viernes, 6 de julio de 2018

O LAS OVEJAS VENGATIVAS


¡QUE DIFÍCIL LE FUE a Alice Gould conciliar el sueño aquella noche! Entre los muchos motivos que, por lo común, alteran el necesario descanso de los hombres hay dos que destacan sobre los demás: la depresión de un gran fracaso y la exaltación de un gran éxito. Para el primero, la naturaleza posee numerosos antídotos: el cerebro colabora con la voluntad para tender una sutil capa de humo que acaba ocultando el recuerdo del descalabro sufrido. Y tarde o temprano el sueño llega como una oportuna medicina. Pero cuando la alteración viene producida por el éxito, ni la voluntad se presta a atender esa protección ni el entendimiento colabora a ello. Ambos a una quieren regodearse con la satisfacción recibida, desean gozar con su recuerdo; se niegan a perder el más mínimo detalle y gustan volver una y otra vez al motivo de su contento. ¿Cómo ignorar, cómo no entender que Alice Gould había tenido una tarde gloriosa? ¿Cómo no calibrar, cómo no percibir un íntimo orgullo al recordar que había dejado fuera de combate a ese hombre al que tomó siempre por su aliado y que acabó volviendo grupas contra ella en lo más arduo de la batalla? Apenas salió de la junta de médicos, y cuando aún la puerta estaba entreabierta, oyó a Rosellini comentar admirativamente a sus espaldas: "¡Qué personalidad la de esta mujer!" En los breves minutos que mediaron entre la versión de Alicia respecto a los motivos que tenía Alvar para mantenerla secuestrada, y su salida, la doctora Bernardos se interesó especialmente en su tesis acerca de Psicología del delincuente infantil, ya que ella —la corpulenta, inteligente y bondadosa doctora— había escrito otra muy semejante o, al menos, con no pocos puntos de contacto: Psicopatología del antisocial. Y quedaron de acuerdo en contrastar sus ideas y sus argumentos algún día. Cierto que el interés de la médica no era solamente científico. A Alicia no se le escapaba el verdadero matiz: Dolores Bernardos quería comprobar por sí misma si Alicia era realmente una universitaria distinguida o su afirmación (al desgaire de la charla) de que su tesis había obtenido el cum laude, no era una jactancia desorbitada. Con el pretexto de que no era prudente que cruzase el parque sola y de noche, César Arellano la había acompañado al edificio central. —¡Ha estado usted implacable, Alicia! ¡Nunca oí una filípica más terrible! ¡Ha hecho usted morder el polvo al director en todos los frentes! —¡La camisa de fuerza ha sido vengada! —respondió Alicia con un ademán entre cómico y triunfal. —Es usted terrible. ¡No me gustaría ser su enemigo! —¡No lo es, doctor! ¿Lo soy yo para usted? —Bien sabe que no, Alicia. —No olvide esto, don César, me lo tiene que demostrar. —Comenzaré mi demostración —dijo éste misteriosamente— invitándola pasado mañana a cenar en el pueblo. ¡Hay un horno de asar, extraordinario! Alicia le apretó el brazo y reclinó la cabeza en su hombro. —¿No me engaña, doctor? ¿Voy a poder salir fuera de este infierno? —Siempre que sea conmigo y bajo una condición. Que no vuelva a llamarme "don", ni "doctor". Simplemente César. Alicia pensaba en esto y se revolvía una y otra vez entre las sábanas. La duermevela no es el momento más propicio para la fijación de las ideas. Se diría que todos los recuerdos del día hacen cola ante la memoria para desear a uno las buenas noches y que no están dispuestos a alejarse sin cumplir este incómodo trámite de cortesía. Esto le ocurría también a ella. César Arellano (que la tuteó aquella noche por primera vez) la dejó en manos de Ignacio Urquieta, que paseaba plácidamente con la ex confidente de los extraterrestres, a la luz de la luna. No eran los únicos paseantes. Norberto Machimbarrena deambulaba en solitario rehuyendo el contacto con cualquier otro paseante, como lo hacían los autistas: cual si tuviera —
pensó Alicia— una cita galante. A ella misma hubiese gustado hacer lo mismo para regodearse
en sus pensamientos que —¡todo hay que decirlo, y ella bien lo sabía!— no eran del todo puros.
Ya que a la lícita satisfacción de haberse ganado la confianza de la junta de médicos (primer
paso necesario para resolver lo equívoco de su situación) se unía un delicioso y perverso
sentimiento de venganza hacia el hombre que, por cobardía y falsos prejuicios, la había
traicionado.
Más no pudo cumplir su propósito de caminar a solas. Urquieta y la muchacha que un día
creyese muerta (y de la que corría la voz que estaba totalmente curada) se acercaron a Alicia.
—Ya hemos cenado —dijo Urquieta—; ¿qué te ha pasado a ti?
—¡He armado la gorda! —comentó Alicia—. ¡Mañana habrá guerra civil de médicos en este
hospital!
(Lo que ignoraba es que la guerra civil se había producido ya.) Caminaron lentamente los tres
hacia el edificio central. Súbitamente, dos energúmenos, desnudos de medio cuerpo, salieron al
exterior más veloces que si todos los demonios del averno los persiguiesen. Derribaron al
"Hombre Elefante", que estaba solo en el interior de la "Sala de los Desamparados", y tan ciegos
iban que, apenas cruzaron la puerta, tiraron al suelo a Maruja Maqueira.
—¡Cabrones! —gritó Ignacio—. ¿No podéis mirar por dónde vais? Detuviéronse en seco.
—Zu ibotarra zara ¿ex? (1) —dijo uno.
—Soy de Bilbao, ¿qué pasa?
—Erderaz perta ex agiter ikasi dezazur ¡artu! (2).
Un puñetazo en el estómago hizo doblarse a Ignacio. Un gancho en la barbilla lo derribó.
Pidieron las dos mujeres ayuda a gritos; Alicia vio a un hombre de azul que echó a correr tras los
dos bárbaros; Marujita Maqueira estuvo a punto de cometer la gran insensatez de echar agua en
el rostro de Ignacio para reanimarlo —cosa que Alicia impidió a tiempo—; llegaron los
enfermeros, lleváronse a Ignacio, que no tardó en volver en sí, y Alice Gould acudió en auxilio
del "Hombre Elefante". Los propios enfermeros le habían ayudado a incorporarse y sentarse,
pero estaba muy asustado a consecuencia de no entender nada de lo que había ocurrido.
Sorprendióse la Almenara de unos extraños arañazos que tenía en la cara. Los dos individuos
que le tiraron al suelo no se los habían hecho, ni vio por el suelo ningún instrumento que pudiese
haberle herido al
caer.
—¿Quién te ha arañado?
—A... a...rañado —respondió él llevándose lentamente las manos a la cara.
—¿Te has afeitado tú solo?
—A... afeitado so... solo.
—Es muy extraño. Están prohibidas las navajas y las maquinillas. Y no pueden hacerse esas
heridas con la rasuradora eléctrica.
—Rasuradora eléctrica —repitió como un eco el hombre gigantesco.
Tras los primeros enfermeros llegaron otros muy irritados. Contaron que los dos etarras que
habían ingresado aquel mismo día consiguieron amordazar y atar con sus camisas al vigilante de
la Unidad de urgencias y consiguieron huir.
(1) Tú eres bilbaíno, ¿no? (2) Para que aprendas a no hablarnos en extranjero... ¡toma! Cada recuerdo tiene su jerarquía íntima y personal, muchas veces con independencia de su importancia intrínseca; Una vez que vio que Ignacio se reponía, la emoción de este episodio pasó a muy segundo término en los archivos mentales de Alicia. Apoyada ahora en la al* mohada, abiertos los ojos y las manos bajo la nuca, su pensamiento volvía una y otra vez a la admiración que consiguió despertar en su auditorio durante la junta de médicos; a la visión del director acorralado por la fuerza superior de sus argumentos y el arte de su dialéctica, y al provecho que habría de sacar de todo ello para la culminación de su misión profesional de
detective. ¡Y —concluido esto— regresar a casa! Más al llegar aquí, sus pensamientos se volvían confusos. Todos sabían que ella no era una envenenadora frustrada, pero los papeles sí lo decían; ella sospechaba que el director la había traicionado, mas éste negaba tener otro conocimiento del ingreso de esta señora que el que decía su expediente. Había encargado a Dolores Bernardos que se comunicase con su marido, pero en el fondo de sus sentimientos no deseaba que Heliodoro viniese a liberarla, retirando la solicitud de ingreso. ¿Por qué? Al llegar a este punto un muro espeso comenzó a alzarse entre Alicie Gould y su capacidad de razonar. "No puedo fijar mis ideas", se dijo. Se recordó de niña jugando al palo ensebado. Se trataba de trepar por un poste encerado y recoger un premio que había en la copa. Cuando estaba a punto de alcanzarlo, un niño bromista tiró de su falda y la forzó a descender. Por tres veces intentó de nuevo la hazaña y cuando ya rozaba el objeto anhelado, su estúpido competidor tiraba con fuerza de sus piernas. Ahora le acontecía otro tanto. Un oscuro sentimiento le impedía cruelmente alcanzar la meta de su razonamiento. Lanzaba con lucidez y fuerza su argumento hacia el frente y este regresaba a ella como la pelota rebotada en un frontón. Al comprobar la radical imposibilidad de su empeño, llegó a imaginar que en los vasos que tomó en la junta de médicos habían infiltrado una droga, un hechizo, un bebedizo cuya única misión era bloquear una parte de su personalidad, taponar una zona de su memoria, inmovilizar un resorte de su pensamiento. Profundamente desasosegada, saltó de la cama y se acercó a Roberta, la guardiana de noche. —¿Puedo sentarme con usted? —Está prohibido. ¿Qué le pasa? —Deje que me siente un rato. Tengo miedo. —Siéntese, pero hable bajo. —¿Puedo fumar? —Está prohibido. Pero fume si quiere. ¿De qué tiene miedo? —¡Tengo miedo de pensar! —¡Pues no piense! ¡Es así de fácil! ¡Los que piensan, enloquecen! ¡Yo no pienso nunca! Por eso estoy sana. ¿Quiere una pastilla para dormir? —Creo que voy a necesitarla. Fue aquélla una de las noches más agitadas en la historia del hospital. Estaban ya las reclusas dormidas cuando todas las luces del pabellón se encendieron súbitamente y se escucharon pasos y voces de hombre —circunstancia radicalmente inusual en aquel pabellón reservado a las hembras— cursando instrucciones. Roberta advirtió, en voz muy alta, que por órdenes superiores se iba a revisar el local. Alicia vio invadida su celda por el doctor Muescas, acompañado de un hombre de paisano y la enfermera señorita Artigas. Después de mirar bajo su cama y revisar el minúsculo armario, donde difícilmente hubiese cabido un hombre de pie, la hicieron pasar a la habitación común y unirse al resto de las enfermas que, apiñadas en un rincón —uniformadas con los camisones blancos sin lazos ni botones—, formaban, en verdad, un cuadro asaz peregrino. Aunque "la Mujer de los Morritos" protestó que aquello era un atentado contra los derechos del hombre y aún de la mujer, porque violaba la libertad de dormir, que estaba reconocida en la Constitución; y aunque "la Duquesa de Pitiminí" tuvo un acceso de puritanismo alegando que estaba acostumbrada a ser violada por los hombres que ella escogiera y no por los que la escogieran a ella, lo cierto es que la mayoría de las internadas acogieron con más curiosidad que indignación aquellas visitas inesperadas y no hicieron sino reír. Los hombres removieron cada cama, husmearon en los armarios, hicieron abrir los paquetes donde algunas guardaban sus enseres, revisaron las duchas y los excusados y se fueron por donde llegaron, no sin dejar muy alterada a toda la grey femenina, que empleó no poco tiempo en comprobar si durante el cateo alguna fue expoliada. Las más lúcidas del pabellón (Marujita Maqueira y Alice Gould, ya que la guardiana de noche achacaba su sanidad mental a no pensar en nada) dedujeron que las autoridades policíacas habían tomado cartas en el asunto de la fuga de los
racistas de la ETA, a los que se suponía armados porque se detectó que al menos un cuchillo faltaba de las cocinas. Era imposible que hubiesen huido del recinto del hospital porque a la hora en que escaparon de la Unidad de Urgencias estaban ya cerradas las verjas de la tapia exterior. De modo que debían de encontrarse, o bien en el edificio central, o en las dependencias agrícolas, o en la Cartuja, o en uno de los múltiples pasadizos y corredores subterráneos que poseía el convento al igual que no pocos castillos, palacios y fortificaciones medievales. Al día siguiente, y en los minutos que preceden al desayuno, no se hablaba de otra cosa que de las atrocidades cometidas por los sociópatas de ETA, muy bien aderezadas, por cierto, con fantasías más o menos delirantes. Observó Alicia que "el Elefante" tenía más heridas que la víspera y una oreja casi desgarrada. Recordó haber oído decir que algunos enfermos se automutilan. Conrada la Joven le contó días atrás que un loco se había cortado los testículos con una lima de uñas, sin más anestesia que su instinto de destrucción, y pensó que, tal vez, "el Hombre Elefante" hiciera lo mismo con su cara. De modo que se lo dijo al primer "bata blanca" que encontró a mano. Durante el desayuno, Marujita Maqueira no dejó de hablar. Más que el tema de los etarras escapados lo que a ella le interesaba era su declaración de sanidad. Y no podía ocultar su emoción ante la próxima llegada de sus padres y la fiesta de despedida que le habían autorizado a dar en el Pabellón de Deportes, al día siguiente. —Considérese invitado, señor Bocanegra —le dijo amablemente al "Falso Mutista". Este asintió con la cabeza, cuidándose muy bien de mantener cerrados los ojos, pues en presencia de Alicia no había dejado de fingirse ciego ni un solo día. —Estoy desolada, señor Bocanegra, de que haya usted perdido la vista —le dijo Alicia con sorna—. No puede usted hacerse una idea de las reformas que han hecho en el comedor. La pintura nueva es mucho más alegre y los tapices y los cuadros y las lámparas que han puesto, son preciosos. ¡Esto parece un palacio de ensueño! El falso ciego hacía ímprobos esfuerzos por ver todas aquellas maravillas con el rabillo del ojo y al comprobar que eran mentira, su enfado fue tan grande que elevó una petición —¡por escrito, naturalmente!— para que le cambiasen de mesa. La conversación general giró en torno a la fiesta ya dicha, a la fuga de los militantes de ETA y a la excursión organizada —a instancias del director— a un bosque de hayas muy hermoso por donde correteaban varios riachuelos. No era justo —decía Samuel Alvar— que unos enfermos gozasen de un hecho tan excepcional como suponía asistir a un guateque en un manicomio; y otros no. De modo que organizó un almuerzo campestre, al que asistirían todos los no impedidos que no estuviesen invitados por la joven estudiante. "Nada de diferencias sociales", añadió. —El director está más loco que nosotros —comentó Ignacio—. Se le van a ahogar media docena de tontos. Y otra media docena de listos se fugarán. La mañana había amanecido espléndida y fueron muchos los que se apuntaron a la excursión. Alicia, después de informarse de que regresarían a tiempo para la recepción que daban los padres de su compañera de mesa, decidió sumarse a los excursionistas. Ignacio Urquieta también, aunque dispuesto a no llegar a la zona de los arroyos. Mas apenas asomó la jeta al exterior, olisqueó el aire, hinchó y contrajo repetidas veces las aletas nasales y decidió quedarse en casa. —Soy un barómetro viviente —comentó—. Hay riesgo de chubasco. Alicia lo sintió porque era muy grato y ameno conversador y hasta erudito en múltiples y curiosos saberes. Agrupáronse junto a la verja de entrada. A Alicia no le sorprendió ver entre los futuros caminantes a los gemelos Rómulo y Remo, ni a "la Mujer de los Morritos", ni al ciego devorador de bastones, ni al "Tristísimo Recuperado", ni a don Luis Ortiz, ni a la que cantaba sin voz, pero sí le llamó la atención que dejasen ir a la que se auto-castigaba en un rincón, o a "la Niña Oscilante", pues ambas debían ser guiadas de la mano. También le sorprendió la presencia del
"Hombre Elefante", porque, aunque andaba solo y sin ayuda, era torpísimo en sus movimientos. Hubiera querido Alicia ayudar a su tocaya "la Joven Péndulo", pero pronto comprendió que ese privilegio correspondía a su falso hermano, que pegado a ella le hablaba y mimaba. Tomó entonces bajo su cuidado a Candelas, la auto-castigada, y se propuso ser su guía para cuando comenzaran a caminar. Norberto Machimbarrena, el autor de las tres muertes, estaba de excelente humor y entretuvo la espera cantando una preciosa canción en vascuence: Atoz, atoz, gure gana Jesús en Ama garbiyá Diren Deuna maitéa 1. El grupo inicial que estaba apiñado junto a la gran verja como hato de ganado impaciente a la espera de que abran las puertas del aprisco, se vio incrementado por otros de distinta procedencia a quien Alicia no había visto nunca en el edificio central. Intuyó que procedían de distintas unidades porque también vio llegar, todos juntos, a los que convivieron con ella bajo un mismo techo y aún no estaban del todo recuperados, como Antonio el Sudamericano, "el Onírico", "el Expoliado de las Yemas", y "el Tristísimo Superviviente". Entre los últimos incorporados se distinguía una centena de hombres y mujeres que formaban una suerte de tribu con su patriarca al frente. Aquéllos, según le había explicado Rosellini, eran todos descendientes del más viejo y vivían apartados en una granja inserta en el manicomio sin apenas trato con los demás recluidos. El patriarca era un hombre de colosal estatura, luengas barbas blancas y una gran prestancia. Irradiaba hechizo y autoridad. Guardaba un gran parecido con el Moisés de Miguel Ángel. Nadie le hablaba ni él hablaba con nadie. Sus adeptos —hombres y mujeres ya maduros— e hijos y yernos y nueras y nietos innumerables formaban una piña en torno suyo, o bien para protegerle del contacto con los demás, o por acogerse a la irradiación que de él emanaba. No pudo Alicia informarse como hubiera querido porque los "batas blancas" andaban atareadísimos pidiendo a gritos que no se empujasen unos a otros, recontando a aquellos de los que eran responsables, cursando instrucciones respecto al orden de marcha e incluso consultándose entre sí. Apenas se abrieron las verjas, aquel rebaño demostró ser menos controlable de lo que imaginaba él director. La tendencia de las ovejas y las cabras es ir unidas y si alguna se aleja ocasionalmente, en cuanto lo advierte corre asustada a reunirse con el rebaño. Pero estas reses humanas eran de otra calaña y su tendencia apuntaba —como las gotas de mercurio— a la disgregación. Los "batas blancas" corrían por los flancos y a empellones, gritos, amenazas, consiguieron con harta dificultad que se formara una suerte de columna y que ésta se dirigiera a donde querían ellos y no a donde querían los locos. Los únicos que permanecieron siempre juntos fueron los hijos del patriarca. Fuera del manicomio, los perturbados lo parecían mucho más que en el interior de las tapias. Se diría que de puertas adentro, sus actitudes no eran merecedoras de sorprender a nadie por ser acordes con su condición. Pero, en plena naturaleza, hasta las piedras y los árboles y los pájaros debían quedar suspensos ante tan diversos y extraños comportamientos. Candelas, la compañera de Alice, era muy dócil y no producía conflictos. Acostumbrada a estar siempre en un rincón y a obedecer ciegamente a quienes le diesen la mano, estaba atenta a las más ligeras presiones de los dedos sobre su piel y sabía, por ana rara intuición, cuándo tales presiones significaban "izquierda", "derecha", "más de prisa", o "más despacio". Pero otros eran rebeldes, desobedientes, torpes o iracundos. Instintivamente, los menos alucinados o los más sanos —como Machimbarrena, la Carballeira, "el Hortelano", la propia Alicia—, o locos rematados, pero pacíficos, cual era el caso de don Luis Ortiz, vigilaban a los más conflictivos y echaban una mano a los "batas blancas", a quienes —a pesar de su gran número— se les hacía muy duro dominar a aquella tropa. La comprensión más aguda de la singularidad y rareza de tal manada, la tuvo Alicia al cruzarse
 Ven, ven hacia nosotros/Madre de Jesús Inmaculada/Santa María de nuestro amor. 1
con una pareja de guardias civiles. El contraste de los normales con los perturbados era tan grande como el que resultaría de comparar un erizo con una bola de billar. Acercáronse a los enfermeros que iban en cabeza y se informaron de adonde se dirigían y cuál era la causa de aquella diáspora masiva, pues lo cierto es que, entre sanos y enfermos, eran más de doscientos, y aquella caravana más parecía fuga que paseo campestre. Despidiéronse los guardias tras informarse, y al ver Rómulo que el enfermero les estrechaba la mano, estréchósela él también, y creyendo todos que esta cortesía era obligada con la autoridad —y que de no hacerlo podían ser perseguidos o encarcelados— se formó una fila, de la que nadie quiso salirse, y tuvieron los guardias que estrechar trescientas manos pues no eran pocos los que se reenganchaban dos, tres y hasta cinco veces. Había quienes se limitaban a saludarlos, pero no faltaban los que iniciaban largas pláticas. —¿Cómo está usted, señor guardia? —dijo a uno "la Gran Duquesa"—. ¡Bienvenidos a mis tierras! ¿Y su señora madre, sigue bien? Y su esposa, ¡siempre tan dulce y cariñosa!, ¿cómo se encuentra? Sí, señor, sí, Aquí me tiene dando un paseíto con los siervos de la gleba. "El Albaricoque", que hacía cola, le dio un empujón: —Yo soy muy güeno, doztór civil, y usté es el corregidor de Salamanca y también la rosa de Jericó. Había quien les felicitaba por sus ascensos, quienes decían: "Yo no fui el que la mató", o "Voy a presidio por culpa de una mala mujer", o se cuadraban y les saludaban militarmente, o les daban el pésame por la muerte, tan inesperada, de su abuelita. Siguieron caminando y rebasaron unos establos hacia los que se dirigía un gran rebaño de ovejas. Alicia no pudo menos de sonreír al verlas, pues le vino a las mientes la que armó en ocasión semejante don Quijote de la Mancha, el más ilustre de los locos que en el mundo han sido. Si un solo alucinado, confundiendo al rebaño con un poderoso ejército enemigo logró tal escabechina con las pacíficas bestezuelas, ¿qué no harían esos dos centenares de perturbados? El rebaño estaba compuesto por ovejas "caretas", que se distinguen de las "palomas" en que éstas son blancas, mientras que las primeras tienen grandes manchas negras en torno a los ojos, talmente —de aquí su nombre— como si llevasen antifaces de carnaval. Algunos reclusos comenzaron a agitarse al contemplarlas en tan gran número, levantando tan gran polvareda y escuchando el desconcertado estruendo de sus balidos y sus esquilas. Ordenaron los enfermeros detener la marcha. Y, a gritos, suplicaron a los pastores que cambiasen de rumbo, pues lo cierto es que el rebaño se les venía encima y las reacciones de este otro ganado que ellos pastoreaban eran asaz imprevisibles. Aconteció entonces un suceso que, con ser trivial y rutinario, resultaba harto peregrino para quienes no lo hubiesen contemplado nunca. Soltaron de los establos a los corderitos lechales y éstos emprendieron una velocísima carrera en busca de sus madres o, por mejor decir, de sus ubres, ya que estaban hambrientos, porque ésta y no otra era la hora acostumbrada de su yantar. Crecieron de uno y otro lado los balidos de las crías precipitándose hacia sus madres y los de las ovejas llamando a sus recentales; viéronse los locos atacados de frente y espalda por aquellas dos corrientes enfurecidas: el de las grandes corderas y el de los diminutos caloyos; y quedaron en el centro de tan singular combate nutricio. —¡Las pequeñas se están comiendo a las grandes! —gritó uno. —¡Pronto acabarán con ellas y empezarán con nosotros! —gritó otro. Si en la historia del famoso hidalgo manchego fue él quien diezmó y dispersó al que creía ejército enemigo, aquí fue la hora del desquite para la grey lanar. Y si en aquella nunca vista efemérides fue un solo lunático quien desbarató el hato ovejil, aquí se volvieron las tornas y fue la más pacífica y bucólica de las familias balantes quien puso en fuga a más de doscientos orates empavorecidos. Unos huyeron presas del terror; otros, porque veían huir a los demás; algunos corrían para
detenerlos; y nadie sabía a derechas lo que ocurría, salvo los perros y los pastores del rebaño que se cebaron en los pocos valientes que no se dejaron contagiar del pánico general. A saber: Una generosa y corpulenta majareta que, al entender el hambre de las crías, se sacó los opulentos pechos fuera del corpiño, empeñada en dar de mamar a los corderitos; un ilustre mochales —con el cráneo más seco que arena calcinada—, que se puso a mamar de una oveja, no sin antes desposeer a patadas al tierno y legítimo usufructuario de aquellas ubres maternales; tres aficionados a la hípica que quisieron cabalgar a lomo de las corderas; dos "espontáneos taurinos" que se pusieron a torearlas, y el más listo de los alienados, que pretendía tomar las de Villadiego llevándose cuatro caloyos bajo las axilas. Del mismo modo que las perdices ojeadas en sembrados intentan refugiarse entre jaras y espesuras, los inquilinos de Nuestra Señora de la Fuentecilla procuraron cobijarse en un bosquecillo de robles y castaños que no lejos de allí se divisaba. Ello facilitó a los cuidadores reagruparlos. Para conseguirlo, los "batas blancas" rodearon el bosque y fueron cerrando el círculo, echando hacia el centro a todos cuantos toparan. Encontraron a uno, dedicado al dulce placer de ahorcarse; a otro sesteando sobre las muelles plumas de la almohada esquizofrénica y al resto llorando, riendo, bailando, masturbándose, cantando, peleando, haciendo fiestas o comentando (entre sobrecogidos y felices de la experiencia) el ataque de que habían sido víctimas por parte de dos manadas de toros bravos: cada cual a su aire y según soplara el viento de su talante particular. Los recontaron. Faltaban ocho. A tres — apaleados y mordidos por los perros— lograron, horas más tarde, rescatarlos de manos de los pastores. De cuatro venáticos nunca más se supo: otro —de gran sentido estético— se había cortado las venas de las muñecas con el cristal de sus lentes y observaba complacido, las manos hundidas en un arroyo, lo bonita que se ponía el agua teñida con su sangre. —Parece vino de la Rioja —decía maravillado, al tiempo en que lo encontraron. Machimbarrena, "el Hortelano", la Carballeira y Alicia suplicaron a los enfermeros que emprendieran el regreso, pues el estado de excitación de sus compañeros era en verdad alarmante. Declararon éstos que ellos, más que nadie, necesitaban descansar. Estaban agotados ¡y no sin causa! Tumbáronse los más sobre la blanda hierba de las orillas del arroyo; distribuyóse un discreto condumio —bocadillo de jamón, una naranjada y una tableta de chocolate— y los ánimos comenzaron a sosegarse. Advirtió Alicia que, cuando los demás sesteaban, la tribu del patriarca se alejó discretamente en seguimiento de su caudillo. Este doblaba en estatura a toda su descendencia. Alicia consideró a los componentes de aquel clan familiar los más sanos y discretos de cuantos participaron aquel día en la bucólica terapia impuesta por el director, y al ver que se instalaban en torno al hombre imponente que les dio el ser, castigó a Candelas cara al tronco de un árbol, y fuese hacia ellos para curiosear de qué hablaban. El de las grandes barbas —que poseía un bello timbre de voz y excelente dicción— estaba sentado sobre una peña; los demás, a un nivel más bajo, le escuchaban con gran veneración. —Así como Cristo tuvo su Juan Bautista —decía el hombre— yo he tenido mi precursor en Cristo. El (que fue y es el más grande de los Profetas) anunció Mi llegada y enderezó Mi camino. Buscarle a El es encontrarme a Mí. Id y preguntadle quién soy. Os dirá, aun siendo el más grande de los nacidos, que no es merecedor ni de limpiarme el polvo de las sandalias, aunque es mi Hijo muy amado en quien tengo puestas todas mis complacencias. Entre El y Yo engendramos, por la Unión Mística, al Espíritu Santo. Pero no somos Uno y Trino. Esas son herejías de los hombres. Ellos son mis brazos y mis manos. Pero mis brazos y mis manos no son Yo; sino los ejecutores de Mi Voluntad. A Cristo no volveréis a verle hasta el último día, pero
yo permaneceré para siempre entre vosotros y mi luz brillará desde lo alto como el Faro que guía al navegante en la oscuridad. Alicia se estremeció, porque estas palabras tan graves y solemnes se vieron subrayadas por un trueno lejano y prolongado. Los seguidores de Dios Padre, al oír una muestra tan evidente de su divinidad, cayeron en éxtasis y le adoraron. Uno de sus hijos creyó estar experimentando una levitación sobrenatural, pero se dio tal golpe en la frente que a punto estuvo de descalabrarse. Apenas una lluvia fina comenzó a caer, "el Creador de todas las Cosas" —de la lluvia entre ellas y las tormentas— abandonó su pulpito rocoso, cubrióse la cabeza con la faldilla de su chaqueta y emprendió con gran solemnidad el camino de regreso. Ignacio Urquieta, "el Barómetro Pensante", tenía razón. Su fobia había intuido la presencia, oculta en el ambiente, de su feroz enemiga. Descargó una tormenta de agua tan inesperada como violenta, con gran acompañamiento de truenos y relámpagos; y allí fue el correr, y el buscar refugio, y el no encontrarlo, y el apresurarse a regresar al hospital, y el maldecir la falacia del tiempo que prometía soles para darles lluvia. Recordó Alicia una excursión escolar siendo niña que quedó frustrada por idéntico motivo. Mas, siendo iguales las causas, ¡qué distinto el comportamiento de estos otros niños grandes cual son los locos! El cielo era el mismo, las nubes, truenos y lluvia semejantes, ¡pero los humanos no! Los había que corrían despavoridos, pendiente abajo como si animales feroces los persiguieran; los había que se revolcaban por los charcos palmoteando y riendo; no faltaban los que adquirían actitudes místicas y proféticas; los que lloraban, los que blasfemaban; los que corrían en círculo sin apañarse un punto de su epicentro; los que lo hacían en dirección contraria a donde querían ir; los que reían, felices de la mala jugada atmosférica; los que se desnudaron para vestirse de Adán y Eva, e hicieron un bártulo con su ropa, minuciosa e ingeniosamente concebido, para que no se mojara; y los que imitaban el gesto del nadador "a la rana": unos, por gusto de hacer el payaso; otros, por creer realmente que se trataba de un naufragio. Regresó Alicia sobre sus pasos y volvió a hacerse cargo de la buena de Candelas, quien, a pesar de la lluvia que caía a raudales, no se apartó del árbol, cara al cual estaba castigada. El joven Rómulo entregó a "la Niña Péndulo" en manos de Alicia y puso pies en polvorosa; mas cuando iba a rebasar al "Hombre Elefante", le vio dudar hasta que optó por quedarse prudentemente detrás. No hay duda, pensó Alicia, Rómulo le tenía miedo. Llevando de la mano a las dos impedidas mentales, la Almenara rebasó a los que andaban más despacio. Entre otros, al "Hombre Elefante", el de la cara arañada, pues la torpeza de sus piernas le impedía correr, y a "Dios Padre", porque su Dignidad se lo vedaba. Delante de ambos caminaba parsimoniosamente Remo, cual si la lluvia no le estorbase. Tras una hora larga de camino (en el que Alicia oyó no pocos improperios por parte de los "batas blancas" contra el responsable de la arriesgada iniciativa de organizar esta excursión) llegó a la verja del manicomio, donde otros enfermeros, igualmente irritados, hacían recuento de los que regresaban. —¿Faltan muchos? —preguntó Alicia. —Más de la mitad —le respondieron. Los últimos rezagados tardaron cerca de tres horas en regresar. Y hubo muchos que no regresaron jamás.

martes, 12 de junio de 2018

N PROSIGUE LA HISTORIA DE ALICE GOULD II

                                                 ...
Bebió un sorbo de su vaso y mantuvo los ojos fijos en el hielo, dispuesta a no proseguir mientras
el médico no se explicase. Tenía la indefinible sensación de contar con la simpatía de todos los
presentes, mientras que el director era diana de la antipatía común. Tal vez Samuel Alvar notó
en el ambiente algo semejante, porque aclaró:
—He querido decir que en su historia hay al menos una parte que no es cierta, porque yo jamás
sugerí que se me escribiese esa carta. ¡Espero que ninguno de los presentes pondrá eso en
duda!
"Pero ¿cómo? —se dijo Alice Gould al oír esto—. El director, se ha puesto a la defensiva. Este
es el momento de atacar a fondo". Sorbió de
nuevo su whisky.
—Gracias, doctor. Hubiera sido muy violento para mí ponerle en evidencia ante sus colegas
aportando pruebas de que "la otra parte" de mi historia es rigurosamente cierta. Y ya que usted
ha reiterado que todo era falso, voy a probar que esa carta la escribí yo.
El silencio era tan grande que nadie osaba ni moverse para romperlo. Los que tenían el vaso en
el aire interrumpieron el movimiento de llevarlo a los labios. Alice Gould procuró que el tono de
su voz no fuese insolente ni triunfal.
—La carta que usted recibió firmada por el doctor Donadío es de tamaño folio. No lleva
membrete. Tiene fecha 21 de marzo, está tecleada a máquina en una "Baby Olivetti", del modelo
exacto al que usa en este hospital la señorita Castell. Está escrita por ambos lados. En la
segunda cara hay un párrafo entero subrayado. La despedida dice: "Le ruego, distinguido colega,
me disculpe estas líneas inspiradas en el gran afecto que siento por el matrimonio Almenara, y
queda siempre suyo affmo., E. DONADÍO". El párrafo subrayado tiene especial interés para mí
porque lo medité y corregí varias veces antes de pasarlo a limpio, ya que quería cubrirme de
posibles contradicciones. Salvo error u omisión, dice así:
"Es condición muy acusada de esta enferma tener respuesta para todo, aunque ello suponga
mentir —para lo que tiene una; rara habilidad— y aunque sus embustes contradigan otros que
dijo antes. Y todo ello con tal coherencia y congruencia que le es fácil confundir a gentes poco
sagaces e incluso a psiquiatras inexpertos.
"¡Le aseguro, doctor —añadió Alicia con el aire más sincero e inocente— que esto de los
"psiquiatras inexpertos" no lo decía por usted! Ahora me siento avergonzada de haberlo escrito
porque puede parecer que... ¡En fin, le ruego que me perdone! ¡Le prometo que lo de
"psiquiatras inexpertos" no iba con usted!
A pesar del poco espacio de piel que le dejaban libre las barbas, los bigotes y las gruesas gafas,
Alvar palideció visiblemente. La reticencia de la Almenara podía pasar inadvertida a los otros,
pero no a él que había recibido en sus barbas las caricias de la dama.
—Sana o enferma —exclamó sin alterar la voz—, es usted una mujer insufrible.
Seis rostros se volvieron bruscamente hacia él. En los gestos de todos se leía una velada
reprobación..
—Gracias, director, por declararme Sana. Porque estoy segura de que a una enferma no se
hubiese usted atrevido a ofenderla.
Y lo dijo con tal sencillez y dignidad, que más de uno estuvo tentado de aplaudirle.
—Prosiga, Alicia, por favor —la invitó amablemente César Arellano.
—Cinco días antes de la fecha prevista para mi ingreso cometí el más grande de mis errores.
—¿Usted comete errores? ¡No puedo creerlo! —exclamó con sorna Samuel Alvar.
—Sí, doctor. Es humano el errar. Y yo soy tan humana como usted. "¡Nuevo floretazo! —pensó
para sus adentros César Arellano, y añadió para sí—: ¡Bravo, Alicia! Si no te dejas llevar por la
cólera, tendrás
ganada la partida. Por ahora cuentas con cinco votos a favor, uno en contra y una abstención: la
de Ruipérez".
Volvióse Alicia hacia cada uno de los presentes con ademán angustiado.
—Mi terrible error consistió en decirle a mi marido que tenía que hacer en Buenos Aires una
investigación acerca de un testamento probablemente falsificado. ¡Y hoy me veo privada de su
ayuda! El ignora dónde estoy. No puedo comunicarme con él. Ninguna de las cartas que he
escrito ha llegado a su destino. Me horroriza imaginar que él sospeche que le he abandonado.
Me desespera pensar que, inquieto por la ausencia de noticias mías, me ande buscando por
América. Les suplico, señores, que me ayuden, y se pongan en comunicación con Heliodoro.
Interrumpióse Alicia. Las lágrimas resbalaban por su rostro.
La doctora Bernardos la consoló:
—Sosiéguese, señora, y dígame su teléfono de Madrid. Yo misma me pondré en comunicación
con su esposo.
—216 13 13.
—Quiero recordarle, doctora Bernardos, que esta enferma ha sido internada previa solicitud de
don Heliodoro Almenara —intervino severamente Samuel Alvar.
La doctora hizo caso omiso de lo que le decían. Anotó el teléfono y prometió:
—Mañana tendrá usted noticias de su marido. Don José Muescas, visiblemente inquieto, inquirió:
—Pero ¿no fue él quien la acompañó hasta aquí?
—¡No! —respondió Alicia—. ¡Fue mi cliente! Ya se lo dije al doctor Alvar, y éste parece querer
ocultarlo. Imagínense mi disgusto y mi estupor al enterarme aquel día de que el director había
iniciado sus vacaciones la víspera. No sólo había perdido al cómplice imprescindible para llevar a
buen término la investigación, sino que... al no estar aquí el director, la burocracia siguió su
curso. La documentación falsificada fue remitida al gobernador civil de la provincia y al juez de
primera instancia de mi última residencia. La autoridad provincial dispuso mi reconocimiento y fui
visitada por el encargado de estos casos en la provincia, ante quien fingí una donosa comedia,
similar (por no decir idéntica) a la que representé ante el doctor Ruipérez. Lo que hasta ese
momento supuso una argucia inocente, se transformó en un grave delito. ¡Me he metido en un
buen lío! Y no sé cómo salir de él. Advierto que estoy siendo víctima de una maniobra que no
consigo descifrar. Mi cliente no ha vuelto a dar señales de vida. ¿Vive? ¿Ha muerto? No lo sé.
¿Está esperando que yo concluya mi investigación y, entretanto,
1%
no quiere intervenir en mis actos, para que no se rompa mi secreto? ¿Ha intentado comunicarse
conmigo y se le ha impedido? Lo ignoro. De otra parte, la disposición del director para conmigo
es extrañísima. Necesito que me informe si una decena de enfermos, cuya lista tengo hecha,
fueron dados de alta o se les autorizó salir del hospital en una fecha concreta. Y me niega esta
información. La actitud del doctor Alvar conmigo, su negativa a cumplir su compromiso, la
inquina que me demuestra, carecen de explicación.
—¿A qué causa atribuye su exaltada imaginación la actitud del doctor Alvar? —preguntó el
propio doctor Alvar.
"La guerra está declarada —pensó Alicia para su coleto—.
A este pollo me lo voy a merendar".
—Antes de responderle, director, quiero pedirle permiso al doctor Arellano para servirme otro
whisky. ¡Lo voy a necesitar!
—Sólo dos dedos, Alicia.
Tenía miedo César Arellano de que esta señora que ya había clavado varios alfilerazos en el
orgullo del director, cambiara los alfileres por banderillas de fuego. La enemistad entre los dos
era bien patente. Y caso de producirse un enfrentamiento dialéctico entre los dos, Alicia era
ganadora segura. No acababa de entender cómo Samuel Alvar se había atrevido a plantearle
esa cuestión y con tanta insolencia delante de los demás médicos. Conociendo bien a Alicia,
resultaba una temeridad.
Regresó Alice Gould de la mesita auxiliar en que estaban situadas las bebidas. José Muescas y la doctora Bernardos comentaban algo en voz baja. Rosellini y el doctor Sobrino comentaban admirativamente la gran figura que tenía la señora de Almenara. Alicia enarboló un gran vaso de agua pura y se lo enseñó a Arellano. —Agua de la fuente y hielo sin mezcla de mal alguno, doctor —dijo sonriendo. Quedóse de pie. —Voy a explicarle, director, lo que mi "exaltada imaginación" opina acerca de su actitud hacia mí. Bebióse el vaso, lo devolvió a la mesa auxiliar y, al fin —después de haber creado cierta expectación—, tomó asiento y añadió: —He meditado mucho acerca de su hostilidad, doctor. Después de la desagradable entrevista que tuvimos en su despacho, y cuando tuvo usted la gentileza de mandarme poner la camisa de fuerza... Se oyeron varias voces asombradas repitiendo lo mismo. —¿La camisa de fuerza? César Arellano se puso violentamente en pie. —¿Es cierto que a una enferma que estoy yo tratando, y que aún no ha sido diagnosticada, se le ha puesto la camisa de fuerza, sin consultarme ni informarme? —Fue un error de los enfermeros —respondió desapacible Samuel Alvar—. Ordené que la librasen en cuanto me enteré. Un rumor se extendió por la sala capitular. Alice Gould había conseguido el clima que buscaba. Con tono amable prosiguió: —Le suplico, don César, que no se enfade por aquella increíble extorsión que se cometió conmigo. No guardo ningún rencor a don Samuel por ello, y no he recordado este "penoso error" para recriminarle. Quería decir, cuando me interrumpieron, que, cómo me pusieron la camisa de fuerza (y me mantuvieron encerrada, por equivocación, sin duda), tuve mucho tiempo para meditar acerca de la extraña actitud del director hacia mí. ¡Eso es lo único que quería decir! Nuevamente se oyeron rumores. Samuel Alvar parpadeó repetidas veces. "¡Dios, Dios, qué endiabladamente lista es esta mujer!", pensó César Arellano. —Es posible, me dije, que Raimundo García del Olmo me haya mentido; que nunca hablase con el director de este hospital; que la carta que me escribió don Samuel recomendándome la simulación de una paranoia estuviese falsificada por mi cliente y que, en consecuencia, el director crea, de verdad, que yo fui tratada por el doctor Donadío, y que soy una envenenadora frustrada. En ese caso he de meditar acerca de las razones que pudo tener García del Olmo para engañarme y consumar mi encierro. Actitud peligrosa la suya, porque si esto es así, y Heliodoro se entera (cosa que puede ocurrir entre hoy y mañana si la doctora Bernardos me ayuda), su amigo Raimundo irá a dar con los huesos a la cárcel. ¡Pero esos huesos estarán rotos de la paliza que recibirá! Por mucho que piense en ello no puedo ni aproximarme a los motivos que un profesional, prestigioso e inteligente como él, pueda tener para encerrarme. "Otra posibilidad, me dije, es que Samuel Alvar y García del Olmo estén confabulados para realizar este secuestro. Pero deseché en seguida esta idea por la razón apuntada de la ausencia de motivos en García del Olmo, y porque el hecho de que nuestro director sea profundamente antipático no me autoriza a pensar que sea un canalla. ¡Es un hombre desagradable, me dije, pero un canalla no! A cada epíteto, el impasible director daba un parpadeo que Alicia fingía no advenir. Las banderillas de fuego que temía César Arellano las iba clavando la señora de Almenara con precisión implacable. Lo que el jefe de los Servicios Clínicos había olvidado era que, en las suertes taurinas, tras las banderillas viene el estoque de matar. Alicia prosiguió con el tono inocente y trivial de quien lee un libro de cuentos a niños pequeños. —O García del Olmo me mintió, en cuyo caso Alvar es sincero, o me dijo siempre la verdad, en cuyo caso es don Samuel el que miente. "¡Vamos, vamos, Alicia (me recriminé a mí misma) no te
contradigas!" ¿No dijiste antes que el director no era un canalla ni un miserable? De acuerdo, pero, en cambio, lo que el director es... lo que el director es... ¡Y se me hizo la luz! ¡Lo comprendí todo! ¡Encontré un motivo en Samuel Alvar para retenerme! No era sólo César Arellano quien estaba aterrado de lo que iría Alicia a decir. A todos les ocurría lo mismo. Y singularmente a Teodoro Ruipérez, que. era amigo personal de Alvar; que entró en el hospital traído de la mano del actual director y que sufría ante las constantes humillaciones a que era sometido su jefe. Más éste parecía dispuesto a meterse más y más en la guarida del lobo. —Estoy deseando saber qué es lo que descubrió usted en mí. Pero le suplico que sea breve. —Llevo casi tres meses sin diagnosticar, doctor. Le aseguro que seré menos premiosa al hablar que usted en diagnosticarme. ¡Bien! Prosigo. Yo he aprendido mucho de psiquiatría el tiempo que llevo aquí. Lo. cual no es de extrañar teniendo cerca de mí tan buenos maestros y tan buenos ejemplos. Entre las cosas que he aprendido es que muchas neurosis y psicosis se producen en gentes que ya estaban predispuestas para albergar estas dolencias. Y lo que yo descubrí, doctor Alvar, es que usted era... ¡un predispuesto! Un predispuesto —repitió— para hacer lo que hizo conmigo. Comencé a analizarle (¡tal como hacen ustedes para trazar un diagnóstico!): estudiando su personalidad y su historial. He de remontarme al tiempo en que el doctor Arellano fue designado en asamblea de médicos para cubrir la vacante del anterior director fallecido. En aquel entonces todos se llevaron un gran disgusto cuando éste rechazó el cargo diciendo que ese puesto comportaba tales compromisos administrativos que se vería forzado a desatender el trato directo con los enfermos, cosa que él no deseaba porque se debía a ellos. En consecuencia, se trataba de elegir otro director, dentro de los destinados en el hospital. Y en eso estaban, cuando, con sorpresa de todos, el Ministerio les impuso a un director de fuera. El desagrado del cuadro médico aumentó al conocer el nombre de usted, doctor Alvar, y no sólo por ser más joven que muchos de los internos... También y sobre todo por ser un "antipsiquiatra". ¡Oh, doctor, le ruego que no se moleste si empleo este término! Sé que a los de su secta, o su grupo, o su escuela, no les gusta que se les denomine así, pero todo el mundo lo hace y hay hasta libros escritos por "antipsiquiatras" que utilizan ese modo de decir. Se les acusa a ustedes de usar prácticas inusuales, de ser utópicos y de estar fuertemente politizados. Consideré que esta aversión hacia ustedes era injusta y anticientífica, ¡pero lo cierto es que los "antipsiquiatras" pertenecen casi todos ustedes a un partido tan radicalizado! En fin, a nadie interesa lo que yo considere. Lo importante es lo que considerasen los demás. Y a éstos les dolió: 1.°, que nombrasen "a dedo" un director, olvidando la práctica tradicional; 2.°, que el nombrado fuese "de fuera"; 3.°, que se contase en el número de los "antipsiquiatras"; 4.°, que perteneciese al más radicalizado de los partidos políticos internacionales; 5.°, que designase subdirector a otro "de fuera" y también "antipsiquiatra" y del mismo partido. ¡Oh, don Samuel, le aseguro que yo no tengo nada contra los suyos! Al revés, algunos hasta me caen simpáticos. Pero, injustamente, tienen mala prensa y provocan recelos. ¡Esto es certísimo, director! "¿Quién va a mandar desde ahora en el hospital? ¿La Ciencia o su partido?", se preguntaban. (La doctora Bernardos, lo mismo que Rosellini, Salvador Sobrino, José Muescas y César Arellano no sabían dónde poner los ojos. ¿De dónde habría sacado Alicia esa información? ¡Todo cuanto decía era exacto! Y entre los disgustados del primer día estaban todos los presentes —salvo Ruipérez— y por las mismas razones que exponía con tanto descaro como verdad Alicia Almenara.) —Apenas llegó usted, comenzó a variarlo todo. Fundó los talleres, pero no tomó las medidas de precaución para que no se robaran los utensilios. Y con la varilla extraída de la fabriquita de paraguas, un recluso apuñaló a otro. Estableció las "tarjetas naranjas" para salir libremente a pasear tapias afuera, y las fugas se multiplicaron. Suprimió usted las rejas de las ventanas para que el hospital no pareciese una cárcel, y el número de suicidios creció espectacularmente. Algunos críticos suyos, doctor Alvar, son particularmente severos y opinan qué a los suicidas no
conviene darles facilidades. ¡Ya ve usted qué mala es la gente! —¿Puede usted concretarse, señora de Almenara, en esa curiosa predisposición que vio en mí? —Sí, doctor. Ahora iba a tocar ese tema, inmediatamente después de declarar un elogio que todos hacen de usted: es común su fama de ser un implacable cumplidor del reglamento. Si hay que castigar, se castiga, aunque la falta cometida lo haya sido por el más leal y antiguo de los enfermeros o los funcionarios; si hay que encerrar se encierra, aunque el enfermo padezca claustrofobia. ¿Quién no comete a veces una falta? Usted mismo se dejó llevar de su bondad y, para hacer un favor a un amigo, prometió hacer la vista gorda y tolerar ciertas irregularidades para que ingresara en el hospital una detective. ¡Nadie debía enterarse de esto! Tal como estaba planeado ¡nadie se enteraría! Mas ¿cómo imaginar que su amigo cometiese tantas torpezas? ¿Cómo sospechar que iba a falsificar la firma del delegado de Medicina, atribuirme tres intentos de envenenamiento y presentarse aquí para recluirme, estando usted ausente? Cuando regresó de su viaje por Albania, se encontró con la desagradable sorpresa de que mi expediente había sido ya remitido al gobernador de la provincia y al juez de primera instancia de mi última residencia, tal como lo ordena el artículo 10 del Decreto de 3 de julio de 1931. Y un hombre con complejo de inferioridad (pues teme tener menos méritos que sus demás compañeros para ejercer el cargo de director); con complejo de juventud (motivo por el que se ha dejado barba para parecer así más grave y con mayor autoridad); con complejo de antipatía (pues es usted consciente de la aversión profesional que causa a sus demás compañeros); con complejo de antipsiquiatra (al que se le fugan los reclusos por docenas y se le suicidan los deprimidos y melancólicos a puñados); con resentimiento político y social a causa de sus años en la cárcel; un hombre como usted, digo, al que todos elogian por la extraordinaria escrupulosidad con que cumple el reglamento, se ve metido en un buen lío: le pueden descubrir ser autor o cómplice de una superchería CONTRA EL REGLAMENTO, en ¡a que hay de por medio documentos falsificados y engaños, por conducto oficial, a jueces y gobernadores civiles.
Por la imprudencia de un amigo se ve usted abocado al riesgo de ser fulminantemente destituido e incluso de que se le forme un tribunal de honor y se le expulse de la carrera. En consecuencia, decide comunicar a García del Olmo que su detective se ha fugado, o ha muerto, o ha sido dada de alta. Y a cambio de salvar su honor y su carrera, se sacrifica la libertad de Alice Gould. ¿Es así como han ocurrido las cosas, director? Samuel Alvar la miró largamente a los ojos y no respondió. Su tez ya no estaba blanca, sino verdosa. —Gracias, doctor Alvar —dijo suavemente Alice Gould al recordar que quien calla, otorga—. Y ahora, con su permiso, voy a servirme los dos dedos de whisky que me autorizó don César.
                                             ...

N PROSIGUE LA HISTORIA DE ALICE GOULD

                                                ...
APROVECHO EL DOCTOR ROSELLIN1 la pausa de Alicia para intervenir "en una cuestión de orden", dijo. Y ésta fue que, dados la hora y el tiempo que llevaban reunidos (y siempre que al director no le pareciese mal), a todos les vendría de pierias tomarse un refresco. Accedió Samuel Alvar, y se le encomendó al "bata blanca" que hacía guardia a la entrada, que trajese hielo, cervezas, whisky, jugos y agua. Llegado el momento de servir, Alicia pidió el más sencillo de los elementos, y que, a pesar de ser el más puro de cuantos producía la Naturaleza, hubiese hecho morir a Ignacio Urquieta: agua con un trozo de hielo. —¿No prefiere un whisky, señora de Almenara? —le preguntó el doctor Rosellini. Alicia elevó los ojos hacia César Arellano. —¿Puedo, doctor? Este dio su venia, y Alicia consideró que esta pequeña y mínima concesión era la primera prueba de libertad que se le daba desde que ingresó al hospital. —Estamos deseosos de oír el final de su historia, Alicia —le animó Dolores Bernardos. —Lo que voy a contar es tan terrible para mí... —prosiguió Alice Gould—, que ignoro si sabré expresarme con claridad. Yo me sentía lícitamente orgullosa de haber descubierto que las misteriosas misivas que recibió mi cliente procedían de este hospital psiquiátrico; no obstante, me quedé radicalmente asombrada del cheque, anticipo de mis honorarios, que García del Olmo depositó sobre mi mesa, con el acuerdo de que lo duplicaría si acertaba en mi investigación. Quedé asimismo harto satisfecha de la división del trabajo que nos propusimos realizar en los días sucesivos. Yo me ocuparía de estudiar la enfermedad que había de fingir, y él, de preparar los trámites para mi ingreso; yo, de arrancar a mi marido la solicitud de ser internada, y él, de redactar el informe médico y cumplimentar con nombre supuesto el oficio, o impreso, o como se llame ese papel, en que se aconseja el internamiento. —¿Asegura usted —le interrumpió el doctor Sobrino— que falsificaron un documento público? Alicia movió afirmativamente la cabeza. —No sólo eso —interrumpió Samuel Alvar—. La señora de Almenara me dijo que la certificación del delegado de Sanidad era falsa también. —No se me oculta —continuó Alice Gould— que se les hará a ustedes muy cuesta arriba entender cómo unas personas que han vivido siempre dentro de la ley se atrevieron a realizar semejante falsificación. Les ruego que tengan en cuenta que no lo hacíamos en perjuicio de terceros y que no pretendíamos engañar a nadie, ya que nuestro propósito era entregar personalmente a don Samuel Alvar todos estos papeles. Y él conocía sobradamente la verdad. Si aquellos documentos eran excesivos los sustituiríamos por los que él nos aconsejara. En cuanto al impreso que aparece firmado por un tal doctor Donadío, mostré mi asombro de que un documento tan escueto sirviese para internar a nadie en un manicomio, a lo que Raimundo me respondió que acaso fuese una buena medida acompañar el documento oficial con una carta privada en la que el médico particular informase al director de este sanatorio de ciertas peculiaridades de la enferma que iba a tratar. Excusado es decir que así como el impreso fue rellenado por et doctor García del Olmo, la carta hablando de mi personalidad la redacté yo. Y todo ello, por supuesto, con el conocimiento, cuando no el consejo, del doctor Alvar. El aludido hizo un gesto de hastío. Cada vez que Alicia le nombraba, todos volvían el rostro hacia él. —Espero no necesitar decirles a ustedes que nada de esto es cierto —comentó. —¿Qué es lo que no es cierto, doctor? —inquirió Alicia. —Siga usted, señora de Almenara. —¿Para qué, doctor, si nada de lo que digo es verdad? —dijo Alicia
dulcemente. Y se propuso aprovechar la primera oportunidad para turbar esa
máscara impenetrable del director.

                                            ...

M LA JUNTA DE MÉDICOS III


                                                 ...
Los días transcurridos desde el incidente con el director no fueron
baldíos. Alicia visitó, desde las cocinas, hasta las salas de reunión de
las enfermeras; se hizo presentar a los médicos no psiquiatras —que
había muchos— con el pretexto de un diente picado o una luxación en
un tobillo. Inquirió, preguntó, anduvo a la husma aquí y acullá, por
averiguar los motivos del director para tenerla secuestrada. Y, aunque no halló lo que buscaba,
ni llegó a donde pretendía, se enteró de no poco datos, que no eran simples habladurías, y que
bastarían, si llegaba el caso, para quitarle —como quien dice— el hojaldre al pastel.
De aquí ese aire medio triunfal con el que se acercaba al sancta sanctorum de los psiquiatras.
Los médicos que participaban en las juntas de los miércoles —según se informó puntualmente—
los conocía a casi todos. A la doctora Bernardos, porque fue la que dirigió las operaciones el día
que le hicieron el electroencefalograma; al doctor Sobrino, por las semanas que pasó en
recuperación; a Rosellini, por ser quien la liberó del puño de hierro de "la Mujer Gorila" y a "los
tres Magníficos"
Alvar, Arellano, Ruipérez— estaba harta de verlos. A quien no tuvo nunca oportunidad de
conocer era al jefe de los Servicios de Urgencia, del que no sabía ni siquiera el nombre. Con
esto, sólo cuatro la habían visto vestida de ella misma: Ruipérez el primer día. Arellano y Sobri
no, en la Unidad de Recuperación; Alvar y Rosellini una sola vez. La imagen de Atice Gould que
la mayoría guardaba en sus retinas era la infamante del pantalón hombruno y la blusa desteñida.
Llegó, pasillo adelante, a un amplio vestíbulo al que daban otros dos pasadizos tan P estrechos y
bajos como el que ella acababa de atravesar. Una inmensa puerta moderna estaba instalada en
el hueco del arco antiguo. Un enfermero la cerró el paso.
—Me han dicho que espere hasta que ellos la llamen.
—¿De dónde le conozco yo a usted? —preguntó Alicia al de la "bata blanca".
—Me llamo Terrón. Fui el que enfundó la "camisa" a la mujer barbuda que la había atrapado.
—¿Ya no trabaja usted en "la Jaula"?
—Sólo actuamos allí una semana al mes. ¡Es muy duro! La junta ha prohibido que trabajemos en
la "Jaula" más de una semana seguida. La miró con aire de compadrazgo.
—¿Qué? ¿La dan a usted hoy el pasaporte?
—No tengo noticias de que me vayan a dar de alta.
—Al verla así vestida, pensé que se iba ya para su casa. Todos en el hospital nos preguntamos
qué diablos pinta usted aquí.
—¿Sabe lo que le digo? ¡También me lo pregunto yo!
Tardaron mucho tiempo en recibirla. Al cabo de media hora larga, el "chivato" que llevaba el
enfermero en el bolsillo de la bata emitió unos pitidos, y el hombre penetró en la sala capitular.
No había acabado de cerrar la puerta tras sí, cuando volvió a abrirla.
—Puede usted pasar. ¡Suerte!
—Gracias, amigo. ¡Hasta luego!
En el centro de la inmensa sala, había una moderna mesa de trabajo que parecía pequeña, sin
serlo, dadas las dimensiones del recinto. En torno a la mesa, los siete psiquiatras de la casa.
Oyó Alicia la voz neutra del director:
—Pase usted, señora de Almenara, y siéntese entre nosotros.
Por el modo en que la miraban, Alicia entendió que el retraso en recibirla se debía a que su caso
fue ampliamente explicado —¿por Alvar?, ¿por Arellano?— ante la junta de doctores. El primero
presidía desde el centro; frente a él, Ruipérez. A la derecha del director, su amigo el jefe de los
Servicios Clínicos. Los demás no mostraban por sus colocaciones una jerarquía determinada.
Avanzó lentamente hacia la silla que le indicaban, situada en un extremo de la mesa; dijo un
"buenas tardes", rutinario pero cortés, y tomó asiento con la naturalidad y autoridad de quien va
a presidir un consejo de administración y está habituado a hacerlo. En efecto: se diría que, desde
que ella se sentó, la presidencia de la mesa había cambiado de sitio. En la mirada del doctor  Sobrino creyó advertir simpatía; en la de Arellano, preocupación; en las de Alvar y Ruipérez,
hostilidad; en la de la doctora Bernardos, admiración por su buen porte; en la de Rosellini,
sorpresa, al comprender que la enferma de la que habían estado hablando era aquella señora a
la que apreso una demente escapada de su unidad; en la del otro médico —que después supo
que se llamaba don José Muescas—, una viva curiosidad. Con mirada serena y tranquila —
exenta de aparente preocupación— observó Alicia a quienes la observaban. La procesión iba por
dentro.
Samuel Alvar explicó:
—El jefe de los Servicios Clínicos le va a hacer algunas preguntas, señora de Almenara. Le
ruego que tenga presente que el interrogatorio de los médicos difiere mucho del que pueda
hacer un periodista, un policía, un fiscal o un juez. Nosotros no pretendemos condenar. Sólo
queremos salvar. Creemos haber descubierto ciertas contradicciones entre el examen a que la
sometió su médico particular y los muchos que le han sido hechos aquí; entre sus antecedentes
y su conducta; entre sus declaraciones y su personalidad. Necesitamos su ayuda para poder
ayudarla. ¿Podemos contar con su colaboración?
—Sí, doctor. Deseo ayudarlos a que me ayuden. He cometido la gran torpeza de meterme en un
laberinto y, sin su ayuda, no podré salir.
—Tiene la palabra el doctor Arellano.
Nadie podría acusarlo de no ir directamente al grano. Su primera pregunta iba dirigida al centro
de la diana.
—Dígame, Alicia. ¿Cuántas veces nos ha mentido usted desde que ingresó en el hospital?
—Son incontables, doctor —respondió entre sonriente y compungida Alice Gould.
—¿Acostumbra usted a mentir por vicio? ¿Es ése un hábito muy arraigado en usted?
—No, doctor. He acumulado, en sólo tres meses, todas las pequeñas o grandes mentiras que
pueden decirse en toda una vida.
—Usted declaró que su marido trató de envenenarla. ¿Es cierto o no?
—Es cierto que lo declaré; pero no es cierto que tratara de envenenarme.
—¿Puede usted hacer relación de los embustes más importantes que usted recuerde habernos
dicho?
—Sí, doctor. Mentí al describir una personalidad de mi marido totalmente falsa; mentí al simular
un menosprecio por él que estoy muy lejos de sentir; mentí en la estúpida historia del caballo que
me coceó. Casi toda mi primera declaración al doctor Ruipérez es puro invento; así como las
palabras que dije o las actitudes que tomé ante terceros y que no tenían otra finalidad que
mostrarme ante ellos conforme a mi declaración del primer día. ¡Ah, y también mentí al decir que
era licenciada en Químicas! En realidad soy doctora en Filosofía y Letras. Me doctoré con una
tesis titulada Psicología del delincuente infantil. Si les interesa el tema puedo pedir a Madrid que
me manden algunos ejemplares. La calificaron cum laude y, resumida y muy bien traducida, por
cierto, me la publicó, en París, la Revue de deux Mondes.
La doctora Bernardos parpadeó repetidas veces. ¿Esta recluida mentía con toda la barba o
decía simplemente la verdad? No le sería
difícil averiguarlo. Su propia tesis doctoral se asemejaba mucho en el tema a la que decía esta
señora haber escrito.
—¿Qué pretendía usted con sus mentiras, Alicia?
—Simular una enfermedad mental.
—¿Con qué fin?
—Con el fin de que no pusieran trabas a mi ingreso en el hospital. Samuel Alvar pasó una nota a
César Arellano que decía: "La paranoia fingida ha quedado ya delimitada. Bucea bien en la
verdadera".
—¿Por qué deseaba usted ingresar, Alicia? —Para descubrir al asesino del padre de mi cliente.
—¿Qué dolencia o desequilibrio mental pretendía usted fingir?
—La paranoia.
—¿Por qué precisamente la paranoia y no cualquier otra dolencia? Alicia dudó brevemente.
—No me niego a responder a esa pregunta, doctor. Pero preferiría aplazar su respuesta hasta
después de haber dicho otras cosas, primero. Si declaro ahora por qué y quién me aconsejó que
simulara esa enfermedad, me resultaría muy enojoso. Dicho en su lugar quedará más claro.
—La investigación criminal que pretendía usted iniciar en este sanatorio, dijo usted antes que era
a cargo o por encargo de un cliente. ¿Cliente de qué o de quién?
—De mi Oficina de Investigación Privada. Soy detective diplomado.
—Antes dijo que su declaración a don Teodoro Ruipérez era toda falsa. Y no obstante esa
afirmación que hace usted ahora de ser detective también se la hizo al doctor Ruipérez el día de
su ingreso.
—Dije que casi toda mi declaración era falsa. Mi afirmación de ser detective pertenece al casi
restante: a la parte en que dije la verdad.
—¿Y qué la movió a decir la verdad en ese extremo?
—Pensé que no lo creerían: que lo atribuirían a un elemento más de mi fábula delirante.
—De modo que unas veces miente y otras dice la verdad... Dígame, Alicia, ¿a mí me ha mentido
alguna vez?
—Nunca, doctor. A usted nunca le he mentido. Puedo jurarlo, y usted lo sabe.
—¿Y por qué a mí no, y al doctor Ruipérez sí?
—Al doctor Ruipérez ya he dicho que le mentí porque necesitaba ingresar en él manicomio. A
usted no necesitaba mentirle, porque ya había ingresado.
—Me interesaría saber qué la indujo a hacerse detective.
—Es un poco largo, doctor.
—No importa. La escucharemos.
—Y con mucho interés —precisó el director con cierta sorna, completando la afirmación de
César Arellano.
Samuel Alvar estaba muy satisfecho de la marcha del interrogatorio. La propia Almenara
acababa de confesar —¡tal como él había predicho!— que sus primeras declaraciones
pertenecían a una paranoia simulada. Sólo faltaba ahora delimitar su paranoia verdadera, a la
que pertenecía sin duda el embuste de declararse Premio Extraordinario del Doctorado. Lo
sorprendente es que no se hubiera manifestado todavía Premio Nobel o Archipámpano de las
Indias.
—Prosiga, señora de Almenara.
—¿Puedo fumar?
Varias manos se apresuraron a ofrecerle cigarrillos.
—Gracias, prefiero los míos. Sólo necesito fuego. No me está permitido usar encendedor,
¿saben?
Lo dijo con toda sencillez, como quien cuenta algo que se da por conocido, pero con la clara
intención de dar a entender, a quienes no estuvieron en antecedentes, que el director la
consideraba "enferma peligrosa".
—Hace aproximadamente seis años (y les ruego que tomen nota de cuantos nombres y datos
voy a
dar) oí comentar con gran disgusto a una amiga mía, Pilar Sahagún, directora del colegio
de niñas Santa Catalina de Siena, que a algunas de sus alumnas las habían descubierto
portando alucinógenos y que tenía el propósito de instruirles expediente escolar y echarlas del
centro. Le aconsejé que no lo hiciera, pues de lo contrario nunca se descubriría al responsable
de introducir y vender drogas en el colegio. Por el prestigio del local y evitar un escándalo entre
los padres, la directora no quería dar parte a la policía. Y entonces yo, comprendiendo sus
razones, y por ayudar a mi amiga, me ofrecí a hacer una investigación. Era necesario para ello que me contrataran como maestra de algo; y yo, dudando mucho de mis condiciones docentes,
sugerí colocarme como profesora de gimnasia o de judo. Y como de lo primero ya había una
monitora contratada, fui designada de lo segundo.
—¿Sabe usted judo? —preguntó asombrado el doctor Rosellini—. ¡Yo también! Si quisiera
podríamos practicar algún día.
—No se lo aconsejo, doctor —rió Alice Gould—, ¡soy cinturón azul! Dio una bocanada y
prosiguió:
—El caso es que la adolescente que introducía y vendía heroína en el colegio fue a parar al
Tribunal de Menores; y el miserable que la utilizaba corno mediadora, a la cárcel. Fue muy duro
para mí, porque la joven culpable resultó ser hija de la directora. Este fue mi primer caso. Corrió
la voz y comencé a tener peticiones de ayuda, primero de amigas mías, después de gentes
desconocidas que eran víctimas de estafas, o recibían anónimos, o les desaparecían
metódicamente artículos de
venta de sus tiendas. Siempre eran cuestiones en que el perjudicado no se atrevía, por una u
otra causa, a acudir a la policía. La doctora Bernardos intervino:
—¿Qué motivo puede haber para que no se atreva a acudir a la policía el dueño de una tienda
cuyos dependientes le roban?
—Los dependientes eran un hijo, un cuñado y dos yernos. ¡Y el dueño, hermano de mi cocinera,
que fue quien me pidió el favor de intervenir! Total: que me harté de hacer servicios gratuitos a
diestro y siniestro y decidí profesionalizarme y cobrar honorarios por mis trabajos. La licencia la
obtuve hace tres años e inmediatamente monté mi oficina y contraté el personal auxiliar. Esta es
la razón por la que me hice detective. ¿He respondido correctamente a su pregunta, doctor
Arellano?
—Ha respondido usted muy bien, Alicia. Ahora querríamos conocer a fondo el caso concreto que
la indujo a querer internarse en un sanatorio mental. Y no en cualquiera sino en éste
precisamente.
—El doctor Alvar lo sabe —se limitó Alicia a responder.
—El doctor Alvar no sabe nada —afirmó desabridamente el director.
—Si no lo sabe, por lo que yo creía, debe saberlo, al menos, por lo que yo le conté en su
despacho cuando tuvo la amabilidad de recibirme.
—Su conversación con nuestro director —puntualizó César Arellano— fue muy incompleta y
profundamente incomprensible, Alicia. Usted daba por supuesto que don Samuel Alvar ya
conocía el tema del que usted le hablaba y lo cierto es que él, por carecer de antecedentes, no
entendió y sigue sin entender lo que usted pretendió decirle. De modo que debe usted contarnos
esta historia como a personas que lo ignoran todo, incluido, por supuesto, nuestro director.
Alicia meditó largamente.
—No sé si debo —dijo al fin—. Si yo hablara... atentaría no sólo contra el honor sino contra la
seguridad de mi cliente. ¡Estoy atada por un secreto profesional! ¡Nunca lo he traicionado!
—Tampoco se ha encontrado usted nunca en una situación tan apurada, Alicia.
—¿Qué quiere decir, doctor? —preguntó Alicia alarmada. Arellano se volvió hacia Samuel Alvar,
que tenía sentado a su izquierda, y al resto de sus compañeros.
—¿Puedo hablar con toda claridad?
Unos cambiaron las piernas de posición, otros encendieron un cigarrillo, otros retiraron la mirada,
pero nadie habló. Se dirigió directa y exclusivamente al director.
—¿Puedo o no puedo?
—Toma tus responsabilidades por ti mismo. Tú eres quien ha pedido tratarla y dirigir este
coloquio.
Volvióse hacia Alice Gould.
—Bien, Alicia. Voy a hablar con toda sinceridad. Usted ha entrado aquí como una paranoica que que me contrataran como maestra de algo; y yo, dudando mucho de mis condiciones docentes,
sugerí colocarme como profesora de gimnasia o de judo. Y como de lo primero ya había una
monitora contratada, fui designada de lo segundo.
—¿Sabe usted judo? —preguntó asombrado el doctor Rosellini—. ¡Yo también! Si quisiera
podríamos practicar algún día.
—No se lo aconsejo, doctor —rió Alice Gould—, ¡soy cinturón azul! Dio una bocanada y
prosiguió:
—El caso es que la adolescente que introducía y vendía heroína en el colegio fue a parar al
Tribunal de Menores; y el miserable que la utilizaba corno mediadora, a la cárcel. Fue muy duro
para mí, porque la joven culpable resultó ser hija de la directora. Este fue mi primer caso. Corrió
la voz y comencé a tener peticiones de ayuda, primero de amigas mías, después de gentes
desconocidas que eran víctimas de estafas, o recibían anónimos, o les desaparecían
metódicamente artículos de
venta de sus tiendas. Siempre eran cuestiones en que el perjudicado no se atrevía, por una u
otra causa, a acudir a la policía. La doctora Bernardos intervino:
—¿Qué motivo puede haber para que no se atreva a acudir a la policía el dueño de una tienda
cuyos dependientes le roban?
—Los dependientes eran un hijo, un cuñado y dos yernos. ¡Y el dueño, hermano de mi cocinera,
que fue quien me pidió el favor de intervenir! Total: que me harté de hacer servicios gratuitos a
diestro y siniestro y decidí profesionalizarme y cobrar honorarios por mis trabajos. La licencia la
obtuve hace tres años e inmediatamente monté mi oficina y contraté el personal auxiliar. Esta es
la razón por la que me hice detective. ¿He respondido correctamente a su pregunta, doctor
Arellano?
—Ha respondido usted muy bien, Alicia. Ahora querríamos conocer a fondo el caso concreto que
la indujo a querer internarse en un sanatorio mental. Y no en cualquiera sino en éste
precisamente.
—El doctor Alvar lo sabe —se limitó Alicia a responder.
—El doctor Alvar no sabe nada —afirmó desabridamente el director.
—Si no lo sabe, por lo que yo creía, debe saberlo, al menos, por lo que yo le conté en su
despacho cuando tuvo la amabilidad de recibirme.
—Su conversación con nuestro director —puntualizó César Arellano— fue muy incompleta y
profundamente incomprensible, Alicia. Usted daba por supuesto que don Samuel Alvar ya
conocía el tema del que usted le hablaba y lo cierto es que él, por carecer de antecedentes, no
entendió y sigue sin entender lo que usted pretendió decirle. De modo que debe usted contarnos
esta historia como a personas que lo ignoran todo, incluido, por supuesto, nuestro director.
Alicia meditó largamente.
—No sé si debo —dijo al fin—. Si yo hablara... atentaría no sólo contra el honor sino contra la
seguridad de mi cliente. ¡Estoy atada por un secreto profesional! ¡Nunca lo he traicionado!
—Tampoco se ha encontrado usted nunca en una situación tan apurada, Alicia.
—¿Qué quiere decir, doctor? —preguntó Alicia alarmada. Arellano se volvió hacia Samuel Alvar,
que tenía sentado a su izquierda, y al resto de sus compañeros.
—¿Puedo hablar con toda claridad?
Unos cambiaron las piernas de posición, otros encendieron un cigarrillo, otros retiraron la mirada,
pero nadie habló. Se dirigió directa y exclusivamente al director.
—¿Puedo o no puedo?
—Toma tus responsabilidades por ti mismo. Tú eres quien ha pedido tratarla y dirigir este
coloquio.
Volvióse hacia Alice Gould.
—Bien, Alicia. Voy a hablar con toda sinceridad. Usted ha entrado aquí como una paranoica que que me contrataran como maestra de algo; y yo, dudando mucho de mis condiciones docentes,
sugerí colocarme como profesora de gimnasia o de judo. Y como de lo primero ya había una
monitora contratada, fui designada de lo segundo.
—¿Sabe usted judo? —preguntó asombrado el doctor Rosellini—. ¡Yo también! Si quisiera
podríamos practicar algún día.
—No se lo aconsejo, doctor —rió Alice Gould—, ¡soy cinturón azul! Dio una bocanada y
prosiguió:
—El caso es que la adolescente que introducía y vendía heroína en el colegio fue a parar al
Tribunal de Menores; y el miserable que la utilizaba corno mediadora, a la cárcel. Fue muy duro
para mí, porque la joven culpable resultó ser hija de la directora. Este fue mi primer caso. Corrió
la voz y comencé a tener peticiones de ayuda, primero de amigas mías, después de gentes
desconocidas que eran víctimas de estafas, o recibían anónimos, o les desaparecían
metódicamente artículos de
venta de sus tiendas. Siempre eran cuestiones en que el perjudicado no se atrevía, por una u
otra causa, a acudir a la policía. La doctora Bernardos intervino:
—¿Qué motivo puede haber para que no se atreva a acudir a la policía el dueño de una tienda
cuyos dependientes le roban?
—Los dependientes eran un hijo, un cuñado y dos yernos. ¡Y el dueño, hermano de mi cocinera,
que fue quien me pidió el favor de intervenir! Total: que me harté de hacer servicios gratuitos a
diestro y siniestro y decidí profesionalizarme y cobrar honorarios por mis trabajos. La licencia la
obtuve hace tres años e inmediatamente monté mi oficina y contraté el personal auxiliar. Esta es
la razón por la que me hice detective. ¿He respondido correctamente a su pregunta, doctor
Arellano?
—Ha respondido usted muy bien, Alicia. Ahora querríamos conocer a fondo el caso concreto que
la indujo a querer internarse en un sanatorio mental. Y no en cualquiera sino en éste
precisamente.
—El doctor Alvar lo sabe —se limitó Alicia a responder.
—El doctor Alvar no sabe nada —afirmó desabridamente el director.
—Si no lo sabe, por lo que yo creía, debe saberlo, al menos, por lo que yo le conté en su
despacho cuando tuvo la amabilidad de recibirme.
—Su conversación con nuestro director —puntualizó César Arellano— fue muy incompleta y
profundamente incomprensible, Alicia. Usted daba por supuesto que don Samuel Alvar ya
conocía el tema del que usted le hablaba y lo cierto es que él, por carecer de antecedentes, no
entendió y sigue sin entender lo que usted pretendió decirle. De modo que debe usted contarnos
esta historia como a personas que lo ignoran todo, incluido, por supuesto, nuestro director.
Alicia meditó largamente.
—No sé si debo —dijo al fin—. Si yo hablara... atentaría no sólo contra el honor sino contra la
seguridad de mi cliente. ¡Estoy atada por un secreto profesional! ¡Nunca lo he traicionado!
—Tampoco se ha encontrado usted nunca en una situación tan apurada, Alicia.
—¿Qué quiere decir, doctor? —preguntó Alicia alarmada. Arellano se volvió hacia Samuel Alvar,
que tenía sentado a su izquierda, y al resto de sus compañeros.
—¿Puedo hablar con toda claridad?
Unos cambiaron las piernas de posición, otros encendieron un cigarrillo, otros retiraron la mirada,
pero nadie habló. Se dirigió directa y exclusivamente al director.
—¿Puedo o no puedo?
—Toma tus responsabilidades por ti mismo. Tú eres quien ha pedido tratarla y dirigir este
coloquio.
Volvióse hacia Alice Gould.
—Bien, Alicia. Voy a hablar con toda sinceridad. Usted ha entrado aquí como una paranoica que ha intentado por tres veces envenenar a su marido. Su ingreso se produjo previa solicitud de
éste bajo la recomendación de un médico. Y no es igual lo que usted diga a este respecto. Lo
cierto es que nosotros la hemos admitido en el hospital bajo el compromiso de intentar sanarla.
Entienda esto bien: intentar sanar a una paranoica con antecedentes homicidas. Para intentar
sanarla (cosa que no siempre se consigue) hemos de someterla al tratamiento que indica
nuestro Ripalda. Una de esas terapias es el choque insulínico: llevarla al borde mismo de la
muerte provocándole una hipoglucemia progresiva hasta que entre usted en coma. Cuando esté
ya a las puertas de la agonía, la reviviremos suministrándole dosis masivas de glucosa. Y
apenas esté usted repuesta repetiremos el tratamiento cuarenta o cincuenta veces... en tres o
cuatro meses. Si al final sigue usted considerándose detective y negándose a reconocer que la
verdadera razón de su ingreso es un trastorno mental que la predispuso a envenenar a su
marido, probaremos otro tratamiento: haremos pasar por su cerebro una corriente eléctrica hasta
de 130 voltios que sea capaz de provocar convulsiones, pérdida de conciencia y amnesia.
¡Amnesia, Alicia, que es precisamente lo que se pretende: el olvido del delirio! Para lo que el
electroshock es eficacísimo. Si no hemos empezado antes de ahora esta terapia, es por albergar
ciertas dudas, que había usted prometido esclarecer ante el director. Aquella buena intención
suya quedó fallida. Tiene usted ahora la oportunidad de eludir el tratamiento... ¿y prefiere quedar
callada por escrúpulos hacia su cliente? ¿Puede decirme de qué le servirán a ese caballero los
servicios de un detective que ha perdido la memoria y que ignora por tanto qué es lo que hace
aquí y lo que ha venido a investigar? Porque ése es el fin que pretenderemos, Alicia: que usted
olvide las causas por las que cree estar aquí (una enfermedad supuesta) y por las que quiso
usted envenenar a su marido (una enfermedad verdadera). ¡El tratamiento comenzará mañana!
—Pero, doctor, ¡es absolutamente verdad que yo estoy aquí para investigar un crimen!
—No nos sirve de nada que usted lo afirme. Tiene que explicárnoslo. Y nosotros creerlo. Su
negativa a hablar de ello comienza a ser sospechosa.
Alicia, muy pálida, parpadeó repetidas veces.
—¿Por qué me mira tan fijamente, doctor Rosellini? ¿Me está usted hipnotizando?
—No, señora. Pero me ha adivinado el pensamiento. Estaba considerando lo fácil que sería
arrancarle por hipnosis lo que usted se niega a revelarnos de buen grado.
—Señora de Almenara —intervino el doctor Muescas—, su defensa del secreto profesional la
honra mucho. Y yo la admiro por ello. Pero olvida usted que nosotros somos médicos y usted
nuestra paciente. Y que, por tanto, también estamos obligados hacia usted por el secreto
profesional. Nada de lo que nos pueda contar saldrá de entre nosotros. No olvide las palabras
del director. Estamos aquí para salvarla. No para condenarla.
—¿Es cierto que están ustedes obligados a...
—Nos ofendería si lo dudara, Alicia.
Estas palabras fueron dichas por César Arellano. Alicia lo miró anhelante. Volvió después el
rostro hacia cada uno de ellos.
—Bien, señores. ¡Hablaré, hablaré!
(En voz muy baja, pero no tanto como para que Arellano no lo oyera, Samuel Alvar comentó con
Rosellini:
¡Qué gran comedianta es!)
El jefe de la Unidad de Demenciados no replicó. El había visto a aquella mujer comportarse con
una sangre fría inusual el día en que la más temible de las reclusas de su departamento
consiguió escapar de "la Jaula" y la atrapó con su mano de hierro. No advertía comedia alguna
en sus reacciones. Con todo, no dejaba de sorprenderle el contraste entre la frialdad de aquel
día en un trance tan grave, y su angustia de hoy, en un asunto que a Rosellini le parecía menor.
Tal vez no lo fuera. Sentía viva curiosidad por escucharla y, en cualquier caso, el comentario del
director le pareció improcedente.
—Todo empezó —dijo Alice Gould con aire evocador— el 29 de febrero último, fecha del cumpleaños de mi marido. ¡Heliodoro es tan original que sólo cumple los bisiestos! Y con este
motivo cada cuatro años damos una gran fiesta. Casi siempre somos los mismos, pero nunca
faltan caras nuevas. Y aquella noche hubo varias, a quien mi esposo tuvo el capricho de invitar
en una reunión de Antiguos Alumnos de su colegio que se había celebrado la antevíspera. Pido
perdón por si todo esto es un poco premioso, pero les aseguro que no cito detalles superfluos.
Durante la reunión, alguno de nuestros invitados se permitió bromear acerca de mis actividades
profesionales, y otros exageraron los éxitos que obtuve en mi modesta carrera de detective.
(Alvar se inclinó hacia Arellano.
—Como verás —le dijo—, mi opinión se confirma punto por punto: "mis éxitos"... etc.)
—Cuando todos se retiraron quedó sólo una de las "caras nuevas". Y mientras Heliodoro
despedía en la puerta a los últimos invitados,
me dijo: "Me interesaría hablar con usted, Alicia, no como amigo sino como cliente". Le di mi
tarjeta "profesional" y le cité a las once de la mañana de un lunes. No quiero engañarlos. Hubiera
podido citarle mucho antes. Pero esas dilaciones... ¡no sé cómo decirlo!..., dan prestigio.
—"Prestigio"—repitió como un eco, bien que con voz casi inaudible, el director.
La Almenara
prosiguió:
—Regresó Heliodoro al salón. Y al ver que no quedaba más que un rezagado, le invitó a cenar.
Como en las presentaciones precipitadas nadie sabe quién es quién, sólo entonces me enteré de
que ese invitado era una persona famosa. Famosa —precisó Alicia— por sus propios méritos
como médico, pues se trata de un colega de ustedes, y por un hecho desgraciadísimo que le
había ocurrido dos años y medio antes: el asesinato de su padre.
—¿No se estará usted refiriendo al doctor García del Olmo? —preguntó José Muescas.
—Sí, doctor. A él me refiero.
—Sé muy bien quién es —murmuró el jefe de los Servicios de Urgencia—. Es un
gastroenterólogo muy conocido.
—En efecto lo es —exclamó Alice Gould.
—Exacto. Y el asesinato de su padre causó no pocos quebraderos a la policía.
—Sí, doctor. La investigación de ese crimen ha quedado inconclusa, y el doctor Raimundo
García del Olmo es el cliente por el cual me encuentro aquí.
Hubo —¿cómo negarlo?— una evidente emoción en los oyentes al escuchar esto. Sólo el
director mantuvo su expresión de lama tibetano.
—El padre del doctor García del Olmo —recordó Alicia de Almenara— era ya un anciano
octogenario cuando su cadáver fue encontrado por su propio hijo al regresar éste de un viaje a
París, donde intervino en un congreso de su especialidad. El estudio forense demostró que el
crimen se había producido cuarenta y ocho horas antes de ser hallado el cuerpo: tres días
después de salir García del Olmo para París y dos antes de su regreso. Aparentemente el
crimen carecía de justificación, pues nada de valor faltaba en la casa y ni puertas ni ventanas
fueron forzadas. Era igualmente inexplicable la saña empleada al asesinarle. Su cabeza y su
tórax fueron destrozados por un instrumento difícil de catalogar, como si le hubiesen golpeado
repetidamente con un gran saco lleno de arena. Ni celos ni venganzas personales eran
explicables en un hombre de tal edad que llevaba una vida retirada, acogido en casa de su hijo, y
al que no se le conocían ni devaneos seniles ni enemigos. El interés también se daba por
descartado: su único heredero era Raimundo y la posición económica de éste era mucho más
sólida que la de su padre. A lo largo de los días los periódicos se ocuparon con gran detalle de
este suceso.
Aquella noche, en mi casa, hablamos largamente de aquel episodio y supuse que el tema del
que quería informarme como cliente estaría relacionado con el caso, pero como no aludió ante
mi marido a la cita que tenía concertada conmigo, yo tampoco dije nada.
El lunes de marras, Raimundo se presentó puntualmente en mi despacho.
(Los siete médicos de la junta de los miércoles estaban materialmente volcados sobre la mesa para no perder una sílaba ni un movimiento de los labios de la relatora.)
—¡Ah, señores, cómo me cuesta violentar en este punto mi secreto profesional!
—"Nuestro" secreto profesional... —rectificó el doctor Muescas. Alicia le sonrió agradecida y
prosiguió:
—Las primeras palabras que me dijo García del Olmo me dejaron tan suspensa como lo estarán
ustedes cuando yo se las repita. "La policía sospecha de mí": esto fue lo que me dijo.
A continuación me explicó que al cabo de un mes de haber hecho la denuncia y declarar cuanto
sabía fue llamado de nuevo a la comisaría.
—Escucha bien esto, Alice —me dijo con gran excitación—. Lo que voy a decirte no se lo he
contado a nadie, ni siquiera a Heliodoro, ni a mis más íntimos amigos: las preguntas que me
hacían eran degradantes y me hundieron moralmente. Atentaban contra mi honorabilidad y mi
seriedad y mi prestigio. Querían saber todos los pasos que di en París, en los cinco días que
estuve fuera; los nombres de las personas con quienes me reuní; las sesiones del congreso a las
que asistí y a las que dejé de asistir, y a las que llegué con retraso. Y las mociones que presenté
y las deliberaciones en que intervine y a qué horas y en qué días.
Me di cuenta de que pretendían averiguar si tuve ocasión de viajar de noche de París a Madrid,
cometer el crimen y regresar a París para estar presente en la primera sesión de la mañana, a
las pocas horas de haber sido cometido el crimen.
Yo le interrumpí:
—No entiendo —le dije— qué motivos podían alegar para acusarte de esa atrocidad.
—La compasión —concretó García del Olmo—. Mi padre padecía un cáncer de estómago que le
producía terribles dolores. Y suponen
que, al comprender yo que le quedaban muy pocos meses de vida, quise ahorrarle
padecimientos tan crueles.
—Esa piedad tuya por tu padre —le dije— no se compagina con la saña que el verdadero
asesino empleó contra él.
—Suponen que lo maté con un método más piadoso, una sobredosis de morfina —me
respondió—. Y que sólo después desfiguré su rostro para fingir el crimen de un vesánico.
—¡Pero esa sobredosis de morfina habría dejado alguna huella al realizar la autopsia! —
protesté.
—Querida Alice —insistió—, mi situación es más grave de lo que piensas. ¡Había morfina, en
efecto, en su organismo! ¡Mi padre se la inyectaba por sí mismo para calmar sus dolores!
—Y, a pesar del tiempo transcurrido —le pregunté—, ¿siguen sospechando de ti?
—Afortunadamente —dijo— pude probar que aquella noche no había comunicación aérea
posible París-Madrid y regreso al punto de partida, entre el final de la función de ópera a que
fuimos invitados los congresistas y la primera sesión de la mañana siguiente que yo presidí, y a
la que llegué con gran puntualidad.
—Bien —comenté—, si desde entonces no te han vuelto a molestar, todo está resuelto.
—Desgraciadamente no es así. Desde entonces, han ocurrido dos hechos muy singulares. Uno:
me he enterado de que la policía está confirmando por medio de mis colegas, españoles o
extranjeros, si los pasos que yo di fueron exactamente los que declaré. ¡Luego la sospecha sigue
en pie y la investigación continúa! Otro asunto inexplicable es éste.
Y depositó sobre mi escritorio unas hojas de papel. Eran de pequeño formato y todas ellas tenían
recortadas a tijera una pequeña franja cual si se tratase de hojas de escribir con membrete, en
las que la parte impresa hubiese sido suprimida.
Una de las cartas decía:
Asesino. Tú le mataste. No yo.
En la otra estaba escrito:
Me he vengado de ti. No de él.
En la última se leía:Ríete ahora de mí, como te reíste otras veces.
Observé estos escritos con atención y curiosidad profesionales. Todas las misivas estaban
rotuladas con bolígrafos de distintos colores: rojo, sepia y verde. Las letras eran grandes y
desiguales: la caligrafía de las capitulares parecía un arabesco u orlas estrafalarias; las líneas
estaban torcidas y algunos vocablos tachados. Sobre uno de estos manchones había algo que,
tal vez, pudiese ser una huella dactilar.
—Desde hace algo menos de un mes —comentó García del Olmo— recibo una por semana.
—¿Se las has enseñado a la policía?
No.
¿Por qué?
—Porque parecería que es una argucia mía, a la desesperada, para que dejen de sospechar de
mí. Sólo cuando consiga averiguar quién es el autor de estas cartas que se delatan a sí mismas
se las entregaré a la policía. Pero ni un minuto antes. ¿Te imaginas lo que significa para un
hombre de mi posición profesional verme en entredicho, y que los periódicos ávidos de
escándalos publicaran alguna de estas cartas en que se me llama asesino?
Yo medité un instante.
—No sé si haces bien en ocultar a la policía la existencia de esas cartas...
—Alice: atiende bien esto. La noche en que mi padre fue brutalmente asesinado no había, como
te he dicho, línea aérea directa París-Madrid-París. Pero ¿cómo puedo yo saber si no la había
París-Copenhague-Roma-Madrid y regreso, u otra combinación extraña, pero posible, con
Turquía, o El Cairo, que permitiera ir y regresar de París a Madrid en una sola noche? Además...
—Además... ¿qué?
Raimundo García del Olmo titubeó:
—Un congresista italiano perdió su pasaporte y lo encontró días más tarde. Alguien pudo haberlo
cogido, viajar con él una noche y regresar...
—Escucha, Raimundo. Todo lo que dices, si eres de verdad inocente, como estoy segura,
carece de sentido. ¿Viajó alguien con ese pasaporte perdido a Madrid? Este es un dato muy fácil
de saber. Yo puedo averiguártelo en un abrir y cerrar de ojos. ¡Es demasiado sencillo!
—Eso es lo que quiero. Que me lo averigües y que te encargues de todo mi caso. Sobre todo de
esto: ¿quién o quiénes, desde dónde y por qué, me escribe o me escriben estas cartas?
—Por de pronto, déjamelas —le dije—. Quiero hacer un examen grafológico y dactilar de todas
ellas. Y si recibes más, no las manosees, como te he visto hacer antes. Las tomas con pinzas y
las envuelves
suavemente, sin frotarlas, en papel de seda. Y me las das. Quizá esta investigación sea más
fácil de lo que piensas. Ve haciendo memoria de tu infancia y primera juventud. Quien te escribe
es alguien que, alguna vez, justa o injustamente, se sintió gravemente agraviado por ti. Tal vez
haga de esto muchos años. Desde entonces este hombre o esta mujer ha sufrido al verte
encumbrar y triunfar, mientras que él, que en un momento dado estuvo a tu mismo nivel social,
económico o profesional, se ha ido degradando y tal vez viva ahora una existencia miserable.
Bucea también en tu memoria y en tu conciencia si recuerdas haber cometido un desafuero
contra alguien a quien tú despreciaras o minimizaras, o considerases, por las razones que
fueren, inferior a ti. No descartes una mujer: una joven desairada, por ejemplo. Y ahora, querido
Raimundo, deja de mirar al techo, que allí no vas a encontrar escrito el nombre de tu enemigo, y
vuelve a verme pasado mañana a esta misma hora.
Al ver que se ponía en pie le advertí:
—Excuso decirte que si me impides que hable con mi marido de tu caso... ¡tampoco debes tú
decirle que me has encomendado este asunto!
—¿Cómo se te ocurre que voy a...?
—Se me ocurre... —le interrumpí— porque ser hombre y ser discreto son términos
incompatibles. ¡Hala, vete; qué tengo que empezar a trabajar!
Rió la doctora Bernardos, por la incompatibilidad que veía la señora de Almenara entre los
varones y la discreción, y Alice Gould prosiguió con su historia:
—Tal vez los haya aburrido hasta ahora, pero les aseguro que lo que voy a decirles á
continuación no los aburrirá. El examen grafológico de aquellas extrañas misivas era todo un
diagnóstico. Su autor era sin duda alguna un perturbado mental y probablemente un
esquizofrénico de la modalidad hebefrénica, cosa que yo entonces no sabía lo que era. Perdón
por el inciso. ¿Recuerda usted, doctor Arellano, la carta que apareció en mi dormitorio, cuando
estuve en Recuperación y que me envió uno que llaman "el Albaricoque"? Era una letra muy
semejante a las misivas que recibió García del Olmo. Y las capitulares también estaban llenas de
dibujitos, rombos y espirales. Bien: prosigo. Advertí que todos los sobres llevaban el matasellos
de esta provincia. Me informé y supe (ya que antes lo ignoraba) que la famosa Cartuja de los
monjes cistercienses albergaba hoy el más grande de los manicomios de España; que era
nacional y no provincial: es decir que podía albergar a enfermos de todo el territorio y no sólo de
esta provincia. También supe que era mixto: de hombres y mujeres. Y que era el primero de
España en que se había inaugurado "el régimen abierto", en que los pacientes no peligrosos
podían salir libremente y pasear fuera de sus murallas y visitar los pueblos cercanos e, incluso,
pasar temporadas en sus casas. Consideré que siendo el autor de las cartas un esquizofrénico
residente en esta provincia, sería altamente probable que estuviese recluido aquí o que lo
hubiese estado en otro tiempo, o, en fin, que se tuviese noticias de él. Y me propuse tomar el
coche y solicitar del director del sanatorio mental una información respecto a la clientela que
albergaba. De aquí que averiguase primero el nombre de su director.
Cuando expuse a García del Olmo mi propósito, Raimundo lo aprobó.
—¿Cómo podríamos averiguar quién es el director del manicomio? —me preguntó.
—Ya lo he averiguado —respondí triunfante—. Es don Samuel Alvar.
—¿Qué dices? ¿Es Samuel Alvar director de ese manicomio?
Sí.
—¡Samuel es íntimo amigo mío! —exclamó—. ¡Hace años que no nos vemos, pero nos
queremos entrañablemente! Samuel no puede negarme nada que yo le pida, y más sabiéndome
en una situación tan apurada y comprometida.
—Realmente es una suerte que seáis tan amigos —comenté.
—No sé qué debo hacer: si telefonearle o si ir a verle.
—Tal vez las dos cosas —sugerí—. Pero ¿qué es exactamente lo que pretendes pedirle?
—Que te permita vivir en el manicomio como si fueses una enfermera o una estudiante de
psiquiatría que quiere hacer prácticas o... o lo que él mismo nos sugiera como mejor solución.
¡Esta misma tarde le telefonearé!
Los auditores de Alice Gould estaban cada vez más expectantes. La doctora Bernardos hubiese
querido que le anticiparan la última página, como esos lectores que antes de empezar un libro
quieren saber si termina mal o bien.
—Tres días más tarde —continuó Alicia dirigiéndose directamente a Samuel Alvar—, Raimundo
García del Olmo me dijo que había estado aquí con usted y que le expuso su deseo de que una
detective diplomada pudiese realizar dentro del sanatorio una exhaustiva investigación entre los
reclusos. Añadió que usted no opuso reparo a esto, pero que le sugirió que yo ingresara
simulando ser una enferma más, pues mis contactos con los residentes podrían, de este modo,
ser mucho más directos y profundos. Así me lo explicó Raimundo —insistió Alicia con énfasis—,
apenas regresó de su viaje, y me anunció que pronto recibiría una carta suya explicándome
detalladamente los trámites que debían seguirse para mi ingreso.
—¿Y recibió usted esa carta? —preguntó el director.
—Sí, doctor. Ya hablamos de ello el otro día en su despacho.
—¿Recuerda usted cómo empezaba? Alicia frunció los párpados:
—Mi distinguida señora: Nuestro común amigo Raimundo García del Olmo me ha informado...
etc., etc... A continuación me sugería que la dolencia que me sería más fácil simular era la
paranoia y me aconsejaba que leyese un manual titulado Síndromes y modalidades de la
paranoia, del doctor Arthur Hill. ¡Ya se lo conté!
—Pero a estos señores, no. Alicia se volvió hacia ellos.
—Lo que más me impresionó—les dijo— no era el contenido de la carta (a la que acompañaba
fotocopias de un decreto de 1931, regulando el ingreso en los manicomios), porque ya me lo
había anunciado Raimundo. Lo que digo que me llamó la atención era la clase de papel tela en
la que estaba escrita y su formato, porque eran idénticos al de las misivas del esquizofrénico.
Con una sola diferencia: en la del director había un membrete impreso con el nombre, dirección y
teléfono del hospital, y en las del loco, esta parte estaba recortada a tijera.
—¡Estamos en el buen camino! —exclamé con entusiasmo al comprobar esto.
Y rompí a reír porque a un espíritu curioso y aventurero como el mío, acabó divirtiéndole la
colosal insensatez de encerrarse como uno más en una casa de locos.
Hizo Alicia una larga pausa y su rostro adquirió gravedad. Se mordió los labios.
—Ya no me río —añadió, secándose una lágrima.

                                                   ---

M LA JUNTA DE MÉDICOS II

                                               ...
—¿La confidente de los extraterrestres?
—A ésa me refiero. —¿Quieres decir que el tratamiento con insulina la ha mejorado?
—¡Quiero decir que el tratamiento la ha curado!
—¿Cuántos brotes tuvo en su historial?
—Sólo uno. ¡Yo la considero totalmente repuesta! Está en la antesala. Y estoy deseando que
ustedes comprueben por sí mismos... si... si hemos acertado o no. ¿Me permiten que vaya a
buscarla?
Cuando la joven Maqueira entró en el despacho encontró frente a ella siete rostros sonrientes.
Incluso el del director, que no era amigo de esas expansiones, sonreía también. El doctor
Sobrino la traía de la mano.
—Siéntate aquí, Maruja. El director quiere hacerte unas preguntas.
—En realidad —dijo Samuel Alvar— quien va a hacerte las preguntas es el doctor Arellano. Así
estaré más atento a tus respuestas.
Volvió la joven Maqueira los ojos, atemorizados e ilusionados al tiempo, hacia el médico del pelo
casi blanco. Prefería contestarle a él que no al de la barba negra, tan antipático.
Arellano tardó en decir algo porque estuvo considerando que las palabras de Alvar "Así estaré
más atento a tus respuestas" constituían una insigne torpeza. Estas eran palabras intimidadoras
y no alentadoras. "El director —se repitió Arellano por enésima vez— no sabe tratar a los pa

cientes.
Tal vez por ser consciente de ello, me encarga a mí el interrogatorio".
—Maruja —comenzó César Arellano—, ¿sabes por qué nos ves a todos tan satisfechos?
La joven Maqueira se encogió de hombros, no sabiendo qué responder. —Estamos todos
contentos por las buenas noticias que tenemos tuyas. Te hemos hecho muchas perrerías con
tantas y tantas inyecciones, pero ya ves, al cabo de tres meses nosotros te consideramos casi
curada. Y tú, ¿cómo te encuentras?
—Mucho mejor, doctor Arellano. Mucho mejor —respondió, refiriéndose en exclusiva a su estado
físico—. Más de treinta veces creí que iba a morirme.
—Y nosotros también temimos por tu salud... ¡sin llegar a esos extremos de pesimismo! Por eso
estamos ahora tan alegres. Gracias a tus padres, que se dieron cuenta a tiempo de que no
estabas bien, hemos cortado de raíz tu infección. ¿Qué te dijeron tus padres al traerte aquí?
—Que había tenido una meningitis y que me quedé muy deprimida por culpa de las medicinas.
—¿Te acuerdas perfectamente de eso?
—No me acuerdo de la meningitis, pero sí de que mis padres me dijeron que la había tenido. Y
que por eso estaba tan débil y delicada.
—¿Y de qué más te acuerdas?
—De todo.
—¿Qué es "todo"?
—El viaje hasta aquí; la fachada tan antigua dé la Cartuja; el claustro tan bonito; mi primera
conversación con usted y sus palabras: "Se va a hacer cargo de ti un gran médico: el doctor
Sobrino".
—¡Ja, ja, ja! —rió el aludido—. ¿Elogios de un colega? ¡Eso es imposible! ¡Ahora sí que estás
delirando, Marujita!
—Sí, me lo dijo. Prometo que me lo dijo.
—Fue una gran mentira para consolarte —bromeó Arellano—. ¡Es el peor médico de España!
Rieron todos. Y la joven Maqueira, al ver que iban de chunga, rió también, por primera vez desde
que fue internada.
—¿Y qué más recuerdas? —prosiguió don César.
—La gente del comedor me daba un poco de miedo. En mí mesa había sólo una persona
simpática: Ignacio Urquieta, y los dos últimos días una señora parecida a mi madre, pero mucho
peor vestida. Antes de ésta, un señor que lloraba y otro que no hablaba. Después me puse a
morir, doctor Arellano; y ya no recuerdo otra cosa que inyecciones y más inyecciones y mucho sudor.
—Durante la meningitis en tu casa y durante tu recaída aquí llegaste a delirar y dijiste muchos
disparates. ¿Recuerdas alguno de ellos?
—No.
—Parecía como si entre sueños hablaras con extraterrestres.
—¿De verdad? ¡Qué vergüenza! La gente pensaría que yo era tonta.
—No tiene ninguna importancia, puesto que estabas delirando a causa de la fiebre. ¿No
recuerdas nada de lo que delirabas?
—¡Nada! Salvo la convicción de que me iba a morir.
—Eso no era un delirio, Maruja. Estuviste de verdad muy enferma. Dime: ¿Qué desearías hacer
ahora? Maruja Maqueira sonrió.
—Si se lo digo van a pensar que estoy mala otra vez.
—¡No seas timorata! ¡Vamos! ¡Di lo que te apetece!
—Volver a ver el claustro y copiar una inscripción en latín y que alguien me la traduzca. Y
también que mis padres me traigan los libros de texto. He perdido los exámenes de junio, pero, a
lo mejor, en septiembre puedo aprobar dos o tres materias.
Samuel Alvar interrumpió:
—¿Dónde preferirías estudiarlas? ¿En tu casa de Santander o aquí?
—¡En Santander, claro!
—Pues las estudiarás en Santander. Y ahora, al salir, le dices a Montserrat Castell que tienes
órdenes mías de que te enseñé el claustro. ¡Hasta luego, Maruja!
—¡Hasta luego a todos!
Se acercó al doctor Sobrino y le dio un beso.
—Gracias —musitó.
Al salir Maruja, las siete sonrisas que la despidieron eran aún más anchas que las que la
saludaron al entrar.
—¿Padeció en realidad una meningitis? —preguntó Dolores Bernardos.
—No —respondió Salvador Sobrino—. Se lo hicimos creer, de acuerdo con sus padres, para
justificar sus delirios. Estos brotaron súbita
mente tras una estúpida sesión de espiritismo en que ella creyó haber oído hablar al demonio.
Sus compañeros, todos estudiantes de bachillerato, la vieron tan miedosa que, para calmarla, le
dijeron que acaso no fuera Satán sino la voz de un extraterrestre. Ella se aferró a esta idea. Y
durante muchas noches, siempre a la misma hora, oía una
música lejana que era el aviso de que los extraterrestres iban a comunicarse con ella. E
inmediatamente le hablaban. Eran mensajes que le transmitían, como mediadora entre dos
mundos, para que los comunicase a los terrícolas. Sus padres, bien aconsejados, la internaron
sin pérdida de tiempo. César Arellano diagnosticó la paranoia, y yo tuve la suerte de acertar con
el tratamiento.
El cupo de sonreír de Samuel Alvar quedó agotado para tres meses. Su despilfarro de hoy
necesitaba ese tiempo mínimo para reponerse. Más era evidente que existía una corriente
comunitaria de satisfacción cuando el equipo médico lograba sacar a flote a quien yacía en
simas inalcanzables. Y entre estas profundidades, donde muy raramente llegaba la sonda del
médico, estaba en primer lugar la temible paranoia. El hospital contaba entre ochocientos
reclusos sólo con tres considerados paranoicos puros: Maruja Maqueira, la estudiante; Norberto
Machimbarrena, el bilbaíno suboficial mecánico de la Armada, y Alicia Gould de Almenara,
pendiente esta última de un diagnóstico definitivo. El haber salvado a la primera, gracias a la
rapidísima intervención de sus padres y a la celeridad del diagnóstico y del tratamiento
adecuado, era algo que a todos llenaba de lícito orgullo. El caso de Machimbarrena no era el
mismo. Su paranoia no debía considerarse como totalmente desaparecida (aunque sí
"encapsulada"), ya que seguía considerando justificada su estancia en el hospital psiquiátrico por pertenecer (lo cual era falso) a los servicios de información de la Marina de Guerra. Todos
hubieran querido seguir comentando "el caso" de la señorita Maqueira, del mismo modo que los
buenos jugadores comentan y analizan una jugada comprometida de ajedrez. Pero Alvar los
llamó al orden. El doctor Sobrino —recordó el director— tenía otro caso delicado que exponer a
la junta: el de Sergio Zapatero.
—Es muy triste —dijo éste—. Su proceso se va agravando sin que yo le encuentre una salida. Si
llevo dos días sin medicarle es sólo para que ustedes puedan opinar.
La mirada desvaída, sudoroso el rostro, el pelo hirsuto, entró Sergio Zapatero sostenido por las
axilas por dos "batas blancas". Comenzó a hablar, entre gemidos y gestos suplicantes, en una
jerga ininteligible, en la que surgían aisladas algunas palabras en inglés.
César Arellano entendió al punto lo que vagaba en su mente dislocada, y lo interrumpió:
—Todos nosotros hemos estudiado español, señor Zapatero. Puede usted, si prefiere, hablar en
su propio idioma.
—Gracias, almirante. En efecto, prefiero hablar en espa... en espa... ¡Bueno, ustedes me
entienden! ¿No deseaban mi muerte? ¿Qué esperan para matarme? ¡Me he adelantado a todos!
La expansión de las... La expansión de las... ¡eso: de las gala... galaxias!... se ha terminado.
Desde la creación se fueron expan... expandiendo... Fu... ¡Fuuuuuuú...! como la metralla de una
bomba. Eso es: como la mmmmmetralla. Y ahora los trozos sueltos de esa explosión se han
parado y regresan a su núcleo que es la espiritual... ¡No, no! la espiración... ¡No no! La Espiral de
Andrómeda. Eso es: La Espiral de Andrómeda, que es el núcleo del Noveno Universo. Los
trocitos que llamáis estrellas iniciaron el jueves el camino de regreso por el mismo agujero que
hicieron en el vacío cuando se expan... cuando se expan... ¡eso es!... expandieron.
Era penoso verle sufrir. Si los enfermeros lo soltaran caería al suelo. Más si no le soltaban no
podía bracear. Se le veía debatirse para poder imitar con los brazos el movimiento de expansión
y de retroceso de las galaxias, la fusión de los cuerpos celestes menores con los mayores, el
choque horrísono y espantable de los satélites con sus planetas, de los planetas con sus soles,
de los soles con sus galaxias y de las galaxias entre sí, hasta fundirse toda la materia astral en
un solo cuerpo que se iría apretando cada vez más sobre su propio núcleo hasta reducirse al
tamaño de un balón de fútbol, más tarde de una nuez, después de una
canica, de un chícharo, de un grano de mostaza, de una mota de polvo, de un corpúsculo
microscópico de infinita densidad, pues contendría concentrada la totalidad de la masa de los
Nueve Universos. Como no podía accionar los brazos para expresarse, lo hacía con las piernas
y tan pronto quedaba en el aire, colgado de los sobacos, como pateaba, o dejaba los remos
flojos en el suelo, como un pelele mal .sostenido por los hilos que movía su manipulador. La
angustia de Sergio Zapatero era pensar cómo podrían caber en un cuerpo celeste tan diminuto
todos los pobladores, de los mundos habitados. Pero lo que más desazón le causaba, hasta el
punto de arrancarle lamentos, era lo incómodos que estarían, así de hacinados, los pobres locos,
sobre todo los que no podían valerse por sí mismos, como Alicia, "la Niña Péndulo" o "el Hombre
de Cera". Prorrumpió en fin en una patética oración pidiendo al Creador que les diese la muerte
antes del sábado próximo en que todo eso iba a ocurrir. El mismo se ofrecía para pasar a
cuchillo a todos sus compañeros y evitarles así presenciar la hecatombe cósmica. "No te
preocupes por ellos —le decía a Dios— por... por... porque... todos son equi... equi... ¡eso es!
equivocaciones tuyas. Son los ren... renglones torci... torcidos, de cuando apren... apren... ¡eso
es!... aprendiste a escribir. ¡Los pobres locos —continuó ahogado por los sollozos— son tus fal...
faltas de ortoorto... ortografía!"
Se lo llevaron. Aun con la puerta cerrada, seguíanse oyendo sus lamentos. Hubo un largo
silencio que rompió Samuel Alvar:
¿Desde cuándo está así?
—Lleva en este estado dieciocho días... salvo los que le he hecho pasar dormido. Al despertar
reemprende su delirio en el punto mismo en que lo dejó. Hemos comparado sus ochenta y seis cuadernos: los signos y grafismos de sus páginas son todos rigurosamente iguales, sin variar
una raíz cúbica o la coma de un decimal. Se consultó con un matemático si aquello tenía sentido
y respondió que no. Eran operaciones encadenadas en las que números de veinte o más cifras,
con otros tantos , decimales, se multiplicaban, dividían, elevaban a una potencia y se restaban o
sumaban a la raíz cúbica de otra cifra de múltiples guarismos, todo ello sin concierto y sin llegar
a ningún resultado.
La totalidad de sus cuadernos, salvo el último, llegaban a la mitad de la página 102, donde
bruscamente el cálculo quedaba interrumpido.
—¿Y en el último?
—En el último, tras la última cifra se leía: "...igual a... EL JUEVES COMIENZA LA RECESION
DE LAS GALAXIAS". ¡Su cálculo había terminado!
—¿Qué opinas, César?
—No hay duda —dijo éste— de que nos encontramos ante un caso
de una bouffé delirante en un enfermo crónico, y que no ha respondido a los psicofármacos que
se le han aplicado. Creo que procede, ¡y con urgencia!, el electroshock.
—Creo lo mismo —dijo Salvador Sobrino. El director ordenó:
—Doctora Bernardos: haga usted el estudio somático de Zapatero, para ver si el electroshock es
todavía posible. Sólo después tomaremos una decisión.
Se pusieron todos en pie. Rosellini bostezó discretamente.
—¡Un momento, un momento, señores! —exclamó el director—. ¡No hemos terminado! ¡Yo
también tengo una enferma que presentar!
César Arellano frunció la frente. Su ceño era de disgusto. No de sorpresa. El director prosiguió:
—Ruipérez; hazme el favor de avisar, a quien esté de guardia en la antesala, que le diga a la
señora de Almenara que puede pasar.
N
ALICE GOULD CUENTA SU HISTORIA
LA SALA DE JUNTAS estaba situada en el antiguo edificio de la Cartuja: en la que antaño fue la
sala capitular de los primitivos monjes. Se llegaba a ella por un pasillo de piedra increíblemente
bajo. "Los frailes de entonces debían de ser muy pequeños", pensó Alice Gould. Tuvo que
desandar parte del camino recorrido porque la circulación en dos sentidos no cabía en tan
estrecho recinto. Y menos cuando los que venían de frente eran tres: dos "batas blancas" y,
probablemente, un paralítico al que llevaban en volandas. Cuando retrocediendo llegó a un
ensanchamiento (en el que había una aspillera por donde los cartujos podían disparar flechas,
caso de ser atacados) se detuvo allí, para dejar paso a los que salían. ¡Qué penosa impresión la
suya, al descubrir que el que colgaba, como un muñeco de trapo de los brazos de los en
fermeros, era "el Autor de la Teoría de los Nueve Universos"!
—Maestro... —le saludó Alice Gould.
Más éste no la vio. Sus ojos sólo columbraban lo que le dictaba su mente. Y en ésta no cabían
más que cuerpos astrales chocando entre sí. Los enfermeros miraron a Alicia con severidad y
prosiguieron su camino. Ella reemprendió el suyo.
Desde que Montserrat Castell le enseñó la nota del director, citándola a comparecer en la junta
de médicos, decidió vestir su ropa mejor. Avanzó Alice Gould, airosa como un cisne, por el
antiguo laberinto. Si alguien lo suficientemente perspicaz hubiese sabido leer en sus ojos,
y descifrar el misterio de su sonrisa, habría descubierto en su rostro
muy distintos sentimientos y propósitos:
1.°) Necesitaba ganar la confianza y simpatía de los reunidos.
2.°) Tenía que vengarse de Samuel Alvar. Lo de ponerle la camisa de
fuerza (de la que fue liberada por Montserrat Castell) era una injuria que no podía quedar
impune. El mediquito de las barbas negras las iba
a pasar moradas si pretendía medirse con ella.

M LA JUNTA DE MÉDICOS

                                             ...
VEINTE AÑOS ANTES de que Alice Gould ingresara en el hospital psiquiátrico, cuatro chiquillos
de una aldea llamada Villafuente de Calcamar, perdida en lo más abrupto de las montañas
leonesas, vagaban entre las frondas de un bosque, cosechando, por encargo de sus padres,
hierbas aromáticas y medicinales. Se apodaban "el Currinche", "el Pecas", "el Adobe" y "el
Mustafá". Los dos últimos eran hermanos. "El Adobe" contaba nueve años y "el Mustafá" había
cumplido doce. Tenían ya repletos varios sacos con otras tantas variedades cuando "el
Currinche", que era el experto de la expedición —pues sabía distinguir las hierbas por sus
nombres y conocía las propiedades medicinales de cada una— comenzó a escarbar junto al
tronco de una planta y misteriosamente comentó a sus amigos:
—Mirad ¡ésa es la que llaman la raíz maldita! ¡Si se la mastica se ve al demonio!
Quedaron los otros espantados de contemplarla por primera vez, ya
que todos la conocían de oídas, y "el Pecas" les propuso probarla para ver si era verdad o
cuento lo que de ella se decía. "El Adobe", aunque era el más joven, se opuso a ello y hasta se
enfrentó con su hermano mayor, que aceptó la propuesta con gran entusiasmo. Insistió "el Ado
be" en que si lo hacían correría a la aldea para chivarse y, como viera que comenzaban a
desenterrar la raíz, cumplió su amenaza, y fuese a buen trote hacia el caserío. Lo último que oyó
fue la voz del "Currinche", que le gritaba:
—¡No seas maricón y vente pa acá! ¡Sabe a regaliz!
Cuando los padres de los chiquillos y otros hombres de la aldea llegaron al bosque conducidos
por "el Adobe", los encontraron alucinados. Sus palabras balbucientes eran incomprensibles; sus
gritos, destemplados; sus movimientos, ebrios, y sus miradas, de locos. Cargaron con ellos y se
los llevaron a la aldea con intención de pedir al cura que les echara agua bendita y los
exorcizase, pues los creían endemoniados. "El Currinche" murió antes de que llegasen a
Villafuente de Calcamar; "el Mustafá" falleció al atardecer, presa de grandes convulsiones; y los
alaridos de "el Pecas" se oyeron hasta la medianoche. Los que velaban a los muertos dejaron de
oír sus voces con la última campanada del reloj de la parroquia.
La madre de este último explicó al siguiente día que su marido había cargado a hombros con el
cadáver de "el Pecas" "pa enterrarle aonde descansan sus agüelos". No era cierto. Sólo era
verdad que cargó a hombros con su cuerpo —no con su cadáver— y no para enterrarle, sino
para enjaularle. Amordazado y atado lo condujo dentro de un saco hacia una lejana propiedad
que tenía en un lugar apartadísimo y lo encerró en un hórreo abandonado. Ni su mujer ni él
querían tener consigo a un hijo con el diablo dentro. No estaban dispuestos a que en la aldea les
señalasen con el dedo considerándolos los padres de Satanás y achacándoles cada desgracia
que sobreviniese. En consecuencia, decidieron ocultarlo y turnarse marido y mujer para llevarle
pan, agua y manzanas (o lo que se terciase) dos veces por semana. ¡Ojalá hubiese muerto con
los otros niños endemoniados! El día de su encierro, "el Pecas" cumplía diez años de edad.
Durante varios días y cuando el viento soplaba de poniente (donde está la morada del diablo) se
oyeron en la lejanía los alaridos de las almas de los niños condenados aterrorizando al
vecindario. Después dejaron de oírse para siempre.
Veinte años más tarde —cuando Alice Gould llevaba dos semanas internada en la unidad de
Recuperación— unos cazadores llegaron a Villafuente de Calcamar para contratar un guía que
los condujese por aquellas espesuras para matar el urogallo. Llegaron a un acuerdo con
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un mocetón de veintinueve años al que apodaban "el Adobe". Estaban los tres, de noche
cerrada, esperando el primer claror del alba (que es el momento en que el urogallo se traiciona y
denuncia su presencia con su canto), cuando una fuerte tormenta descargó su furia en el lugar.
Hubo que abandonar el puesto, porque en tales circunstancias el urogallo no canta. La lluvia caía a raudales; el camino forestal en que dejaron el Land Rover quedaba muy lejos, y no había en
varias leguas a la redonda sitio alguno en que guarecerse. A mitad de camino descubrieron un
hórreo abandonado del que ni siquiera "el Adobe" tenía noticia. Propuso el guía cobijarse allí
hasta que escampase. Forzaron la pequeña gatera por donde se vuelca el grano (que estaba
claveteada por fuera) e iban a descolgarse por ella, cuando a la luz de las linternas descubrieron
dentro del hórreo a un hombre agazapado, totalmente desnudo, con barbas y melenas que le
llegaban a la cintura, en tal estado de desnutrición que semejaba un esqueleto viviente, con uñas
en pies y manos que parecían garras y un gesto indescriptible de terror ante los ruidos, las voces
y la luz de la linterna. Ante aquella espantosa visión, prefirieron la lluvia al cobijo; y, tan pronto
como llegaron a tierra de cristianos, pusieron en conocimiento del primer puesto de la Guardia
Civil lo que habían visto. La Benemérita rescató al hombre con la ayuda de "el Adobe", y
denunció el caso al juzgado. El juez, como primera medida, decretó el procesamiento de los
padres del "Pecas" y el internamiento de éste en el manicomio, donde fue ingresado en el
Departamento de Urgencias que dirigía el doctor don José Muescas. Lo trajo la Guardia Civil,
envuelto en una manta, el mismo día en que Alice Gould tuvo su desgraciada entrevista con
Samuel Alvar.
La historia que queda relatada (parte de la cual pudo desentrañarse por lo que "el Adobe"
declaró a la Guardia Civil, y la Guardia Civil al doctor Muescas) fue contada por éste punto por
punto ante sus compañeros en la junta de médicos. Estaban presentes el director, Samuel Alvar;
el ayudante de Dirección, doctor Ruipérez; el jefe de los Servicios Clínicos, César Arellano; el
jefe de la Unidad de Demenciados (o "Jaula de los Leones", según el vocabulario de Alicia),
Alberto Rosellini; el jefe de las Unidades de Recuperación, Salvador Sobrino (a quien se le
llamaba "el Nazi" o "el de las S. S.", a causa de las iniciales de su nombre y apellido), y la
doctora Dolores Bernardos, que era la experta en el manejo de los aparatos para la tomografía
computarizada, la electroencefalografía y el electroshock. Los médicos no psiquiatras (analistas,
anestesistas, etc.) no asistían a la junta de los miércoles.
—¿Cuál es su estado actual? —preguntó César Arellano.
—¡Terrible! —comentó el doctor Muescas—. No sabe hablar; anda a gatas; come con las manos;
huye con pavor si alguien pretende tocarle
y, cuando quiere hacer alguna necesidad, se baja los pantalones y defeca en un rincón.
—¡Es un precioso ejemplo de amor paternal! —comentó con ira la doctora Bernardos—. ¿Qué
edad tiene ahora?
—Treinta años.
—¿Y dices que lo enjaularon a los diez?
—¡A los diez! Arellano intervino:
—¿Está demenciado?
—¡Ahí está el problema! —respondió el doctor Muescas—. Pensé que lo mejor sería destinarle a
la unidad de Alberto Rosellini, pero éste, después de estudiarle, se opone a ello. ¡Y tal vez tenga
razón!
Me opongo —explicó Rosellini— porque no le considero un demente. Si anda a gatas es porque
en el hórreo no cabía de pie; si come |con las manos es porque no sabe manejar los cubiertos: o
nunca le enseñaron, o en veinte años se le olvidó. Si no habla, es porque no lo ha hecho en los
dos últimos tercios de su vida. Pero sus ojos sí hablan: he leído en ellos el miedo, pero también
un paulatino sosiego a medida me escuchaba y un infinito anhelo de protección. En mi unidad,
hombre carecería de esperanzas. Fuera de mi unidad, creo que podría ser recuperable.
—Si te parece, director, me haré cargo de él —propuso el doctor Obrino, jefe de las Unidades de
Recuperación. —¿Qué opinas, César? —preguntó el director, —Opino que ha hecho muy bien
Rosellini en no aceptarle y que hay seguir la propuesta del doctor Sobrino —respondió el
interpela Me gustaría ver a ese hombre. —En cuanto me haga cargo de él, te avisaré. —¡A
quienes sí me gustaría recibir en mi departamento —dijo el de apellido italiano— es a sus padres! ¡A esos monstruos los aceptaría con gusto entre mis huéspedes!
—Perdón, perdón —cortó Samuel Alvar—. Discrepo de cuanto se ha dicho. En la Unidad de
Recuperación, ese hombre se considerará un monstruo comparado con los otros residentes. En
cambio, en la de Demenciados se verá superior a ellos, puesto que su mente no está deteriorada
y le será más fácil salir adelante. ¿Cuáles son tus otros dos casos, Pepe? José Muescas
comentó indignado:
—Nos han "colado" a dos políticos, director, que tienen de locos lo que yo de astronauta.
—Si es cierto lo que dices, no pienso consentirlo.
—¡No debes consentirlo —habló la doctora Bernardos— o al menos
has de hacer hasta lo imposible por conseguir que los separen! ¡Juntos son un peligro! Se
envalentonan el uno al otro: quieren demostrarse mutuamente cuál es más hombre,
¿comprendes? Lo primero que hicieron fue abofetear a una asistenta social, que es
guipuzcoana, porque no les habló en vascuence.
—¿Son de ETA? —preguntó asombrado el director.
—Sí, ¡y que te cuente Pepe lo que ocurrió después!—Contó el doctor José Muescas que, cuando
un enfermero llamado Melitón Deza tomó a uno de ellos por un brazo para acompañarle a hacer
la primera inspección, éste le dio un rodillazo violentísimo en los testículos que lo dejó
agarrotado de dolor. Cuando el enfermero se repuso, lo tumbó de un puñetazo.
—¿Quién a quién? —preguntó severo Samuel Alvar.
—El enfermero al etarra —respondió José Muescas—. Y entonces el supuesto enfermo le dijo
estas palabras sibilinas: "Veo que llevas anillo de casado. Probablemente tendrás hijos.
¡Cuídalos!" Melitón Deza mordiendo cada palabra le respondió: "Puede que algún cobarde se
atreva a vengarse en mis hijos. Pero te juro que ése... ¡no serás tú!"
—Al enterarte de lo ocurrido —le interrumpió secamente el director—, ¿qué medidas tomaste?
—Destinar al enfermero a otra unidad.
—No es bastante. ¡Ábrele expediente!
—¿A Melitón Deza?
—¡Ábrele expediente he dicho! Es intolerable que un enfermero pegue a un paciente y además
lo amenace.
—Quiero recordarte que Melitón Deza es de lo mejor que hay en esta
casa.
—¡Ábrele expediente!
Los médicos se miraron unos a otros, perplejos. La decisión del director no les parecía justa.
Aclaró Samuel Alvar que no eran problemas políticos los que a ellos competía dilucidar, sino los
puramente clínicos. Si les habían metido gato por liebre, pedirían la revisión del proceso. Si
estaban realmente enfermos los aceptaría en el hospital, pero elevando una solicitud urgente
para que uno de ellos fuese trasladado a otro centro psiquiátrico.
Todos los presentes se mostraron conformes con las últimas palabras del director, mas no con la
apertura del expediente al enfermero. Las dudas surgieron cuando se discutió dónde debían ser
destinados, en tanto se les sometía a observación. Dolores Bernardos insistía en que su
arrogancia era peligrosa; su aspecto, provocador y desafiante; y que no debían convivir en el
edificio central con el común de los enfermos, porque serían fuente de continuos conflictos. El
director decidió, con
la aprobación de todos, que mientras hubiese camas libres en la Unidad de Urgencias,
permaneciesen allí bajo la vigilancia del doctor Muescas, pero bajo la jurisdicción clínica de
César Arellano, quien se aventuró a pronosticar que en sólo dos sesiones declararía si estaban
locos o no. A continuación tomó la palabra el doctor Sobrino.
—No todo han de ser conflictos o malas noticias en el hospital —dijo éste con ademán
satisfecho—. Creo que "hemos sacado del pozo" a ¡una enferma que parecía irreversible: la
muchachita Maqueira.
                                               ...