jueves, 10 de mayo de 2018

F LA HISTORIA DEL "HORTELANO"III

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—Pues aproveche usted mis buenas cualidades docentes —río don César— y siga preguntando. —"El Hombre Elefante", doctor y "el Hombre de Cera" y "el Hortelano": los tres me intrigan, aunque por razones distintas... —Los tres, no obstante, tienen una historia común: son seres abandonados. Sus familias los depositaron aquí, como fardos, y jamás los han visitado, ni enviado algún regalo, ni siquiera preguntaron por ellos... en los últimos cuarenta años. Perdón, rectifico: los dos oligofrénicos son más modernos: el que lleva cuarenta años abandonado es "el Hortelano". Ingresó a los veinte; sanó a los veinticinco. Ya ha cumplido sesenta. —Y al sanar..., ¿por qué no le dejaron libre? —Ninguno de los actuales médicos trabajábamos entonces aquí. Pero conocemos bien la historia, que es ésta: los padres fueron avisados I de que viniesen a recogerle, tal como vinieron a depositarle. Se negaron. Eran gentes modestas, pero no insolventes. Tenían tierras propias y las cultivaban con sus manos. Entonces, como dispone la ley, fue llevado a su pueblo acompañado de un enfermero. A medida que se acercaban al lugar, "el Hortelano" comenzó a sentir una gran agitación, tuvo un acceso súbito de fiebre, vomitó y comenzó a delirar. Con muy buen criterio, el enfermero interrumpió el viaje y tomaron el autobús de regreso. A medida que se acercaban al manicomio, que entonces se denominaba así, la fiebre comenzó a descender, los delirios cesaron y, cuando cruzó la verja de entrada, estaba completamente curado. Tres años después se repitió la experiencia. Esta vez viajó en ferrocarril y, al acercarse a la aldea, quiso tirarse por la ventanilla del tren en marcha. No se volvió a repetir la prueba. El considera éste su hogar. Y aquí quiere vivir y morir. Cuando falleció su padre, unos sobrinos suyos quisieron alzarse con la herencia. El manicomio intervino en nombre y defensa de su residente. Y éste heredó. Y donó todo su dinero al hospital, alegando que no quería nada de una familia que nada quiso de él; y que le bastaba para sus caprichos superfluos con el salario que recibía como jardinero y cuidador de la huerta. Esta es, Alicia, la historia de "el Hortelano". Alice, que había escuchado boquiabierta el relato, no pudo evitar que las lágrimas aflorasen a sus ojos y resbalasen por sus mejillas. —¡Ah, qué boba soy! —protestó contra sí misma, secándose los ojos. —Y ahora, señora de Almenara, voy a decirle los trocitos que ya tengo detectados del alma de Alice Gould. ¿Le interesa conocerlos? Alicia afirmó con la cabeza y le miró expectante. —Personalidad superior. Espíritu exquisito. Altamente cultivada. Gran lealtad a sus mayores. Deseos de perfección cultural y moral. Sentido de la maternidad. Compasiva frente al sufrimiento ajeno, juicio crítico y autocrítico. Presencia muy activa de su infancia en las líneas actuales de su pensamiento y su conducta, lo que la priva de ciertas defensas para luchar contra maldades ajenas, inconcebibles para ella. Algo altiva, orgullosa; no soberbia. Demasiado segura de sí misma. Excesivamente aventurada en sus juicios, bien que capaz de rectificarlos en el momento mismo en que entienda haber errado. Organismo sano. Gran poder de seducción, que ella conoce y ejerce. Tendencia a mentir o a ocultar algo. Y ahora viene lo más grave de todo: ¡Crasa impotencia de su médico para saber en qué miente o qué es lo que oculta! Pero, ¿qué es eso, Alicia? ¿Está usted llorando? —¡No! —respondió Alice Gould, sin dejar de llorar. —¡Ahí tiene usted su tendencia a mentir! ¿Puedo saber qué es lo que la hace llorar? —¡La historia de "el Hortelano"! —Nueva mentira. —¡Lloro porque no me gustan sus lentes! —Otro embuste. —Lloro... porque tengo ganas de llorar. —¡Ahora ha dicho la verdad!
El caso es que Alice Gould no sabía interpretar su acceso de lágrimas. Pero el doctor Arellano,
sí.
Cuando Alice Gould, un poco turbada, cruzó al otro lado de "la frontera" cayó en la cuenta de
que no había preguntado a don César lo que más le interesaba: saber qué enfermedad padecía
un hombre aparentemente tan equilibrado como Ignacio Urquieta.
La siguiente entrevista que tuvo Alicia con su médico le reservó una gran sorpresa: César
Arellano había prescindido de sus pintorescos lentes de pinza y llevaba unas grandes gafas, con
montura de carey. En efecto, ¡estaba mucho más atractivo!
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F LA HISTORIA DEL "HORTELANO"II

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—La escucho. —Algunos compañeros míos de residencia... me conmueven hondamente; de otros me apasiona su personalidad. ¿Podría usted decirme • qué tienen, cuáles son sus males y si son curables o no? —En algunos casos... sí. Depende de sus preguntas. ¿Quién le interesa más? —Uno de los niños gemelos que se llama Rómulo. Y "la Niña Basculante", que él cree que es su hermana; y el verdadero hermano, Remo, ¡siempre tan triste! —Los tres son oligofrénicos, y en tres grados distintos —respondió el doctor—. La niña es idiota u oligofrénica profunda; Remo, imbécil u oligofrénico medio, y Rómulo, leve, o simplemente débil mental. Este último podría llegar a aprender un oficio y ser socialmente recuperable, siempre que no se entremezclen otras complicaciones a su insuficiencia congénita. Su habilidad mimética me preocupa, así como sus crisis de agresividad. De todos ellos, clínicamente es el más interesante. —¿Por qué, don César? —Porque su dolencia no es pura. Está entremezclada con otros síndromes de diagnóstico muy difícil. Así como la pequeña Alicia... —¿Quién es esa Alicia? —La que usted denomina "la Niña Basculante" se llama Alicia, igual que usted. —¡No lo sabía! —Pues bien, esa pequeña que, como le he dicho, es oligofrénica profunda posee, además, síndromes catatónicos. Está perfectamente diagnosticada. Su idiocia es irreversible. No sufre. No sabe lo que es sufrir. —¡Somos los demás los que sufrimos al verla! —exclamó Alicia—. Me produce una gran pena contemplarla. ¡Y es tan bonita! Su perfil parece el de un camafeo. No es sólo piedad lo que siento por ella, sino una especie de atracción maternal. —Remo es distinto —prosiguió el doctor—. Su tristeza es verdadera. La imbecilidad que padece no es tan grande como para no conocer y darse cuenta de su invalidez. No entiende lo que ocurre en torno suyo... pero entiende que no entiende. Su doble (es decir, su hermano Rómulo) se mueve, gesticula, habla, ríe. ¿Por qué Rómulo sí, y él no? La pregunta no se la formula con esta nitidez, por supuesto. Pero es como una perplejidad difusa y latente que le hace sufrir. Por supuesto, Rómulo, para él, es un ser excepcional. Un sabio que sabe leer y sabe reír: un superhombre. Más he aquí que Rómulo no le reconoce como hermano. ¡Su ídolo no le mira, no le quiere, le ignora! Y esto es lo que aún no está resuelto en el caso de Rómulo. ¿Por qué ha renunciado a su hermano y lo ha sustituido por la niña oligofrénica? Algo hay en ese chico clínicamente impuro que me impide trazar un pronóstico de su evolución. Lo mismo puede ser recuperable que derivar a tendencias asesinas o suicidas. Nadie sabe eso todavía... O al menos yo no lo sé. Dígame, Alicia, esos tres pacientes ¿son los que más le afectan? —Sí. Son los que por su edad podrían ser mis hijos... y... a veces siento... ¡oh, no! ¡Es demasiado estúpido lo que iba a decir! —¡Dígalo, Alicia! No olvide que, mientras hablamos, me está ayudando a trazar su propio diagnóstico. —¡Le digo que es demasiado estúpido, doctor! —Sea sincera conmigo. Y dígame qué es eso que, a veces, siente. —Siento la impresión de que estoy llamada a hacer las veces de su madre. ¡Pero ya le dije que era una necedad! —¿Por qué? —Porque mi marido se ha opuesto siempre a que adoptáramos niños normales. ¡Imagínese si le propusiera adoptar a éstos! Miróla asombrado el médico y meditó un instante... Fue a decir algo y prefirió callar. ¿Olvidaba
esta señora que estaba recluida a petición de su marido, a quien había pretendido envenenar? —También me interesaría saber —continuó Alice Gould sin advertir el gesto de perplejidad que aún quedaba en el doctor— por qué llora tanto y tan desconsoladamente un caballero que llaman don Luis. Su dolor parece sincero y muy hondo. Cuantos le miran se sienten afectados y contagiados por su pena, cuyas causas deben conocer y que yo ignoro. ¿Qué le ha ocurrido en la vida a don Luis? —¿Conoce usted, Alicia, la diferencia que va de una neurosis a una psicosis? —Cuando entré aquí tenía una vaga idea... Por aproximación, imaginaba que la neurosis era algo relacionado con los nervios, y la psicosis con la mente. Pero ahora estoy completamente perdida. —Pues se los voy a explicar con el ejemplo de ese don Luis, que tanto le interesa. Este caballero, que es viudo, cometió una felonía de muchos quilates. Tenía un hijo único a quien quería mucho... lo cual no fue óbice para que cometiera con él una de las tropelías más grandes que un padre puede cometer contra su hijo. Este iba a casarse con una muchacha alemana muy joven y, según se supo después, un tanto ligera de cascos. Pues bien, don Luis la sedujo, y se la llevó a la cama no una sino muchas veces... —¡Qué miserable! —exclamó Alicia sin poder ocultar su indignación. —Se hizo el amante de su futura nuera, a la que dejó preñada. Ella tuvo que acelerar su boda, y, al cabo del tiempo justo, dio a luz una criatura, que todo el mundo considera nieta de don Luis, cuando en realidad es hija suya... ¡y hermana, por tanto, del que toman por su padre! —¡Me deja anonadada, doctor! El tal don Luis, ni por su físico ni por su modo de comportarse parece precisamente un don Juan, ni un felón. ¡Pero es un perfecto canalla! —No se precipite en sus juicios, señora de Almenara. No son los aspectos morales del caso los que ahora nos interesan, sino el proceso de su hipotética neurosis. —¿Por qué dice "neurosis"? —Porque este tipo de dolencias está siempre provocado por vivencias traumatizantes: es decir, por sucesos reales, no imaginarios, que han acaecido en la historia del sujeto: sucesos, lo suficientemente poderosos como para haber modificado la mente y la conducta de individuos que antes eran normales. El arrepentimiento, el horror de la infamia cometida, la vergüenza de enfrentarse con su hijo injuriado, el pensar constantemente en ello le trastornaron de tal modo que hoy es el pobre diablo enfermo que usted conoce. Pensamos que padecía una depresión reactiva cronificada, y como tal iniciamos el tratamiento, con grandes esperanzas de recuperarlo. Pero el paciente no mejoró. ¡Lo suyo no era una neurosis! —¿No era una neurosis? ¡Merecía serlo, porque la bellaquería que cometió contra su hijo... era como para traumatizar a cualquiera! —No cometió infamia alguna... —¿No considera una canallada, una bribonada incalificable lo que...? —No. Por la sencilla razón de que es mentira... —No entiendo. —El no tuvo nunca amores con su futura nuera; no le hizo un crío; no engañó a su hijo. La niña que todos consideran que es su nieta... ¡es su nieta en efecto! ¿Me comprende usted ahora...? —¡Ahhh...! —dijo Alice Gould; y volvió a exclamar "¡ahhh...!", y, al final—: No. No lo entiendo. —Toda esa historia que él nos contó, puesto que ingresó aquí voluntariamente y no por solicitud de ningún familiar... ¡es falsa! El cree que es verdadera. Lo cree a pie juntillas. Pero es una idea delirante. De haber sido cierta, su diagnóstico sería: neurosis, y en su caso neurastenia. Al ser falsa, su diagnóstico es psicosis y, en su caso, psicosis depresiva endógena. —Me ha dejado usted fascinada... ¡Qué bien me lo ha explicado, doctor! No sólo es usted un gran clínico, como dice Montserrat Castell, sino un gran profesor. A pocas lecciones como éstas, conseguiré doctorarme en psiquiatría.


                                                    ...

F LA HISTORIA DEL "HORTELANO"


DURANTE TODOS AQUELLOS DÍAS, Alicia no pudo, sino muy ocasionalmente, cumplir el horario normal de los demás recluidos. Pasaba más tiempo del lado de "allá" de "la frontera" que del lado de acá. Se le hicieron exámenes de orina y diversos de sangre; se le midió la tensión arterial antes y después de las comidas, así como antes y después de un ejercicio violento— previamente programado—; las funciones de su hígado, corazón y pulmones fueron medidas, controladas y sopesadas. Al fin, se le hizo un electroencefalograma. —Muchas dolencias mentales —le explicaba más tarde don César Arellano— tienen su origen en lesiones o perturbaciones somáticas. —¿Que quiere decir "somático"? —He querido decir que muchas enfermedades psíquicas están producidas por causas fisiológicas: tumores cerebrales, excesos glandulares, número defectuoso de hormonas. Y es muy importante averiguar esto porque, llegado el momento de medicar, lo que es bueno para conseguir una reacción concreta, puede ser perjudicial para la deficiencia o la lesión funcional del individuo. De modo que todas las perrerías que le estamos haciendo a usted tienen una utilidad excepcional para... —Para almacenar trocitos del alma dé Alice Gould —respondió ésta—. Y esperar a que el doctor Alvar recomponga el puzzle, a su regreso. Las entrevistas Almenara Arellano (tres o cuatro semanales) tenían sin duda un fondo psicoterapéutico. Eran especies de psicoanálisis de otro estilo a los habituales. Pero lo cierto es que se parecían mucho más a una tertulia social o a una reunión entre viejos amigos. Cuando Alicia entraba, ya estaba preparada una bandeja con tetera, pastas y golosinas. Y charlaban de Historia, Religión, Arte, Política, Educación o viajes por países exóticos, por no agotar la lista variadísima de temas. El médico preguntaba, planteaba la cuestión y no intervenía más que para provocar a Alicia a hablar. No era tampoco extraño que fuera él quien tomara la palabra sobre temas muy concretos —sexuales, agresivos, milagros, visiones, alucinaciones—, en cuyo caso hundía la mirada en ella para leer en su alma la reacción que le producía. A Alicia le gustaba mucho este hombre. Era sin duda un gran médico. Pero también le agradaba el individuo: irradiaba autoridad y su sosiego era venturosamente contagioso. Una tarde que entró en su despacho visiblemente alterada (porque la mujer de los morritos la abofeteó y la llamó "monja sacrílega") se tranquilizó con sólo verle sonreír y sonrojarse. Era realmente sorprendente este fenómeno. César Arellano, con todo su aplomo y su edad y su prestigio, era un tímido congénito y se sonrojaba cada vez que estrechaba su mano. Una tarde le dijo: —Hoy, Alicia, va a ser usted quien fije el tema de nuestra charla. —¿Aunque mis preguntas sean indiscretas? —¡Aunque sean indiscretas! —¿Y si son impertinentes? —¡Aunque lo sean! —Pues bien, doctor. No me gustan nada esos lentes que usted usa, que le pinchan la nariz y que acabarán dejándole dos marcas o dos llagas junto a los ojos. Debería usar gafas grandes de carey y bifocales, para no quitárselas y volvérselas a poner continuamente, según mire de cerca o de lejos. Y además estaría usted mucho más guapo e interesante. 
Rió el doctor Arellano de buena gana. 
—¡Le juro, señora de Almenara, que a pesar de mi larga experiencia clínica, nunca he tenido un 
paciente que osara hacerme esa observación! 
—Es que tampoco ha tenido una paciente que le admirara y apreciara tanto como yo —dijo Alicia
a modo de disculpa cortés—. Bien. Esto era sólo la impertinencia. Ahora voy con las
indiscreciones. 
                                                   ...

miércoles, 9 de mayo de 2018

E - LOS TESTS IV

                                                   ...
—Para mí está muy claro —dijo—. ¡Es un ángel con las alas plegadas, quieto; y sus pies
descansan en una nube!
En la segunda lámina, Alicia vio un árbol de Navidad con múltiples regalos y velas, y lucecitas
encendidas colocadas arbitrariamente... pero con sentido armónico.
En el tercero, dos cachorros de perro frente por frente, olfateándose los morros.
En el cuarto, un tiesto de cerámica valenciana con azaleas florecidas. En los siguientes, el
océano fotografiado desde el borde de una playa y dos veleros idénticos cerca del horizonte; una
ánfora griega, dos gatos de angora; un sauce; dos cabezas siamesas, unidas por el cráneo y fu­
mando en pipa; y por último —"¡está clarísimo!", confirmó— una caracola de las que, si se aplica
al oído, se oye el murmullo lejano y misterioso del mar.
—¿Usted no ve lo mismo que yo?
—¡Nadie ve lo mismo, Alicia!
—No lo entiendo...
—Le leeré las respuestas de "A" y "B", respecto a las mismas figuras: el primero un enfermo con
gran tendencia a la agresividad y "B" una mujer con manías de grandeza y obsesiones sexuales.
Lo que usted ha visto como un ángel, "A" lo vio como Drácula, con los pies en un charco de
sangre, y "B", una diadema de la corona imperial; su árbol de Navidad, para "A" es un cuchillo de
monte apuntado hacia arriba y sus velas encendidas salpicaduras de sangre; para "B", en
cambio, era el estandarte de un ejército victorioso. Sus inocentes cachorrillos, para "A" eran dos
hombres amenazándose, y para "B", dos lesbianas besándose.  Su siameses fumando en pipa,
para "A" son dos duelistas de espaldas, con los revólveres preparados, esperando que el juez
los mande separarse, andar unos pasos, volverse y disparar; y para "B", es un acto lascivo en
triángulo, de dos hombres con una sola mujer. Su caracola de mar, para "A" es una granada de
mano —¡de nuevo manchada de sangre!— y para "B", una postura erótica, que ella denomina
"amor en tornillo", descrito, según ella, en el KamaSutra.
—Me temo que ya sé quién es "B" —murmuró Alice.
—Yo no puedo decírselo —aseguró formalmente Montserrat—. ¿Quién piensa usted que es?
—Una vieja insoportable, máquina incansable dé incoherencias, que se cree nacida de los
cuernos de la Luna, que le gusta disfrazarse y quiere que los demás la soben para comprobar lo
duras y jóvenes que están sus carnes.
—Ya sé a quién se refiere usted. Le han puesto como apodo la Duquesa de Pitiminí. Esa pobre
mujer fue institutriz de una familia exiliada rusa. Acaba de tener una crisis aguda... y ahora está
recluida bajo un tratamiento muy severo. Parece ser que está reaccionando bien. ¡Pronto se
pondrá buena!
—¿Es ella la que respondió al test?
—Ya le dije, Alicia, que no puedo decírselo. ¡Y ahora vamos a hacer un poco de gimnasia!
—¿Me está usted hablando en serio, Montserrat?
—Ya lo creo que hablo en serio. Procure usted imitar mis movimientos. Brazos arriba, pies
juntos. ¡Uno! ¡Manos a las rodillas! ¡Dos: arriba! ¡Tres: manos a los tobillos! ¡Cuatro: arriba!
¡Cinco: manos al suelo! ¡Seis: arriba! Muy bien, Alicia. No creo que tenga usted problemas
psicomotores. Imite ahora todo lo que yo haga...
Hubo flexiones de piernas, cintura, cuello, brazos en aspa, falsa bicicleta... hasta que Montserrat
quedó agotada.
—¡Por favor, querida —suplicó Alice Gould—, oblígueme a hacer esto a diario! ¡Me conviene
para guardar la línea!
—Basta por hoy. Dígame muy despacio: Trescientos treinta y tres millones de tigres. Repitióselo
Alicia y comentó:
—Sé un trabalenguas en francés... ¡divino! ¿Le interesa?

—¡Me interesa!
La fonética de lo que oyó Montserrat sonaba así: sisonsisúsansisú,
susesonsusisisonsisosisonsos.
—Pero ¿qué galimatías es ése?
—Quiere decir: "Seiscientos seis borrachos sin seis perras chicas chupaban sin recelo
seiscientas seis salchichas sin salsa". Pero éste, en inglés, todavía es mejor:
"Shiselsishelsondesishor", que si lo escribe usted con su ortografía correcta y separa
debidamente las palabras significa: "Ella vende conchas en la playa".
—¡De modo que tampoco padece usted trastornos de lenguaje!
—¡Me temo que no!
—¡Es usted insoportablemente perfecta!
—¡Créame qué lo siento!
Estuvieron cerca de una hora más charlando, comentando, aclarando. Cuando al cabo de este
tiempo —y tras las puntuaciones y correcciones necesarias— penetró Montserrat con los
resultados en el despacho del doctor Arellano, éste la recibió malhumorado:
—Ya sé lo que va usted a decirme: "Alice Gould de Almenara: Personalidad superior, espíritu
exquisito, altamente cultivada. Carece de taras visibles". ¿No es eso?
—En efecto, doctor —respondió Montserrat muy molesta—. ¡Personalidad superior, espíritu
exquisito, altamente cultivada! ¿Quiere que modifique el psicograma sólo por capricho?
—¿Deterioro por la edad?
—¡Su coeficiente queda muy por encima del que le corresponde!
—¿Alguna observación particular?
—Sí. Fuerte influencia de su propia infancia. Gran lealtad al recuero de su padre. Y, en su
conjunto, cierta inocencia, ¡no sé cómo explicarme!, cierta candidez. Hay en ella algunos rasgos
de ingenuidad: de falta de astucia. Pero, por Dios, doctor... ¡nada de complejo de Electra! ¡Adora
el recuerdo de su madre! No puede medirse la interioridad de esta señora como lo hubiese
hecho Freud... pongamos por caso. ¡No sé si me he explicado bien! El doctor rompió a reír:
—¿No le gusta Freud, Montserrat?
—Me temo que no.
—Ya somos al menos tres personas que pensamos igual —comentó jocosamente el doctor
Arellano.
—¿Tres? —preguntó asombrada Montserrat Castell.
—Sí, tres. Usted, yo... y Alice Gould.

                                                  ...

E - LOS TESTS III

                                            ...
—Exactamente, Alicia. Estamos en un hospital mental: no lo olvide. Lleno de deficientes. Y de lo que se trata es de comprobar experimentalmente que usted no lo es. Sonrojóse Alice Gould. "Esa frase que has dicho, debías anotarla en el Libro de Oro de lo que No Debe Decirse", le hubiera amonestado su padre de haberla escuchado. Y en verdad que no estuvo muy afortunada en su exclamación. Era una frase hecha. ¡No había pretendido burlarse de aquella pobre humanidad doliente del otro lado de "la frontera"! Ni mucho menos de los heroicos y meritorios ciudadanos que se dedicaban a estudiarlos, diagnosticarlos y cuidarlos. Ni de la pacientísima técnica, inspirada por la generosidad de esta Montserrat Castell que sin saber si ella era loca o no lo era —"deficiente", en suma— la trataba de igual a igual, y se molestaba en explicarle el porqué de cada pregunta o de cada test. ¡Ah, qué estúpida, qué necia estuvo al decir esto! Mordióse Alicia los labios y, muy sofocada, no volvió a hacer comentario alguno; ni al trazar un rompecabezas muy sencillo —los llamados cubos de Kohs— ni al explicar el significado de palabras tan fáciles como "pared", "torre" o "escoba". Cierto que la lista era de cuarenta vocablos y definirlos no siempre resultaba fácil: "relación", "concomitancia", "cóncavo", "vivencia", "trauma", "interioridad", "hipocondríaco". —Tráceme de memoria el mapa de la península italiana. —Veamos —dijo Alicia mientras dibujaba—. Italia tiene la forma de una bota de mosquetero. La abertura por donde entra la pierna es la frontera de los Alpes, que la separa de Francia, Suiza y Yugoslavia... ¡Así! Ahora... la caña de la bota, que es casi toda la península... ¡Así...! Aquí el empeine, donde está Cosenza; aquí la puntera, frente al estrecho de Mesina, rematado en un cabo, que creo se llama... ¡No me acuerdo de cómo se llama!; la suela es todo el golfo de Tarento; más o menos, así. Ahora el tacón, donde está Brindisi... Y frente a la puntera, un balón, como en el fútbol, o mejor, como en el rugby, porque no es redondo. Este balón se denomina Sicilia. ¡Ya está! ¡Qué bonita es Italia! ¿La conoce usted? —Sí. Estuve en los funerales de Juan XXIII, y no vi nada porque me harté de llorar. Sigamos trabajando, Alicia. Hágame ahora un dibujo de un espacio cerrado y otro de uno abierto. Usted misma elija los temas. Tómese el tiempo que quiera. Yo voy a ausentarme unos minutos. Trazó Alice Gould el espacio interior de la "Sala de los Desamparados", y dibujó torpemente, pues carecía de este arte y del conocimiento técnico de las perspectivas, la escena que tanto la impresionó del pequeño leopardo humano amagando simulacros de ataque al gigantesco y temeroso "Hombre Elefante". En el espacio exterior dibujó un jardín en el que había un hombre en una mecedora leyendo The Times, con una pipa humeante en los labios y, en su proximidad, una niña de largas trenzas, estudiando. En la mesa en que se amontonaban los libros de texto había un marco conteniendo el retrato de una dama. En un ángulo del cuadro, una cinta negra y una cruz. Y en las proximidades, sauces, parterres, flores y un perrito dormido junto a su amo. Regresó Montserrat y guardó los dibujos en una carpeta. Después de observarlos atentamente, sugirió: —Estos dibujos quedan reservados al doctor Arellano, para que los comenten juntos. Y si no está usted muy cansada, vamos a pasar ahora al test de Rorschach. Los psicólogos le dan una gran importancia. ¡De niña tal vez haya jugado a doblar una cuartilla; echar en el doblez unos borrones de tinta —de uno o de dos colores— y frotar por el exterior del papel doblado! La tinta se expande y al desplegar el papel aparece una figura arbitraria y simétrica... —¡Claro que he jugado a eso! —dijo riendo Alice Gould—. Se trata de adivinar a qué se parece ese dibujo, lo mismo que cuando dos personas comentan a qué se asemeja una nube de formas caprichosas. Y siendo la misma, cada uno "ve" la nube de distinta manera. —Yo tomaré nota del tiempo que tarda usted en encontrar una semejanza; usted me declara lo que le sugiere y después comentaremos cómo y por qué se le ha ocurrido a usted encontrar ese
parecido concreto. Empecemos: aquí tiene usted la primera lámina.
Alicia la estudió.


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E - LOS TESTS II

                                                ...
—Seguridad.
—¿Hembra?
—Oveja.
—¿Mujer?
—Montserrat.
—¿Enfermedad?
—Crepúsculo.
—¿Salud?
—Mediodía.
—¿Duda?
—¡Hamlet!
—¿Tesón?
—¡Churchill!
—¿Armonía?
—¡Rosa!
—¿Arte?
—Inutilidad sublimada.
—¿Manantial?
—Nacimiento.
—¿Mar?
—Llegada.
—¿Dios?—Padre...
—¿Cristo?
—Camino.
—¿Orgasmo?
—Glándulas.
—¿Ley?
—Orden.
—¿Orden?
—Equilibrio.
—¿Sonido?
—Vida.
—¿Movimiento?
—Vida.
—¿Vibración?
—Vida.
—¿Psiquiatría?
—Ciencia inexacta; terapéutica dudosa.
—¿Locura?
—Conflicto entre el yo real y el anhelado.
—¿Mariposa?
—Belleza efímera.
—¿Excremento?
—Exceso.
—¿Ejército?
—Paz.
—¿Guerrillero?
—Guerra.
—¿Paz?
—¡Libertad!

—¿Libertad?
—¡Dignidad!
—¿Dignidad?
—¡Deberes y derechos!
—Ahora, Alicia, un pequeño bachillerato: muy elemental, por cierto. ¿Capital de Finlandia?
—Helsinki.
—Nómbreme tres filósofos.
—Sócrates, Aristóteles, Platón. Qué no sean griegos.
—Descartes, Kant, Schopenhauer, a quien, por cierto, no hubiera debido citar.
—¿Por qué?
—Ese gran majadero dijo que las mujeres éramos animales de pelos largos e inteligencia corta.
¡Pero eso no lo ponga en el test, por favor!
—Nómbreme cinco músicos.
—Wagner, Beethoven, Schubert, Bach y Falla.
—Cinco pintores.
—Velázquez, Goya, El Greco, Ribera, Picasso.
—Qué no sean españoles.
—Matisse, Van Gogh, Watteau, Rembrandt, Rubens.
—¿De qué trata Fausto?
—Del drama de quien quiere ser eternamente joven.
—¿Qué es el Deuteronomio?
—Uno de los libros del Antiguo Testamento.
—¿Por qué el calzado se hace de cuero?
—¡Qué pregunta más singular! ¡Supongo que porque el cuero es flexible y resistente! Pero que
conste que hay ajorcas de madera y alpargatas de lona y zapatillas de gamuza. Yo creo que esa
pregunta encerraba una trampa, o estaba mal hecha.
—¿Qué haría usted si se encontrara con un sobre cerrado, llevando también el sello y la
dirección?
—Abrir el sobre y leer su contenido.
—¿Se atrevería usted a hacerlo?
—¡Usted no me ha dicho que el sobre no fuera dirigido a mí!
—Tendré que decirle eso al señor Wechsler.
—¿Quién es ese caballero?
—El autor del test.
—¡Pues dígale que no estoy dispuesta a que se me rebaje ni un punto por una pregunta que
está mal formulada!
Vino después el test de razonamientos aritméticos, con problemas tan elementales y sencillos
que Alicia, que se autoacusaba de equivocarse siempre en las cuentas, los resolvió con facilidad;
más tarde la repetición de series de cifras en directo y al inverso y, por último, el test de
semejanzas.
—¿En qué se parecen una naranja y un plátano?
—En que ambas son frutas.
—¿Y un huevo y una castaña?
—En que son comestibles.
—¿Y un tornillo y una cigüeña?
—En que tienen peso, forma y volumen. ¡No veo en qué otra cosa pueden parecerse!
—Aquí tiene usted varios dibujos defectuosos. Dígame qué anomalía les encuentra.
—A este niño le falta una oreja, a este caballo le sobra una pata; esta casa tiene ventanas, pero
no puertas; el humo de este barco debe ir en dirección opuesta a la marcha, máxime no
habiendo viento, pues, en caso contrario, estaría agitado el mar. ¡Querida Montserrat: este test

es para deficientes mentales!


                                               ...

E - LOS TESTS


"¡ALMENARA A CONSULTA!", fue la primera voz que oyó tras el desayuno del segundo día.
Sintió un gran alivio por la oportunidad que le brindaban de volver a cruzar "la frontera", y,
apenas lo hubo hecho, exclamó:
—Celebro encontrar a la bella aduanera en la puerta. Rió Montserrat, agradeciendo el cumplido.
Y le dijo:
—He sido encargada por el doctor Arellano de hacerle a usted los tests.
—¡Va usted a aprender demasiadas cosas malas de mí! ¿En qué consisten?
—Test de inteligencia, de conocimientos, y de aptitudes; uno suplementario, en el que el doctor
tiene especial interés: el test de personalidad, y unas pruebas elementales para confirmar que
carece usted de trastornos psicomotores y de lenguaje, o desorientación alopsíquica.
—¿Y todo este instrumental necesita usted para mí? En efecto: el despacho de Montserrat
estaba abarrotado de cuestionarios, grabados, dibujos y hasta juguetes.
—La mayor parte de todo este arsenal es inútil para un caso como el suyo... pero...
—"¡Para un caso como el mío!"... ¿Cuál cree usted que es mi caso, Montserrat?
—Eso lo dirán los médicos. Yo no soy más que una simple amanuense. Quiero decir que aunque
muchas de estas pruebas no tienen conexión alguna con sus aptitudes y su personalidad, le
interesará saber para qué sirven... y hasta haremos una pequeña picardía... que es examinar al
paciente por el que tenga usted mayor interés, caso de que eso le entretenga.
—¿De verdad podremos hacer eso?
—Hablaremos de ello cuando llegue el caso. Comencemos: dígame usted su apellido.
—Gould.
—Repita usted: ocho y tres.
—Ocho y tres.
—¿Qué ve usted en este grabado?
—Una vaca que pace en el prado y un hombre que se acerca a ella con un cubo en la mano,
supongo que para ordeñarla, pues tiene las ubres llenas. Hay una colina lejana, dos nubes y tres
pájaros volando.
—Repítame usted esta frase: "Mamá llega a casa".
—Mamá llega a casa.
—Bien, ahora señale usted primero su nariz, y después una rodilla. Alice Gould hizo lo que le
indicaban.
—Bien, Alicia —rió Montserrat—, acabamos de hacer un gran descubrimiento: ¡Su edad mental
es superior a los tres años!
—¿Hay alguien en el sanatorio —preguntó Alicia, sorprendida— que no hubiese sabido contestar
a esto?
—Muchos, querida, muchos. ¿Tiene usted interés en que hagamos la experiencia con alguno?
—Con "el Hombre de Cera".
—Imposible: no habla... y no se mueve: su cociente intelectual es nulo.
—Con los gemelos Remo y Rómulo.
—Bien. Voy a llamarlos. Rómulo pasará la prueba, pues tiene seis años mentales. Remo no la
pasará. Su edad quedó congelada a los tres. Su coeficiente mental es muy bajo. ¿Los llamo?
—No, Montserrat. Me daría demasiada pena comprobarlo. Siga usted.
—Daré un pequeño salto: ¿puede usted decirme tres palabras que rimen entre sí?
—Jamón, pasión, león.
—¿Podría usted repetirme lo mismo, con rimas algo más difíciles?
—Agua, enagua, Managua...
—¿Más difíciles?
—Demonio, Antonio, plutonio.

—Mire usted esta frase: "Pescar muelle va a Romualdo al obladas". ¿Podría usted reconstruirla
correctamente?
—Supongo que podría decirse: "Romualdo va al muelle a pescar obladas".
—¿Qué significa "abstruso"?
—Difícil, complicado, oscuro.
—¿Inefable?
—Lo que es tan "abstruso" (por repetir la palabra de antes) que no existen palabras para
definirlo: es una mezcla de "indecible e inexplicable".
—Dígame usted el alfabeto al revés.
Alicia cerró los ojos. Comentó que aquello era menos sencillo de lo que parecía, e intentó la
prueba.
—Z, y, x, w, v, t, s, r, q, p...
—¡Vale, vale, no hace falta que siga! Le confesaré, Alicia, que no estoy siguiendo un orden
riguroso de los tests tradicionales; e, incluso, en el ejercicio que vamos a empezar ahora,
introduciré preguntas por mi cuenta. Se trata de que automáticamente y sin meditarlo, diga usted
una palabra sugerida por otra que previamente le haya dicho yo. Por ejemplo: ¿Signo de
interrogación?
—Cisne —respondió Alice Gould.
—¿Ferrocarril?
—Paisajes nuevos. Pero, Montserrat... ¿cree usted realmente que esto sirve para algo?
—Le contestaré con otros ejemplos. A la palabra interrogación, una internada contestó: "Sexo de
hombre en reposo". Es evidente que esta mujer tenía una obsesión sexual, que después se
confirma con otras respuestas de la misma persona; pero también un sentido plástico, pues
atendió a "la forma" del signo de interrogación más que a su interpretación de duda, pregunta o
cuestión. El intérprete de ese texto habrá anotado, por tanto, respecto a aquélla: "Obsesión
sexual y sentido plástico". Y de usted: "Sentido plástico y estético", puesto que también ha sido
inspirada por la forma, pero la ha aplicado a un animal bello y armonioso. Contésteme a esto:
"Cisne".
—Nieve —respondió Alice Gould.
—En usted se confirma el sentido plástico, pues es la extraordinaria blancura del color del animal
la que le sugiere otro elemento igualmente blanco. Pero a esta misma pregunta un residente
respondió: "Agonía": lo cual sugiere, en primer lugar, que no era un ser inculto, pues conocía
aquello del "canto del cisne" que precede a su muerte, y, en segundo término, "vivencias
catastróficas, pesimismo, destrucción".
—Empiezo a entender... —murmuró Alice Gould.
—Pero insisto que esta impresión ha de ser confirmada por la misma constante en otras
respuestas. Y que, en definitiva, estos tests no sirven como auténticos diagnósticos, sino como
elementos coadyuvantes para elaborarlos, o como confirmación de que han sido bien hechos.
Sigamos:
—¿Sol?
—Vida.
—¿Sombra?
—Muerte.
—¿Muerte?
—Luz.
—¿Coito?
—Maternidad.
—¿Caballo?
—Lealtad.
—¿Hombre?