mu pronto.
—Pero... ¿qué es lo que le ha pasado?
—Comprendió mu tarde que iba a llover y cayóle el agua encima. ¡Y el agua es pa él lo que el
perejil pa los loros!
Recordó Alicia su entrevista del primer día con el doctor Ruipérez. Este le habló de un paciente
que tenía fobia al agua, que vomitaba, le subía la fiebre, le salían erupciones en la piel si veía,
oía o tocaba agua. E incluso se desmayaba. ¿Cómo imaginar que este caso singularísimo era el
que padecía Ignacio Urquieta, el más cabal, el más correcto, el más equilibrado de los allí
recluidos? Comprendía sus largas ausencias, que coincidían precisamente con los días
lluviosos. Entendía por qué, en el comedor, estaba situado de espaldas al resto de los enfermos:
¡para no ver las jarras de agua ni los vasos de los demás! Averiguaba la razón del privilegio de
que en su mesa se sirviese sólo vino y gaseosa. Se daba cuenta de por qué, deseando
vivamente refugiarse, prefirió el camino más largo al más corto. ¡Para evitar toparse con la

piscina!


                                                  ...