lunes, 7 de mayo de 2018

D "EL ASTRÓLOGO" Y "LA DUQUESA" II


                                                  ...
—He dicho que no quiero ver a nadie, pues vuestras miradas me ensucian; vuestras palabras me aburren; vuestros pasos me hieren los oídos; vuestros movimientos me irritan, y vuestra sombra me contamina. ¡Fuera todo el mundo he dicho...! Lo asombroso para Alicia es que fueron muchos los que la obedecieron, más no por acatar sus órdenes —como supo más tarde— sino por huir de su logorrea; pues ni los locos podían sufrir sus excesos locuaces cuando rebrotaban sus crisis. Sólo los paralíticos permanecieron indiferentes donde estaban. Era una mujer de unos ochenta años, iba inimaginablemente disfrazada de... de nada. Llevaba un turbante en la cabeza, compuesto con una gruesa toalla de felpa. Se había anudado una sábana al cuello, de suerte que le caía por las espaldas como una esclavina de largo vuele, que le dejaba a la vista la parte frontal del cuerpo; cubierto éste con otra toalla atada a la cintura a modo de minifalda y un sujetador colorado, que apenas oprimía la flaccidez de sus pechos. Una pierna estaba cubierta con una media de malla, de las que usan las cabareteras de los tugurios, y la otra no. Los zapatos, de altísimo tacón, era lo único de su indumentaria que hacían juego entre sí y con el sujetador, pues también eran escarlatas. Su atuendo era una mixtura extravagante de cesar romano, ayatollah persa, odalisca oriental y fulana de Montmartre. —Lo dicho no va para usted, señora de Almenara —dijo dirigiéndose a Alicia, cuyo verdadero nombre ya conocía, como el de todo el mundo—. Sé muy bien que no es usted de los Almenaras de Córdoba, que son todos bastardos; ni de los Almenaras de Toledo, que son judíos; ni de los de Valencia, que son nietos de corsarios; ni de los de Murcia, que se dedicaban a la trata de blancas, y aun de negras, pues en sus prostíbulos había no pocas moriscas; sino de los Almenaras de León, de sangre real, emparentados antaño con los Fernán González y hoy con los Calabria, los Pignatelli y los Osuna. Sea bienvenida a mi casa y espero que la pandilla de gamberros que la pueblan no le sea excesivamente molesta. Son criados viejos, algunos sirvieron al Gran Duque, y aunque me huele que están todos medio locos, no me avengo a echarles por aquello del "Honni soit qui mal y pensé", que en latín quiere decir "in dubio pro reo", y en castellano viejo: "¡A los perros, longanizas!" Por cierto que el chiquillo que estaba con usted es de lo mejor de esta casa. Tiene sangre de reyes por la rama bastarda. ¿Le ha tocado usted la oreja? ¿No? Hubiera podido comprobarlo por sí misma. ¿Me permite que le toque la oreja? ¡Ah, querida, querida, eso la desmerece mucho a mis ojos! Alguna abuela suya se tumbó en el tálamo de un rey, a espaldas de la reina; lo pasó en grande, sin duda, porque los orgasmos de los reyes son orgasmos reales; ¡pero la dejó a usted tarada para siempre! ¡Toque mis orejas! Yo no poseo esa adiposidad en el lóbulo izquierdo que usted tiene, al igual que lo tiene Rómulo, que es descendiente, por la mano izquierda, del primer rey de Roma. Yo vengo de la rama legítima de los Zares de Rusia, y aunque mi abuela se acostó con Rasputín, no dejó huellas. Lo siento, señora de Almenara, pero le cambiaré la habitación que le tenía reservada, y le pondré a su servicio una azafata bien distinta a la que pensaba. ¡Pedro! ¡Pedro Ivanovich, ven aquí! Se precipitó hacia "el Hombre de Cera", y lo trajo ante ella a trompicones, tirándole de las manos. —Le corté la lengua cuando era joven, por decirme palabras deshonestas. Desde entonces me obedece como un robot. Mire usted: le pongo una mano en la nariz y otra en el cogote. ¡Pedro! ¡No te muevas! Y como usted ve, me obedece. No todos son así. El resto, además de locos, son revolucionarios, aunque a decir verdad todo significa un poco lo mismo. ¿No piensa usted que sig... En esto abrieron los comedores; la máquina de palabras se interrumpió, y echó a correr hacia el olor de la comida. El almuerzo fue un puro martirio, y no porque el condumio dejara mucho que desear, sino por el insoportable protagonismo de aquella individua insufrible, que no dejó de hablar, dar órdenes y pronunciar discursos, arengas y soflamas. Afortunadamente para ellos, sus vecinos inmediatos de mesa eran oligofrénicos profundos y no se enteraban, pero eran muchos los que comenzaron a dar señales de agitación, como contagiados por aquel aluvión de palabras
que, sin perder del todo la coherencia, era difícilmente inteligible, porque eran más las ideas que acudían a su mente que el tiempo obligado que requería la pura fonética de las palabras para poder ser expresadas. —El viernes, que es día de visitas, puesto que es sábado, vendrá a verme el duque de Plymouth, que es un SaxoCoburgo Gotha, de los Gotha del almanaque, compuesto en papel de Holanda, que es una ciudad de los Países Bajos, donde estuve de niña, cuando todavía se jugaba al diábolo, que es un cucurucho de goma que se lanza a las nubes, y si se las toca las hace llover, y el mar se crece y se mete en esos países, que se llaman así porque están más bajos que el mar, y se inundan todos los días de lunes a viernes, menos los fines de semana, en que ponen unos diques para que no se mojen los quesos y los molinos de viento, y las mujeres puedan ir a misa para casarse con los obispos, porque allí acostarse con un obispo no está mal visto como aquí, que somos unos retrógrados y unos ignorantes. De modo que espero que os bañéis desde hoy mismo tres veces al día, para no oler como hoy, a hienas, que es el reptil que peor huele, porque se alimenta de cadáveres y de excrementos. De modo que dejad por un día de comeros unos a otros y gritemos ¡Viva el Zar! ¡Esclavos: brindad por el Emperador! Y decidme —añadió, abriendo su túnica y desenlazando la toalla que le servía de minifalda— si mis carnes no son las de una muchacha de veinte años a pesar de haber cumplido los veintiocho. ¡Tocad, tocad mis muslos y mis pechos y decidme si no son dignos de un SaxoCoburgo Gotha! Los enfermeros —¡al fin!— se la llevaron colgada de las axilas. Alicia aún la oyó gritar: "¡Mueran las hienas! ¡Viva el Emperador! ¡Tocad, tocad mis carnes, esclavos, y comparadlas con las de vuestras concubinas!" Sus piernecillas escuálidas, llenas de sabañones y necrosis, pateaban al aire y exhibía impúdicamente a los comensales sus pantaletitas coloradas, por entre cuyos bordes se escapaba en las ingles un vello lacio y canoso. La visión de esta vieja decrépita, pintarrajeada y ridícula, llevada en volandas por los loqueros, la afectó profundamente. —Debe usted comer algo, Alicia. Los días aquí son muy largos. Era la voz de Ignacio Urquieta. "Sí, sí debía comer algo, aunque esforzándose." "No era bueno dejarse dominar por sus impresiones". —Dígame, señor Urquieta: ¿Está permitido subir a la habitación libremente? Después de comer... desearía descansar. —También está autorizado pasear por el parque. Hoy hace un día espléndido y puedo permitirme el lujo de invitarla a dar un paseo. No todos los días podré, ¿sabe? Alicia no quiso averiguar la causa por la que aquel hombre joven, fuerte, de grata conversación y bien educado, podría pasear unos días sí y otros no. Prefería ignorarlo. Se comprendía incapaz de almacenar tantos horrores. Apenas concluyó de almorzar, subió lentamente la escalera para refugiarse entre las cuatro paredes de su dormitorio sin techo. Se detuvo en el rellano y miró hacia abajo. ¡Dios, Dios, sólo hacía diecisiete horas que había ingresado y le parecía un siglo! Comprendió lo que era ese extraño vocablo "alopsíquica", con el que los psiquiatras adjetivan la desorientación en el tiempo y en el espacio. La segunda modalidad no temía que la alterase nunca, pues bien sabía dónde estaba, y nunca lo olvidaría; pero comprendió el riesgo de llegar a no saber qué día era, ni qué hora, ni qué mes, ni qué año. Y eso es exactamente lo que le aconteció al despertar de una siesta profundísima y paradójicamente muy poco reparadora. El salto de tigre del "Niño" encelado, la baba cayendo de la boca abierta del "Elefante" enamorado, la tristeza infinita —que no tenía nada de cómica y sí de patética— del señor de las lágrimas, el gnomo de las grandes orejas sobándole los muslos, las pantaletitas rojas de la vieja que se creía joven; el mutismo del hombre que no hablaba porque no quería; el aquijotado de la gran nuez y los ojos alucinados, y como un calmante o un sedante la voz equilibrada de Ignacio Urquieta pidiéndole permiso para sentarse a su lado... ¿Todos esos recuerdos de cuándo eran? "¿Es posible —se dijo— que todo
eso haya ocurrido hoy? ¿No hace ya una semana de ello? ¿Y la conversación con el doctor Arellano cuándo fue?" Sintió como un mareo —"¡un mareo alopsíquico!", se dijo, para sí, riendo— al considerar que aún no habían transcurrido veinticuatro horas desde que un hombre y ella, detenidos junto a la gran verja de entrada, bromearon acerca de lo que significaba cruzar "la Puerta del Infierno". —No te preocupes —le dijo él—. No hay ningún cartel que diga "Lasciate ogni speranza". Estaba dispuesta a descender al parque cuando decidió que le sería muy útil reconsiderar su situación. ¿Hizo bien en hablar con el médico con la franqueza con que habló? Las palabras de Montserrat Castell —"¡No intente engañar al médico al menos de un modo consciente!"— la habían impulsado a ser muy veraz: a comportarse tal cual era en realidad. No estaría de más —se dijo— hacer cada día examen de conciencia y recapitular acerca de los dos objetivos por los que se encontraba en el manicomio: fingir una psicosis y descubrir al autor de unas cartas y probablemente de un asesinato. Nadie iba a medicarla mientras no llegara el doctor Alvar. Toda la terapia que le aplicarían sería repetir —ignoraba con qué frecuencia— sus gratísimas conversaciones con el doctor del pelo blanco, los lentes de oro y el corazón probablemente de lo mismo. Entretanto, debería escuchar, atender, observar y eliminar. Nadie podría echarla del hospital mientras Samuel Alvar no regresara. Y cuando éste volviera, ya se encargaría de prolongar su estancia hasta que la investigación estuviese concluida. Samuel Alvar era su cómplice. Samuel Alvar era el único que sabía con certeza que ella era una mujer totalmente sana. Samuel Alvar era quien le había aconsejado que se fingiese paranoica. Samuel Alvar era íntimo amigo de su cliente —también médico— Raimundo García del Olmo. Samuel Alvar le había prometido su colaboración para facilitarle cuantos datos necesitase respecto a los sospechosos. Samuel Alvar, Samuel Alvar, Samuel Alvar... Su nombre era como un quiste que de día en día crecía en su cerebro. Fue un gran acierto el de este hombre haber escogido la modalidad paranoide para su fingimiento de enferma mental, ya que cuantos padecen este mal son razonadores; muchos de ellos inteligentes y suelen cumplir a la perfección las obligaciones propias de sus oficios o profesiones. De otra parte, los paranoicos no muestran más síndromes de anormalidad que los relacionados con su delirio particular, de modo que no se vería obligada a simular la euforia del maníaco, ni la pavorosa tristeza del deprimido, ni la absurdidad del esquizofrénico, ni la idiocia del demente. Alicia no servía para actuar de payaso. No se imaginaba pegando saltos histéricos ni fingiendo crisis de furia. Y se congratulaba de poder conservar —salvo las mínimas excepciones obligadas— su propia personalidad. En relación con Montserrat Castell, su actitud no había precisado fingimiento alguno salvo su reiteración de que ella "no era una enferma" (lo cual de otro lado era cierto) y que estaba "legalmente secuestrada", lo que, a lo largo del tiempo que durase su investigación, debía ser el leitmotiv de la interpretación paranoica de su reclusión. También había exagerado en alguna de sus reacciones, como cuando tiró el encendedor al suelo o cuando juró por tres veces que nunca más se dejaría arrebatar por la cólera. En todo lo demás había sido sincera con ella. La muchacha le pareció llena de encanto y de bondad, era lindísima, y se sintió instintivamente deseosa de acogerse a su protección ante el misterio y las incógnitas y los sinsabores de este mundo desconocido en el que había penetrado. ¿Qué le importaba, entretanto, aparecer como normal ante las personas cuya compañía más le agradaba? Estas, por ahora, eran tres: Montse Castell, el doctor César Arellano e Ignacio Urquieta, el de la misteriosa y —para ella— desconocida enfermedad. Cuando descendió, "el Hombre de Cera" se mantenía en la misma postura en que le vio por última vez. Apiadado de él, Alicia le cambió las manos de sitio, y supuso que la nueva posición sería menos incómoda. Pasó sin mirar junto al trío formado por "la Niña", "el Cachorro de Tigre" y "el Elefante", y se internó en el parque.


                                                 ...

viernes, 4 de mayo de 2018

D "EL ASTRÓLOGO" Y "LA DUQUESA"


CRUZO ALICIA LA GRUESA puerta de acero a la que ya para siempre denominaría "la frontera"— y observó que en la "Sala de los Desamparados" había mucha menos gente que en los minutos que precedieron al desayuno. La mayoría de los pacientes paseaban por el parque. Los ventanales que comunicaban con el exterior estaban abiertos, y a través de ellos se veía deambular a los reclusos en pequeños grupos o en solitario. Afuera brillaba el sol. En el interior no quedaban más que una veintena de enfermos y dos "batas blancas". Allí continuaban "el Hombre de Cera", de pie, inmóvil y con la cabeza levantada, como una cariátide de piedra que sostuviera con su frente un capitel; varios "solitarios" que rumiaban sus penas, bien caminando o bien sentados, y una pareja cuya visión hirió, primero, sus pupilas, y después su compasión. "La Niña Oscilante" estaba sentada en el suelo, de cara a la pared, en el mismo sitio en que la vio por la mañana, y moviendo su cuerpo de uno a otro lado, como la vez primera. Junto a ella, y en su misma postura, "el Mimético" le acariciaba la cabeza con gran ternura e, impulsado por su tendencia irresistible a imitar los movimientos ajenos, se balanceaba él también. Pero no lo hacía con afán de burla, como un simio en su jaula, sino simplemente llevando un compás cual si él y ella escuchasen una misma música imaginaria. Era una escena dolorosamente delicada y tierna. Alejada de ellos, Alicia buscó un asiento y se quedó observándolos. No era la única persona que hacía lo mismo. "El Hombre Elefante", sentado cerca de ellos, les contemplaba también. Su inmenso corpachón no cabía en una sola silla, de modo qué utilizaba dos para mejor acomodo de sus inmensas posaderas. Tenía este hombre de común con "el Hombre Estatua" su tamaño y su forma piramidal: puntiagudo por arriba y anchísimo por abajo. Más que caídos, los hombros de ambos parecían derrumbados: la distancia entre el pescuezo y el límite en que nacían los brazos era ingente y en forma de ladera muy pina. Sus tórax eran estrechos, pero enormes sus abdómenes y aún más sus caderas, de las que nacían dos piernas anchas como columnas y faltas de forma, de tal suerte que los tobillos eran tan grandes como los muslos. . Se distinguían en el tamaño de la cabeza, que era mínima en "el Hombre Estatua o de Cera", y regular en "el Elefante". Y sobre todo, en la expresión. El inmóvil absoluto carecía de ella; el rostro del inmóvil relativo, por el contrario (a pesar de su boca abierta, por cuyas comisuras caían hilos de saliva, y de sus ojos abombados y torpes) sí decía algo. Alicia pensó que los dos padecían una misma enfermedad endocrinológica, glandular, y una dolencia mental distinta o en diverso grado de desarrollo. Las miradas de ambos gigantes eran fijas. Pero la del "de Cera" estaba asentada en la nada. Y la del "Elefante" —¡Alicia se conmovió al comprenderlo!— en "la Niña Pendular". La suya era una mirada amorosa. ¿Lasciva? ¿Tierna? ¿Compadecida? Era difícil precisar estos matices que por ventura no cabrían en la mente del "Elefante"..., pero, en cualquier caso, era la suya una mirada hechizada, cautivada, por la pequeña. ¡Una mirada de amor! Alicia, al comprenderlo, sintió una congoja infinita que le subía del pecho a los ojos. Era demasiado triste haberlo comprobado. Súbitamente el gigante comenzó a agitarse y, haciendo ímprobos esfuerzos, se puso de pie y dio un paso al frente para mantener el equilibrio y no caerse. Rómulo —"el Niño Mimético", que no era tan niño, aunque lo pareciera— dejó de acariciar a "la Oscilante", y de un salto se puso de rodillas, alzó el busto, levantó los brazos, colocó sus manos en forma de garras enseñó los dientes y comenzó a rugir, Parecía talmente un joven leopardo. Pegaba pequeños saltos sobre sus rodillas, al par que avanzaba las garras amagando un ataque que no llegaba a realizar. "Es seguro que habrá visto a un gato acorralado hacer esos movimientos —se dijo Alicia—. O, tal vez, a una fiera salvaje por la televisión". A cada ademán amenazador del pequeño, se producía un movimiento convulsivo en el gigante: un ademán de miedo. Al fin, inició la retirada lateralmente. Sin dejar de dar la cara a su enemigo, salió al parque, por el abierto ventanal y, con la poca agilidad que su torpeza le permitía, 
emprendió la fuga. Alicia quedó anonadada. ¿Había visto realmente esta escena o todo fue una alucinación? Se propuso dibujarla: ¡grabarla en su mente y dibujarla! "La Niña", entretanto, ajena a todo aquel duelo de celos, de la que fue causa desencadenante, basculaba, basculaba; no cesó de bascular. La paz volvió al rostro del pequeño Rómulo —pequeño de cuerpo, pequeño de miembros, pequeño de facciones— tan súbitamente como le llegó la cólera. Fue la suya una tempestad automáticamente calmada. "Automáticamente —pensó Alicia—: he aquí una palabra que seguramente pertenecerá al vocabulario de la psiquiatría". No bien volvió Rómulo a acariciar la frente y la cabeza de la que creía su hermana, se levantó y buscó con ojos ávidos una "bata blanca". Se acercó a la enfermera. —Mi hermana se ha hecho caca —dijo simplemente. La mujer se acercó a la chiquilla y la ayudó a ponerse en pie. Los excrementos le resbalaban bajo las faldas hasta los calcetines. Le dio la mano y tiró de ella con suavidad. La niña, obediente al impulso ajeno —pues era de las que carecían de impulsos propios conscientes—, la siguió. Alicia adivinó que su propio rostro dejó traslucir una sucesiva muestra de sentimientos: sorpresa, compasión, asco, interés y un mudo homenaje admirativo por la abnegación de las enfermeras. Y dedujo que su rostro expresó todo esto al verlo reflejado en el del joven Rómulo, que, plantado descaradamente frente a ella, la contemplaba... y la imitaba. Sonrióle Alicia, y el chico le sonrió. Contemplóle en silencio, penetrando en sus ojos. El hizo lo propio. —Eres muy guapo chico. —Mi hermana es muy guapa también. Y tú también. Y la Castell también. Los demás son todos feos. —No todos. Hay un muchacho de tu misma edad, que se parece mucho a ti. Y que es muy guapo. —Yo no le conozco. —¿No le has visto nunca? —No. Rómulo negaba, no ya su parentesco, sino la realidad misma de su hermano gemelo. ¿A qué oscura corriente de su espíritu pertenecería esta aberrante obstinación? ¿Era sincero al ignorar la existencia de aquel otro muchacho de su misma sangre, que se parecía tanto a él como a una fotografía su duplicado? En este caso, la aberración era intelectual: su desviación manaba de la mente. ¿Era insincero, y conocía que allí —a pocos pasos— vagaba un ser que compartió con él el claustro materno y, aun sabiéndolo, se obstinaba en negarlo? De ser así, la malformación morbosa de su personalidad pertenecía a los sentimientos. ¿Y cuál de ambos males era más pavoroso? ¿Qué siniestra jerarquía de malignidad se llevaba la palma del horror: la ruina de la inteligencia, de donde mana el conocimiento, o de la voluntad, donde anidan los afectos? Pensaba en esto Alice Gould cuando súbitamente se oyó una voz desapacible y aguda. Pertenecía a una mujer qué era la viva imagen de la extravagancia, y que descendía en este instante por la escalera, hablando a gritos. —¡Hala, hala! ¡Todo el mundo fuera de mi vista! —decía—. Estoy harta de vuestras innobles presencias, y vuestra falta de higiene, y vuestras zalemas estúpidas, y vuestras conversaciones insípidas, y vuestros pensamientos lascivos, y vuestras miradas serviles, y vuestras conductas deshonestas, y vuestras falsas promesas, y vuestras almas de esclavos, y vuestra falta de clase, y vuestra ignorancia, y vuestras pretensiones, y vuestra miseria, y vuestra cobardía, y de los abusos que cometéis en mis despensas, y en mis cuentas corrientes, y en mis ganados, y en mis tierras, y en mis ajuares, y en mi vestuario, y en mis cofres de joyas y... ("¡Qué capacidad enumerativa!", pensó Alicia, admirada de tanta locuacidad.) 

jueves, 3 de mayo de 2018

*CH*EL SILENCIO NO EXISTE (III)

                                              ...

¡Es más inútil todavía! Tiene un lejanísimo parentesco con la escritura ideográfica, mas una vez añadida su carga de inutilidad, la distancia entre lo necesario y lo que no sirve para nada, se hace tan grande, que la considero entre las primeras de las Artes Mayores. ¿No opina lo mismo, doctor? —Mi querida amiga, no es mi opinión lo que interesa, sino la suya. —¿Y no le interesa que a mí me interese conocer su opinión, doctor? ¡Sería muy poco galante de su parte dejarme hablar y hablar sin intervenir! —Eso es precisamente lo que deseo, señora. Y empiezo a pensar que se le ha acabado la inspiración. ¿Cómo juzga usted la Poesía? —Paralela en méritos a la Pintura, aunque un tanto más inútil todavía. ¿Qué quiere decir, o para qué sirve decir: Mi corazón, como una sierpe se ha desprendido de su piel, ' y aquí la miro entre mis dedos llena de heridas y de miel? "¡Oh, doctor! Ni el corazón tiene una piel como la de las serpientes que se la cambian cada temporada como las modas de las mujeres, ni los ofidios ni el corazón acostumbran a impregnarse del zumo de las abejas; ni hay hombre que pueda contemplar viscera tan delicada entre las manos: pues si estuviese vivo moriría en el intento; y si muerto, no podría contemplarla. ¡Y sin embargo este poemilla de García Lorca es arte puro! "Queda, por último, la Música. ¿Qué mayor inutilidad que unir unos ruidos con otros ruidos que no expresan directamente nada y que pueden ser interpretados de mil distintas maneras según el estado de ánimo de quien los escuche? ¿A quién alimenta eso? ¿A quién abriga? ¿A quién cobija? ¡A nadie! La Música es la más inútil, biológicamente hablando, dé todas las Artes y, por ello, por su pavorosa y radical inutilidad, es la más grande de todas ellas; la menos irracional, la más intelectual, la más espiritual, la más humana, en tanto que esto signifique superación de los seres inferiores. Porque lo cierto es que hay quien entiende, ¡equivocadamente, claro está!, por "humano"... Alicia se detuvo y se sonrojó: —¡Ah, doctor, estoy hablando como un ser pedante e insufrible! Discúlpeme. No quiero hablar más. —La he llamado precisamente para que conversemos —insistió el doctor. —Estoy tan avergonzada de mi charlatanería... que ahora desearía ser "mutista", como mi compañero de mesa. —¿Un tal Rosendo López? —preguntó el doctor. —No. Mi vecino de mesa se llama Bocanegra, o algo parecido, y me ha escrito una nota diciendo que "no habla porque no le da la gana". —Ese sí que es un verdadero enfermo —comentó el doctor—. ¡Un verdadero enfermo! Y al punto se arrepintió de haberlo dicho, porque indirectamente había insinuado que ella no lo era. Y afirmar eso sería tanto como engañarla. —Me estaba usted diciendo qué es lo que se entiende y lo que no debe entenderse por "humano". —La gente equivoca este término y entiende por "debilidades humanas" lo que en realidad son "debilidades animales". Lo humano, por el contrario, es lo que supera a lo animal: lo que está por encima de lo que hay en nosotros, de fieras. —Me dijo usted antes, señora de Almenara, que el silencio no existía... ¡He aquí un tema que me gustaría escucharle! —¿Me va usted a tolerar seguir parloteando, doctor? —La voy a provocar a seguir hablando. —Pero, doctor, me avergüenza el concepto que va usted a formarse dé mí. ¡Yo nunca he sido charlatana! —¿Y si le dijera que además de conocerla clínicamente me interesa conocerla intelectualmente? 
—¡Me sentiría muy pedante, doctor Arellano! Me gusta tener cierto sentido de la medida. 
—Expláyese mejor. ¿Por qué afirmó antes que el silencio no existía? 
—Por puro sentido de la observación, doctor. 
—Explíqueme eso con cierto detalle. 
—Muchos afirman —comenzó Alice Gould con aire distraído y distante— que el hombre ha 
matado el silencio. Es muy injusto decir eso, porque el silencio ¡no existe! A veces huimos de la 
gran ciudad para escapar del bullicio, pero no hacemos sino trocar unos ruidos por otros. 
Cuando se acercan las vacaciones, deseamos conscientemente cambiar de ocupación: la 
máquina de calcular, por la bicicleta; o la de escribir, por el arpón submarino. También de un 
modo consciente deseamos cambiar de paisaje: la ventana del inquilino de enfrente por la 
montaña, el campo o la playa. Pero de una manera inconsciente, lo que anhelamos, sin saberlo, 
es cambiar de ruidos: el bocinazo, el frenazo, el chirriar de las máquinas, las radios del vecino, 
por otros menos desapacibles, como el rumor del viento entre los pinos o la honda y angustiada 
respiración del mar.—¿Considera usted al mar como un ser vivo?—¡Naturalmente, doctor! La 
tierra no es un planeta muerto. Y el mar ocupa las tres quintas partes de la tierra... o... o algo 
parecido. Y además se muere y hace ruido. ¡Todo lo que vive lleva el sonido consigo! 

—Me sorprendió usted, señora de Almenara, desde que entró por esa puerta; sería injusto 
negarle que mi sorpresa va de aumento en aumento. No obstante, sigo creyendo que la total 
soledad se aproxima mucho al silencio. 
—No, doctor. No hay bosque, por oculto y lejano que se halle, por tranquilo que esté el aire que 
lo envuelve, que no tenga su propio idioma sonoro. ¿Usted no ha oído hablar a los árboles? 
¡Todo el mundo los ha oído hablar! No se sabe bien qué es lo que se escucha, qué es lo que 
suena. No hay arroyos en las proximidades, no hay pájaros, no hay insectos, y las copas están 
quietas. Con esto y con todo, hay un palpito indefinible, indescifrable. Se dice entonces que se 
oye el silencio. Es una manera de decir porque lo cierto es que "algo" se oye... mientras que el 
silencio es inaudible. 
—No se interrumpa, señora. Estoy embobado escuchándola. Animada y halagada por la 
admiración que despertaba en el doctor, Alice Gould prosiguió: 
—He aquí una palabra, "silencio", que el hombre ha inventado para expresar una realidad que no 
ha experimentado jamás, para describir lo que nunca ha conocido: porque todo en él y alrededor 
de él es un cúmulo de mínimos estruendos. Y la voz que sonó una vez no se pierde para 
siempre. La vibración de la onda sonora se expande y aleja, pero permanece eternamente. Esta 
conversación que estamos teniendo, doctor, existirá en el futuro en algún lugar lejano. 
—¿Quiere usted decir que toda palabra es eterna? 
—Es una simpleza lo que digo. No hay nada de original en ello, puesto que está probado. La 
curiosidad insaciable del hombre creó grandes ojos (los telescopios) para ver más allá de lo que 
la vista alcanza. Ahora ha creado grandes orejas (los radiotelescopios) para captar los ruidos del 
Universo. Y he leído que aún se oye el sordo clamor de la primera explosión: la que fue origen 
de la creación del mundo y de la fuga de las galaxias. ¡Antes de esto, sí existía el silencio! ¡Y se 
acabó! ¡No hablo—más! ¡Me ha forzado usted a expresarme ex cátedra, pedantescamente! Ha 
conseguido avergonzarme. ¡Me siento muy ridícula! 
Quedó mudo el doctor y observó descaradamente —entre compadecido y admirado— a aquella 
singular mujer, inteligente, sensitiva, fina, atacada de una enfermedad aún sin diagnosticar. 
—¡Oh, doctor, le he aburrido; estoy segura de que le he aburrido! ¿No me responde, don César? 
—Después de sus admirables palabras sobre el silencio, respéteme usted, señora de Almenara, 
que me recree recordándolas. Estuvo callado mucho más tiempo de lo que Alicia hubiese 
querido. 
—¿Le he molestado en algo, doctor? 
—Sí. ¡Cállese! 

Al cabo de unos segundos, preguntó: 
—¿Puedo retirarme? 
—¡¡No!! —fue la respuesta desabrida de César Arellano. Y, en seguida, añadió disculpándose: 
—He dicho "no"... porque me faltaba preguntarle si necesita usted algo... y si yo puedo 
proporcionárselo. 
—Sí, doctor... ¡Míreme! ¡No estoy acostumbrada a andar vestida así! Ello me deprime. He visto a 
algunos residentes correctamente vestidos: tal vez exageradamente bien vestidos. Yo no aspiro 
a tanto. Quiero, sencillamente, no estar disfrazada de lo que no soy: un chulo de barrio, un 
hortera de pueblo. ¡Quiero vestirme de mí misma! ¡Claro que no quiero galas ni elegancias
sofisticadas! Pero, eso sí, vestirme con cierta armonía, de acuerdo con las circunstancias en las 
que estoy... y... y... recuperar mis objetos de tocador. 
—Cuando suba usted a su cuarto se encontrará con sus objetos personales. Sólo le ruego que 
se vista usted con cierta discreción. 
—¡Oh, doctor! ¿Es cierto lo que me dice? —exclamó con gran alegría. 
—Un momento... un momento... ¡No quiero precipitarme! ¿Quién dio la orden de...? En realidad 
haré todo lo posible para que recupere usted sus cosas... en cuanto hable con el doctor 
Ruipérez. ¡Vamos, señora, no vale la pena de que se afecte tanto por haber rectificado! Me 
precipité en decirle que sí, impulsado por un gran deseo de complacerla. Mañana proseguiremos 
nuestras conversaciones. 
—Esto que hemos hecho hoy, ¿se llama psicoanálisis? 
—¡No! ¡En absoluto! Yo no usaré esa terapia con usted; ni siquiera la hipnosis; salvo que me lo 
ordene el doctor Alvar. Pretendo simplemente conocerla... y que usted me conozca, hasta 
confesarme voluntariamente su secreto, que intuyo no está alveolado en su subconsciente, sino 
flotando libre y alegremente en su consciente. ¿Me equivoco? 
—Zona rastrillai...
—¿Qué quiere decir eso? 
—Zona acotada..., en ruso. 
—Hábleme de su secreto. 
—¡Vedado de caza! 
—Bien, señora de Almenara. Es usted una mujer... "modélica"... 
¡Qué expresión más torpe! Es usted una mujer admirable: ésa es la palabra: digna de 
admiración, y con una personalidad cautivadora. Me siento realmente satisfecho de haberla 
conocido. Sólo lamento... el sitio... y la ocasión. 
—Doctor, ¿qué dije antes para que usted se enfadara? 
—No me enfadé con usted, Alicia, sino con el hecho de que... sea usted tan perfecta y que a 
pesar de ello... ¡Bien! ¡Me callo! Algún día se lo diré. 
Cuando la paciente hubo salido, el médico anotó unas palabras en un bloc. A las que añadió con 
gesto malhumorado: "¡No es usual ver a los ángeles en el infierno!" Mas en seguida lo tachó 
porque se avergonzaba de haberse dejado fascinar, cautivar, por la belleza, el encanto y la rara 
personalidad de Alice Gould. 


                                                    ...

miércoles, 2 de mayo de 2018

"CH " EL SILENCIO NO EXISTE (II)


...
—Pero sí equivocado en las interpretaciones exclusivamente sexuales que daba a los símbolos,
los sueños y los secretos ocultos de nuestro subconsciente. ¡Vamos, vamos! Pensar que quien 
sueñe con la aguja de una catedral o con el obelisco de Trajano en Roma está expresando 

anhelos relacionados con el órgano viril... ¡ésa no puede ser más que la interpretación de un 
obseso! ¿Por qué no podía Freud viajar en tren? ¿Qué clase de extraña fobia era ésa? ¡Me 
gustaría ser yo quien hiciese el psicoanálisis a ese caballero! Creo verdaderamente que el 
obseso sexual era él y no sus pacientes. ¡Eso es lo que pienso! ¡Y no retiro lo de cretino! 
—Si eso le sirve de consuelo, le diré, señora, que opino lo mismo que usted; salvo en lo de 
cretino... Freud era un sabio que descubrió uno de los métodos más eficaces para hacer aflorar 
al consciente secretos morbosos, escondidos en nuestro interior, perdidos en la memoria, como 
un niño abandonado en el bosque... que sabe que existe un camino para su salvación, pero que 
no lo encuentra. Su error estriba en la dirección unilateral que dio a sus interpretaciones. 
—¡No sólo somos sexo, doctor! ¡Odio a Freud! 
—¿Le odia usted realmente? 
—No, doctor; es una manera de decir. Yo no odio a nadie, pero siento una indecible aversión por 
los obsesos, por las cabezas cuadradas y por los que aplican la geometría al estudio del alma
humana. Tienden a simplificar lo que es tan variado, tan complejo, tan interesante y tan grande... 
como... como el espíritu. ¡Ah, doctor, disculpe usted mi audacia! En realidad, me estoy metiendo 
en el campo de usted. 
—Y ello me agrada profundamente, señora. Tal vez sus ideas sean apasionadas, pero son 
inteligentes y apoyadas en criterios sanos y lucidos. ¿Puede usted escuchar a un hombre de 
edad, sin que ello la ofenda, que me agrada usted mucho? 
—Oír eso no puede ofender a ninguna mujer, doctor. Y, además, usted no es un "hombre de 
edad". 
—Vamos a proseguir. ¿Le agrada el silencio? 
—El silencio no existe, doctor. 
—Anoto que eso tiene usted que desarrollarlo después. ¿Le agrada la 
soledad? 
—A veces la busco y la necesito. Pero con limitaciones. ¡Soy humana y como humana un animal 
social! Mis incursiones en la soledad son esporádicas... pero si persistieran contra mi voluntad, 
estaría dispuesta a echarme en brazos del primer ser viviente con quien me topara... ¡y traicionar 
todos mis prejuicios puritanos! 
—Ha dicho usted el primer ser viviente. ¿Aunque fuese una mujer? —¡Ay, doctor! Recuerde 
usted las palabras de ValleInclán, puestas en boca del marqués de Bradomín: "Hay sólo dos
cosas que no entiendo: el amor de los efebos y la música de Wagner." Cámbieme usted a 
Wagner (al que adoro) por Mahler (al que no entiendo) y a los efebos por las ninfas: y mi 
respuesta sería igual.—Carezco de esas inclinaciones, aunque me siento profundamente 
impresionada y atraída por la personalidad de algunas mujeres cuando reúnen al completo las 
cualidades esenciales de la feminidad. 
¿Qué cualidades son esas que más admira usted en la mujer? 
—La abnegación, la delicadeza, la intuición y el buen gusto. 
—¿Y la belleza? 
—¡Ah, doctor! Por supuesto que sí. También admiro la belleza en la mujer, sobre todo cuando su
exterior es como un reflejo de su interioridad... 
—Perdóneme esta pregunta delicada, señora de Almenara: ¿es usted frígida? 
—No, no, no, doctor. 
—Muchas mujeres lo son. 
—O no son mujeres o sus maridos son muy torpes... o muy egoístas. 
—Ese es un mundo muy complicado —murmuró el doctor Arellano. 
—Para mí es un mundo resuelto, doctor. No es ése mi caso. Y creo que pierde usted el tiempo 
buceando en esas aguas. 
—¿Por qué intentó usted envenenar a su marido? 
—¡Campo acotado! 

—¿Qué le indujo a hacerse detective? —¡Vedado de caza! —Dígame; ¿qué es lo que más le desagrada de usted misma? —¡Verme así vestida! —¿De qué está Usted más satisfecha? —De mi afán de superación... —¿Y más descontenta? —De no hacer todo lo que debo por cultivar mi espíritu y ayudar a los demás. —¿Qué piensa usted de las artes? —El arte es la ciencia de lo inútil. El médico frunció la frente, sorprendido. Aquella respuesta no cuadraba con la personalidad que había creído adivinar en su paciente. —¿Quiere decir que desprecia usted las artes; que las considera algo trivial, y a quiénes las practican gentes desocupadas que no tienen otra cosa mejor que hacer? —¡Nada de eso, doctor! ¡Considero que el arte es tanto más sublime cuanto mayor es su inutilidad! —Explíquese mejor. —El hombre es el único animal que se crea necesidades que nada tienen que ver con la subsistencia del individuo y con la reproducción de la especie. No le basta comer para alimentarse, sino que condimenta los alimentos, de modo que añadan placer a la satisfacción de su necesidad. No le basta vestirse para abrigarse, sino que añade, a esta función tan elemental, la exigencia de confeccionar su ropa con determinadas formas y colores. No se contenta con cobijarse, sino que construye edificios con líneas armoniosas y caprichosas que exceden de su necesidad: lo cual no ocurre con la guarida del zorro, la madriguera del conejo o el nido de la cigüeña. ¿Hay algo más inútil que la corbata que lleva usted puesta? ¿De qué le sirve al estómago una salsa cumberland o un Chateaubriand a la Périgord? ¿Qué añade al cobijo del hombre el friso de una escayola o las orlas en forma de signos de interrogación de los hierros que sostienen el pasamanos de una escalera? Pues bien: todo eso que está inútilmente "añadido a la pura necesidad"... ¡ya es arte! La gastronomía, la hoy llamada alta costura y la decoración son las primeras artes creadas por nuestra especie, porque representan los excesos inútiles añadidos a las necesidades primarias de comer, abrigarse y guarecerse. —Dígame, señora de Almenara, ¿dónde ha leído ese ensayo sobre la inutilidad? ¡Me gustaría conocerlo! —¡No necesito leer a los demás para formarme una opinión, doctor! —Prosiga, señora: me tiene usted absolutamente fascinado. —Pues bien —continuó Alicia—, en el momento mismo en que el espíritu creador del hombre se despegó incluso de la necesidad primaria para producir sus lucubraciones, nacieron las grandes Artes: la Poesía, la Danza, la Música y la Pintura.— —Olvida la Arquitectura. —Considero a la Arquitectura, como a la Gastronomía, un añadido inútil a una necesidad "primaria". La Danza, en cierto modo, también tiene este lastre, pero se aleja más de la necesidad. Es... ¿cómo explicarme?, una... una... ¡una mímica sublimada! ¡Eso es lo que quería decir! Tal vez la Danza sea anterior al lenguaje y tuviera en sus orígenes una intencionalidad práctica: con carga erótica, reverencial o religiosa. ¡Yo no estaba allí, y no sé qué "intencionalidad" tenía! Pero no hay duda que encerraba "un propósito", encaminado a la consecución de un fin. No sé si me explico, pero la intencionalidad es algo muy superior a la "necesidad primaria". Está ya directamente relacionada con el juicio y la voluntad. "Quiero esto y voy a demostrarlo con gestos y ademanes rítmicos". ¡Y la Humanidad se puso a danzar! ¡De ahí a la Paulova o a Nureyev no había más que un paso! La Pintura pertenece a un género superior.


... 

"CH " EL SILENCIO NO EXISTE


EXPERIMENTO UNA SENSACIÓN de alivio al cruzar la gran puerta de hierro que separaba los pabellones de los enfermos de la zona reservada a los administrativos, a los médicos y a las asistentas sociales. Eran dos mundos opuestos a los que aquella gruesa puerta servía de frontera. Montserrat Castell la esperaba en la misma aduana: —El doctor don César Arellano, jefe de los Servicios Clínicos, va a examinarla, Alicia. ¡Venga conmigo! Y si, al concluir, no la reclaman para otra cosa... ¡no deje de pasarse por mi despacho! ¿Me permite un consejo? ¡Por lo que más quiera, no diga una sola mentira! ¡No intente engañar al médico... al menos, de un modo consciente! Meditó Alicia estas palabras: "¡...al menos de un modo consciente...!". ¿Por qué le habría dicho eso Montserrat? —Pase, por aquí, por favor... El doctor Arellano era un hombre de mediana edad, pelo canoso y abundante, cara ancha y sonriente, nariz gruesa y unos grotescos lentes de pinza y cristales sin montura, que se ponía y quitaba constantemente mientras hablaba, para humedecerlos de vaho y limpiarlos después con una pequeña gamuza. "Si no fuera por esos lentes —pensó Alicia—, podría pasar por un hombre atractivo." —Siéntese, señora. Del mismo modo que Alicia apreció de un solo vistazo que el doctor Ruipérez no era un individuo de mucha categoría, juzgó que este otro médico tenía peso específico. Irradiaba serenidad, equilibrio, inteligencia y, sobre todo, autoridad. Su cara, de tez sanguínea, era más joven de lo que correspondía a la blancura de su pelo. Era alto, ancho, tal vez un poco cargado de hombros. A Alicia se le antojó pensar que su cara recordaba vagamente al actor norteamericano Spencer Tracy y su cuerpo al jugador rumano de tenis “Ilie Nastase”. Apenas ocupó un asiento frente a la mesa escritorio del médico, éste le ofreció un cigarrillo. Tras ver la marca, Alicia lo rehusó. —Fumo "rubio", doctor. El "negro" me hace toser. Abrió el médico un cajón y le ofreció otra marca. —Gracias —dijo Atice Gould aceptándolo. El doctor Arellano comenzó a hablar, mientras le encendía el cigarrillo con su encendedor. —Señora de Almenara: junto a la solicitud de ingreso había una carta particular del doctor Donadío dirigida al doctor Alvar, con determinadas sugestiones clínicas que sólo el director deberá decidir si son convenientes o no. Es usted, por tanto, una paciente directa del doctor Alvar... y, en consecuencia, el doctor Ruipérez y yo hemos considerado más conveniente no someterla a ningún tratamiento en tanto no regrese de sus vacaciones el director del hospital. El decidirá, por tanto, qué médico ha de encargarse de usted. Veo que esta noticia le produce alegría. —¡No he movido un músculo de la cara —respondió Alicia con jovialidad—: es usted un buen lector de almas, doctor! —Es mi profesión —replicó amablemente el médico. Y volviendo a tomar el hilo de sus palabras, prosiguió: —Ello quiere decir que permanecerá usted aquí en régimen de observación hasta que él llegue. Nuestra única labor será la de almacenar datos y ponerlos a disposición suya para que él decida la medicación más apropiada. —Luego no seré medicada... —Con psicofármacos, desde luego, no. A pesar de ello, si siente usted neuralgias o padece insomnio, puede pedir las pastillas que más confianza le merezcan: lo mismo que si estuviese en su casa. Tampoco «e le aplicará terapéutica insulínica ni, por supuesto, electroconvulsionante. 
—Me tranquiliza usted mucho, doctor. Pero me pregunto en qué consistirán sus métodos para 
almacenar esos datos que busca, meterlos en un saquito y dárselos al director diciendo: "Toma, 
Samuel: aquí tienes unos trochos del alma de Alice Gould..." 
—Su conversación, señora, es particularmente expresiva. ¡Eso es precisamente lo que pretendo 
entregarle a nuestro director, don Samuel Alvar, trochos de su alma, para que él los junte como 
en un puzzle y trace el diagnóstico exacto de su personalidad. Y sin usar el narcoanálisis, ni la 
tomografía computarizada, ni la gramagrafía cerebral. 
—No le pregunto, doctor, qué significa todo eso, porque no lo entendería. ¡Los médicos son 
ustedes amiguísimos de las palabras complicadas! 
—Veamos si me entiende usted ahora: quiero, en primer lugar, conocer su consciente: lo que 
usted sabe de sí misma cómo es, y cómo desearía ser. Esto lo lograremos simplemente 
charlando con sinceridad. Después quiero conocer lo que usted ignora de sí misma (su sub­
consciente) y hacerlo aflorar a su plano consciente. De modo que preciso de usted dos 
declaraciones: que me cuente lo que sabe... ¡y lo que no sabe de Alice Gould! 
—Esa última parte —bromeó ella— debe ser un tanto complicada. ¿Cómo voy a contarle "yo" lo 
que desconozco? 
—No dude que acabará contándomelo. ¿Está usted dispuesta? 
Alicia meditó un instante. Deseaba ser totalmente veraz y sincera con aquel hombre amable y 
bondadoso, que irradiaba comprensión y confianza. Pero era evidente que no podía decirle 
"todo" —sin traicionar a su cliente García del Olmo— y esto la contrariaba y la confundía. 
—Hay una parte, doctor, que desearía reservar a don Samuel Alvar para cuando regrese. ¡No 
sería justo darle todo el trabajo hecho! El tendrá que poner algo de su parte, ¿no le parece? 
¿Cómo, si no, justificar su sueldo, no sólo de director, sino de "médico personal mío", ya que 
usted mismo me ha dicho que yo seré su "paciente particular"? Si usted me lo permite, doctor 
Arellano, hay una parte de mi vida (¡una muy pequeña parte, créame!) que desearía reservar a 
don Samuel para cuando éste venga. 
—Acepto el trato. Cuando usted penetre en esa zona reservada al director, no tiene más que 
decir "¡Acotado de caza!". Por cierto, ¿desea usted que le sirva algo? 
—Sí, doctor, se lo agradezco: una taza de té. 
—¿Acostumbra a beber alcohol? 
—Nunca por las mañanas. 
—¿Y por las tardes? 
—A veces. 
—¿A diario? 
—No, pero sí con frecuencia. Cuando mi marido y yo regresamos de nuestros quehaceres, nos 
gusta tomarnos un whisky, o dos, antes de cenar, y contarnos nuestras respectivas experiencias. 
—¿Qué opina usted de su marido? 
—"¡Acotado de caza!" 
—Le pediré una taza de té. Pulsó un timbre e hizo el encargo. 
—¡Dos tés! Meditó un instante. 
—¿Tiene usted hijos?
—No. —¿No ha deseado tenerlos? 
—Fervientemente. ¡Ahí tiene usted, doctor, un campo bien abonado para hallar en mí una 
frustración! 
—¿De quién es la culpa de no tener descendencia? 
—Lo ignoro, doctor. 
—¿Por qué? 
—Porque de ser la culpa de mi marido, hubiera representado una gran humillación para él 
saberlo, que de ningún modo quise ni quiero causarle.
—¿No deseó nunca adoptar un niño? 

—Sí. Y yo misma hice las gestiones legales, pero mi esposo se opuso. Yo respeté, claro es, sus 
sentimientos. 
—¿Le ha sido siempre fiel? 
—¿El a mí? 
—Sí. El a usted. —No lo he indagado. 
—¿Por qué? 
—Porque hubiera supuesto una ofensa para él esa muestra de desconfianza. 
—Nunca se habría enterado. 
—Ello no obsta para que yo, en mi fuero interno, le hubiese ofendido. 
—Y usted, señora de Almenara, ¿le ha sido siempre fiel? 
—Siempre. 
—¿No ha sido nunca solicitada por otro hombre? 
—Muchas veces, doctor, y por muchos. 
—¿Ello la halagaba? 
—No puedo ocultarlo. Si: me halagaba. 
—¿Y nunca cedió a ese halago? 
—Nunca. 
—¿Alguno de sus pretendientes le agradaba? 
—Sí, y mucho. 
—Y a pesar de ello... 
—Jamás, doctor. 
—Explíqueme detalladamente por qué. 
—Por respeto a mi marido, pero también por respeto a mí misma. Tengo un alto concepto de la 
dignidad humana; creo que somos una especie... distinta. Y que esta distinción nos impone 
derechos y deberes. No podemos exigir los primeros sin sentirnos solidarios con los segundos. 
Si me lo permite, doctor, éstas son convicciones muy arraigadas en mí. 
—¿Es usted creyente? 
—No lo fui en mi infancia. Ahora sí. 
—Eso contradice la... norma general. 
—¡Nunca me ha interesado la norma general! 
—¿Esas convicciones las heredó usted de su padre? 
—No sé si esas cosas se heredan. Ignoro si se transmiten en los genes. Más exacto sería decir
que las recibí de mi padre: no que las heredé. Fue conmigo un educador excepcional. A medida 
que pasa el tiempo su figura se agranda dentro de mí. 
—¿Y la de su madre? 
—Mi madre murió siendo yo muy niña. Y mi padre tuvo el acierto de ensalzarla grandemente a 
mis ojos. Hablaba de ella con mucha ternura. Más también con sincera admiración. Cuando me 
reprendía, era frecuente que dijera: "Tu madre no hubiera dicho eso" o "no hubiera hecho eso".
—¿Y no la molestaba o no hería su sensibilidad infantil esa comparación constante con una 
mujer que, aun siendo su madre, usted no llegó prácticamente a conocer? 
—No, doctor, no. Mi madre era el ideal que yo debía alcanzar. Mi padre me la pintaba como la 
suma de las perfecciones, como el modelo que yo (si quería ser digna, bondadosa y fuerte) 
debía imitar. 
—¿No tuvo nunca celos del amor que su padre manifestaba por su madre? 
—No, doctor. Sigmund Freud, que es quien ha metido esa idea en la cabeza de todos los 
psicoanalistas, era un perfecto cretino... 
—No exactamente un cretino —murmuró el doctor. 


...

"C" LA "SALA DE LOS DESAMPARADOS" III



En estas cavilaciones andaba cuando advirtió frente a ella la cara sonriente y amical de Ignacio 
Urquieta. —Le debo una explicación, señora de Almenara. 
—Tal vez haya estado un poco brusca al levantarme tan intempestivamente —se disculpó ella. 
—Sentiría de verdad haberla molestado. Tuve la intuición de que usted y yo llegaríamos a ser
amigos y... 
—¡Seremos amigos! —exclamó Alicia—. No hablemos más del tema. Además, le necesito a 
usted para que me aclare algunas cosas. He visto un niño, muy guapo chico, que se dedica a 
imitar a todo el mundo. Y más lejos, otro igual, sólo que más pacífico. ¿Son hermanos gemelos? 
—Sí. Pero ellos lo niegan o fingen no saberlo. Sus padres eran ambos oligofrénicos. No sé quién 
tuvo la humorada de bautizarlos Rómulo y Remo. 
—¿Cuál es Romulo? 
—El mimético: el imitador. El otro, el que no molesta a nadie, es Remo. 
—¿Y no se reconocen como hermanos entre sí? 
—No. Romulo dice que su "hermanita" es la "Niña Oscilante" y, en cuanto se agota de hacer
gansadas, se sienta junto a ella y le da conversación y la mima. 
—¿Y es su hermana realmente? 
—¡No: en absoluto! Pero él lo cree así y mataría a quien le contradijese. 
—¿Ha dicho usted "mataría"? ¿No es exagerado afirmar eso? 
—No. No es exagerado. 
Sintió Alicia una indefinible angustia. ¡Cuando aceptó la proposición de García del Olmo, su 
cliente, le firmó un cheque, como adelanto, por la investigación que le encomendaba, con la 
promesa de pagarle una cantidad igual si la llevaba a buen término. Le pareció una cantidad 
exagerada. Nunca había cobrado tanto por un trabajo. Ahora —al considerar el ambiente en el 
que había de actuar— comprendía que sus honorarios no estaban injustificados. 
—Parece usted distraída, Alicia. 
—En efecto, lo estaba. Le ruego me disculpe. 
—Quiero hacerle una pregunta. Ahora vamos a desayunarnos. No tardarán en avisarme. De 
entre toda esa tropa que le rodea, ¿junto a quién le gustaría sentarse? 
—¡Junto a usted, desde luego! Pero no se envanezca. La verdad es que tengo un poco de 
miedo. ¿Hay un sitio libre en su mesa? 
—No; no lo hay. Pero eso lo arreglaremos en seguida. Venga conmigo. Cruzaron unos metros, e 
Ignacio se acercó al hombre que lloraba. Le colocó amistosamente las manos en los hombros. 
—¿Cómo van esas penas, don Luis? 
—Mal... muy mal —respondió éste. 
—¡Vamos, vamos, levante ese ánimo! ¡De cuando en cuando conviene pensar en cosas alegres! 
El llamado don Luis alzó los ojos con tal expresión de gratitud, que Alicia no pudo por menos de 
admirarse. 
—Lo que me consuela —dijo— es saber que tengo buenos amigos como usted, que me aprecian 
y me comprenden. 
—Esta tarde le contaré el chiste más gracioso que he oído en mi vida. ¡Le juro que le haré reír a 
usted! El hombre sonrió y dejó de llorar. 
—¡Cuéntemelo ahora! 
—No. Porque quiero presentarle a esta amiga mía, que ingresó ayer en el hospital. Don Luis
Ortiz... ésta es Alicia, señora de Almenara. 
Don Luis se puso muy ceremoniosamente en pie e inclinó la cabeza. 
—No le doy a usted la mano —dijo sombríamente el hombre— porque usted no merece que yo 
la contamine. Si hubiese justicia en el mundo —añadió—, mis manos debían haber sido cortadas
hace mucho tiempo. 

Y no pudiendo evitarlo, rompió de nuevo a sollozar. 
—¿Cómo se atreve usted a llorar en este momento? —protestó Urquieta—. ¿No es un motivo de 
alegría contar entre nosotros con una señora tan atractiva? 
—Tiene usted razón —dijo don Luis, pasando del llanto a la risa—: la señora es muy guapa y de 
ella puede decirse lo de la canción: "que sólo con mirarla, las penas quita". 
—Es usted muy galante, señor Ortiz —dijo Alicia, esforzándose en sonreír. 
Y el señor Ortiz la contempló con tan sincera gratitud como antes a Ignacio. 
—Quiero pedirle un favor, don Luis —dijo éste—. Que ceda usted su puesto en mi mesa a la 
señora de Almenara. Ya le he dicho que somos antiguos amigos. 
—Pues no hablemos más. Concedido. Ya sabe usted que, aunque vil y miserable, agradezco 
mucho sus consuelos. 
(Y tenía razón "el Caballero Llorón". Tan consolado quedó de la ligera muestra de amistad de 
Ignacio Urquieta, que tardó más de una hora en volver a sollozar). 
Unas palmadas anunciaron que el desayuno estaba servido. "La Niña Oscilante", "el Hombre 
Estatua" y otros catatónicos más fueron conducidos de la mano. Carecían de impulsos propios
para moverse, pero obedecían dócilmente las incitaciones de otros. Eso lo hacían los
enfermeros; pero muchos pacientes de otras modalidades colaboraban también en esta piadosa 
función, teniendo cada uno de los inmóviles, entre los propios locos, su cuidador voluntario y 
particular. Rómulo acompañaba a "la Niña Oscilante" y "el Aquijotado" al "Hombre de Cera". 
La mesa que había de ocupar Alice Gould estaba en el último rincón —y no por azar, como supo 
muchos días después—. En ella se sentaban Carolo Bocanegra (que no era un apodo, sino 
nombre verdadero) y una muchacha de facciones correctas, algo inhibida y de pocas palabras. 
Al ir a sentarse, Ignacio protestó cortésmente. 
—Perdón, Alicia, debe usted sentarse enfrente de mí. Yo... por razones especiales, tengo 
reservado este puesto. 
Obedeció, de suerte que ella quedó de cara al inmenso refectorio, y Urquieta de espaldas a la 
sala y sin visibilidad, por tanto, respecto a los demás comensales. 
—Me temo —dijo Ignacio— que el peso de la conversación recaerá exclusivamente sobre 
nosotros, porque aquí la señorita Maqueira habla muy poco y el señor Bocanegra, aquí presente, 
es mutista. 
—Hablo poco —protestó la joven— por culpa de la insulina. 
(Y, en efecto, no abrió la boca a partir de entonces más que para comer, y con gran apetito por 
cierto). 
—¿Qué quiere decir "mutistas"? —preguntó tímidamente Alicia dirigiéndose a Carolo. 
Ignacio respondió por él. 
—Mutistas son los que no hablan. 
—¿No puede usted hablar? —preguntó, asombrada, Alicia al señor Bocanegra. 
El hombre sacó un cuadernillo de hule que llevaba siempre en su bolsillo, y escribió a grandes 
rasgos con un rotulador naranja: "Sí puedo, pero no me da la gana."
Abrió Alicia grandes ojos, pero se abstuvo de reír o de comentar, que eran las dos cosas que le 
pedía el cuerpo. 
La visión del comedor y de las muy distintas actitudes de los residentes, la colmó de perplejidad.
Algunos comían con desesperante parsimonia; otros engullían, devoraban, con avidez animal e 
insaciable. Entre los primeros los había que desmenuzaban el pan en partículas minúsculas y las 
observaban y hasta las olían antes de llevarlas a la boca, y aun entonces, no las masticaban, 
sino que las degustaban antes de tragarlas, cual si temieran ser envenenados, ¡y lo temían en 
efecto! Entre los segundos, había quienes robaban las raciones de sus vecinos; quienes rugían 
de placer al masticar los alimentos; quienes reían tras cada bocado; quienes rodeaban con sus 
brazos el condumio, creando una pequeña ciudad amurallada de imposible acceso para los
amigos de los alimentos ajenos. Había, en fin, aquellos a quienes era obligado llevar los 

alimentos a la boca, o bien porque no podían valerse por sí mismos, o porque se negaban a comer. Y aun entre éstos cabía distinguir dos grupos: los radicalmente faltos de apetito y los que mantenían esa actitud sólo por fastidiar y obligar a sus cuidadores —cruelmente— a este notable esfuerzo suplementario. Se les distinguía por el inequívoco gesto de hastío e inapetencia de los primeros y por la terca cerrazón de dientes de los segundos, quienes acababan cediendo y tragando lo que con inaudita paciencia se les ofrecía. Las observaciones de Alicia, con ser tantas y tan variadas, no cegaron sus entendederas hasta el punto de hacerla olvidar las notas de distintos colores que embadurnaban el cuadernillo de hule dé Carolo Bocanegra, a quien desde ahora apodaría "el Falso Mutistas" e incluiría en una primera lista de sospechosos, como posible autor de las criminales misivas dirigidas a Raimundo García del Olmo, su cliente. Concluido el desayuno, y reintegrados todos a la "Sala de los Desamparados", Alicia preguntó a su, hasta el momento, único amigo: —¿Qué se hace ahora? No tuvo tiempo Urquieta de explicárselo, ni ella de enterarse, pues una voz potente gritó: —¡Almenara, la llaman a la consulta! 


....

"C" LA "SALA DE LOS DESAMPARADOS" II


Al gordo lo bautizó Alicia, para si, "el Hombre Elefante"; al de las grandes orejas y la boca en forma de luna "el Gnomo"; a la vieja de los morritos "la Malgenio", y al de los ojos alocados "don Quijote", bien que pronto tuvo que variarle de apodo y adaptarlo al de la comunidad, pues era de todos conocido como el "Autor de la teoría de los Nueve Universos", seudónimo que alternaba con el de "el Astrólogo", "el Amante de las Galaxias" o simplemente "el Galáxico". ¡Oh, Dios!, ¿qué había detrás de aquellas gentes? ¡Qué infinita variedad de dolencias, congeladas o en evolución, las que dejaban traslucir tan diferentes miradas, posturas y actitudes! Había un hombre alto, delgado, de largas piernas y brazos, casi totalmente calvo y pecho hundido, que no había dejado de llorar desde que Alicia le vio por primera vez. No miraba a nadie, no gritaba, no gimoteaba: su llanto era silencioso como esa lluvia que en Santander llaman rosaura y en Vasconia sirimiri. Y la tristeza que emanaba de su rostro era de tal gravedad y sinceridad que conmovería a las mismas piedras si éstas poseyeran la virtud de la compasión. Tan contagiosa era su pena, que algunos de los reclusos más próximos a él, al contemplarle, lloraban también. Las dos personas que, junto con "el Caballero Llorón" (pues en efecto su atuendo y aspecto era el de un caballero), hirieron más hondamente por su comportamiento la sensibilidad de Alicia, eran un ciego —cómo supo en seguida— que mordisqueaba con saña el puño de su bastón, como si quisiese comerlo, y una preciosa muchacha rubia, de rasgos perfectos y armoniosos, de figura tan frágil que se diría de porcelana, la cual apenas la soltó de la mano una enfermera que la trajo hasta allí, se sentó cara a la pared y comenzó a ladear el cuerpo de izquierda a derecha y de derecha a izquierda rítmicamente, monótonamente, sin pausa y sin descanso. Tan abstraída estaba Alicia al contemplarla, calibrando cuánto duraría aquel ejercicio, que tardó en notar, y más tarde en entender, qué significaba un pegajoso calor que notó en sus asentaderas. Volvióse y quedó paralizada por la sorpresa y la indignación al ver junto a ella al jorobado de las grandes orejas, palpándole impúdicamente las nalgas. —No llevas corsé... —dijo éste con voz tartajosa, y acentuando su sonrisa. —No. No lo llevo —respondió Alicia, retirando con violencia la mano intrusa. —Mi mamá sí lo llevaba. Y Conrada también. Y Roberta también. Pero la Castell, no. Y la duquesa tampoco. Y tú tampoco. No tuvo tiempo de tranquilizarse al considerar que su trasero no era el objetivo exclusivo del gnomo, especializado, por lo que oía, en palpaciones similares, pues un individuo de no más de treinta y pocos años —hombretón atlético, bien conformado y físicamente atractivo— alzó al orejudo por las axilas y lo echó de allí. —¡Vete de aquí, lapa, que eso eres tú: una lapa! ¿No sabes distinguir lo que es una señora, de las putas, como tu madre? Alicia, que se sintió halagada por la primera parte de la regañada al oírse llamar "señora", a pesar de su atuendo, quedó aterrada por la dureza de la segunda. Le pareció atroz y cruel tratar así a un débil mental, como sin duda lo era el de las grandes orejas, a pesar de que éste no pareció enfadarse, y se alejó, riendo más que nunca en busca de nuevas nalgas. Eligió las de un hombre —casi tan grande como "el Elefante"— que estaba quieto, de pie, en el centro de la sala y que no se movió ni defendió ante la provocación del tonto. Alicia reconoció en él al "Hombre de Cera", a quien también denominaban "la Estatua de sí mismo", y a quien había visto cenar la noche anterior. —No me juzgue mal, señora, si le he parecido demasiado duro —dijo el recién llegado—. Y usted no dude en abofetearle si lo repite. Le sirve de lección, no se enfada y no es reincidente con quienes le castigan. ¿Me permite que me siente junto a usted? —Por favor... ¡hágalo! —Antes le ofrecí un cigarrillo y me lo rechazó. ¿Puedo ofrecérselo ahora?  —Se lo agradezco mucho —respondió Alicia, aceptándolo. 
—¿Es usted nueva? 
—Sí. 
—Me llamo Ignacio Urquieta. Ya soy veterano. 
—Mi apellido es Almenara. Alicia de Almenara —dijo ésta. Y en seguida añadió—: Perdón por la pregunta: ¿es usted médico o enfermera? —¡Gracias! —exclamó él riendo—. No, señora. Soy solamente el más peculiar de los locos que hay aquí. Y mi peculiaridad consiste en saber y en confesar que lo soy. Porque ninguna de esas "piezas de museo" que tiene usted enfrente, lo confiesa... y yo sí. Usted tampoco está enferma... ¿verdad? No —respondió secamente Alicia. —¿Ve usted? ¡Sigo siendo la excepción! Alicia enrojeció vivamente y, obedeciendo a un impulso que no pudo dominar, se levantó y dejó con la palabra en la boca a Ignacio Urquieta, pues era evidente que si los locos no confesaban serlo y ella había dado la misma negativa... el tal señor Urquieta la había llamado loca. Su enfado era incongruente. ¿No era eso lo que ella deseaba: pasar por lo que no era? Alicia comenzó a lamentar su movimiento de despecho, al tiempo mismo que lo realizaba. Lo cierto es que ese joven era de lo más potable de cuanto allí había; su presencia la tranquilizó y su amistad podía serle de gran ayuda para soportar aquel ambiente y quién sabe si para su propia investigación. Lo malo es que al levantarse, su silla fue inmediatamente ocupada, y Alicia se quedó sin saber adonde dirigirse, de quién debía huir o a quién no le importaba acercarse. La víspera, en la conversación que mantuvo con el doctor Ruipérez, empleó una expresión cruel para referirse a los allí residentes: "su pequeña colección de monstruos", le dijo al médico, antes de haberlos visto. Mas ahora comprendía que su definición era exacta: aquello era un museo de horrores, un álbum vivo de esperpentos, un gallinero de excentricidades, pero eran seres humanos: no árboles ni bestias. En algún lugar y un tiempo desconocidos tuvieron unos padres, un hogar y una cuna. "¡No es horror, Alice Gould, lo que deben producirte —se recriminó—, sino una sincera compasión y un gran afán de ayudarlos! ¡No dudes en mirarlos de frente! ¡Sonríeles, Alice Gould!" Aunque nada satisfecha de su malcrianza con el llamado Ignacio Urquieta, reanudó la marcha por el corredor, con otro talante. Un chiquillo, que no parecía mayor de quince años —aunque más tarde supo que tenía dieciocho—, estaba detenido ante una llorona (que era una réplica, en femenino, del cincuentón de la "Triste Figura") y la imitaba en sus gestos, gimoteos y ademanes con tantas veras que se diría su espejo. Pronto se cansó de ella y se puso a las espaldas del aquijotado, que gesticulaba y se movía sin cesar —como si fuese a iniciar una conversación y dudara a quién escoger como interlocutor— y lo imitó punto por punto, con idéntica maestría. Más tarde escogió como modelo a una vieja que cantaba sin emitir sonidos, e hizo lo mismo. De súbito, Alice vio otro niño físicamente igual al imitador: igual en términos absolutos, salvo en su conducta. Este no se movía: no gesticulaba, no hablaba, no reía. Su cara —de rasgos normales— no decía nada. Era como una hoja en blanco. El catatónico que vio la noche anterior en el comedor —el del cuerpo grande y el cráneo diminuto al que acababa de palpar con infame procacidad el gnomo de las grandes orejas— seguía de pie, solo, en una postura absurda, y tan quieto como puede serlo la imagen fotográfica tomada a alguien que está en movimiento. Una sesentona, muy pintarrajeada, se apiadó —según supuso Alicia— de lo innoble e incómodo de su posición y le colocó la cabeza y las manos en una situación más digna. Pero al hacerlo, la Almenara, horrorizada, la oyó decir: Si te portas bien, no volveré a cortarte la lengua. ¿Aquella vieja había cortado realmente la lengua al "Hombre de Cera"? ¿Creía que se la había cortado y no era cierto? ¿O sus palabras tenían una acepción simbólica que significaba otra cosa distinta? Todo era posible en aquel reino de lo absurdo, donde la extravagancia es ley. "¿Cómo podré, entre tanta gente, ¡y gente tan peculiar! —se dijo Alice Gould—, no digo culminar, sino siquiera iniciar una investigación? Si el doctor Alvar estuviese en su puesto, otro gallo me cantara. Pero el doctor Alvar no está, y no debo esperar a su regreso para formarme un juicio. 
Tal vez entre todos estos perturbados haya más de un criminal. Pero el homicida que yo busco 
es sólo uno, y conozco su letra." .....